Casi una hora duró la golpiza a Celia Janeth Castañeda Reveles en el centro de rehabilitación Casa Monarca, entre risas, desesperación y planes improvisados por parte de sus presuntas agresoras, quienes son juzgadas por feminicidio agravado.

En la primera audiencia de desahogo de pruebas del Ministerio Público ayer en la tarde y noche comparecieron cinco testigos protegidos, todas mujeres. Cuatro de ellas eran familiares de Janeth, y contaron cómo la llevaron a Casa Monarca, el aviso de su supuesto escape del lugar, posterior hallazgo sin vida y su identificación oficial por el Servicio Médico Forense (Semefo). Este es un relato conjunto de las comparecencias.

Janeth, como le decían sus seres queridos, llegó la mañana del 17 de mayo de 2023 a casa de sus tías C. y M. (identificadas así por su seguridad), empujada y violentada por su entonces pareja. Dijo a sus tías que estaba cansada y quería dejar las drogas, quería estar con sus hijas.

C. y M. no sabían qué hacer, así que pidieron ayuda a una vecina, que había llevado a una familiar suya a Casa Monarca, y egresó desintoxicada, por lo que recomendó el lugar y hasta las llevó al inmueble de dos pisos en el número 6373 de la calle Montes Rocallosos, en la colonia Lomas de San José.

En el lugar las recibió Claudia Rubí R. E., directora del centro y presunta partícipe del feminicidio. Janeth llegó consciente, pero nerviosa. Anotó su propio nombre a la entrada, se despidió y entró a la casa.

Empieza el terror

La puerta se cerró detrás de Janeth cerca de las 7:00 de la tarde. La recibieron Esmeralda y Blanca, trabajadoras del lugar. Esta última fue la testigo, trabajaba ahí luego de haberse cumplido cuatro meses de su ingreso para “limpiarse”.

Blanca recibió a Janeth en la enfermería para revisar cómo venía y que no trajera sustancias, armas u otros objetos peligrosos. Se presentó, le pidió desnudarse, buscó tranquilizarla con palabras.

Janeth ahora tenía miedo y quería irse. Blanca la calmó junto a Esmeralda, y le dijeron que dormirían afuera de la enfermería, donde se quedaría para desintoxicarse esa primera noche. Blanca fue a buscar colchonetas para recostarse, pero cuando subió al segundo piso por ellas Esmeralda gritó. Tuvo que someter a Janeth porque se puso agresiva. Empezó a golpearse la cabeza y con los pies contra la pared y tuvieron que inmovilizarla con vendas en manos y pies.

Media hora después llegó Claudia Rubí con Diana Paola E. L., la segunda acusada. Esmeralda se fue y se quedó Alejandrina en su lugar.

Rubí habló con Janeth, y después Alejandrina y Rubí se fueron a la oficina del recinto, y en la enfermería se quedaron Blanca, Paola y Janeth, esta última aún inmovilizada y bocabajo en el suelo, aún nerviosa.

Paola le soltó una patada en la quijada, y Janeth empezó a sangrar. Luego la siguió pateando. Ordenó desatarla y así se hizo. Los siguientes 40 ó 60 minutos fueron de golpes.

La testigo dijo al juez de enjuiciamiento que nunca Janeth se resistió al ataque ni dijo nada. El suelo se llenó de sangre y le ordenaron a otra interna y a Paola trapear el cuarto. Exprimían la sangre en una cubeta con orines que tenían en la enfermería para quienes estuvieran ahí desintoxicándose.

Cuando Janeth volvió a caer al piso, pidió agua, y Paola le dio lo que había en la cubeta, orina de otros con sangre suya. La supuesta agresora salió de la habitación y volvió ahora con una tabla, para seguir con los golpes. Entre tandas de golpes, la iba desnudando. “Por favor, déjame dormir. Me voy a portar bien”, dijo Janeth.

El cuerpo de Janeth ya estaba rojo y hasta morado, con heridas abiertas en la frente sangrando profusamente. “No mames, Paola, qué hiciste”, le reclamó Rubí la última vez que entró a la enfermería. Ordenó hacerle curaciones.

Blanca sintió cuando Janeth se desvaneció en sus manos; cuando se le fue la vida, pero no podía dejarlo así y mientras Rubí llamó para ver qué hacían con la víctima, Blanca decidió aplicar reanimación cardiopulmonar, y consiguió traerla de vuelta. La sentaron, y le dieron algo de tomar, pero sólo salía espuma de su boca, y volvió a perder la conciencia.

Alejandrina le encontró el pulso, uno muy débil. “Se puede salvar”, dijo, y entonces la llevaron a la salida. Rubí le dijo a Paola: “este es tu pedo. Tú te encargas de que se salve”. La subieron al carro de Rubí y emprendieron camino a la Clínica Fátima, en la avenida Del Granjero.

En el camino, Rubí se puso más nerviosa, y finalmente decidieron irse a otro punto, donde semanas antes habían asesinado al exnovio de Blanca para abandonar a Janeth, probablemente ya muerta para entonces. Le dijeron a Blanca que le quitaran vendas y gasas, y luego que se bajara del coche y revisara unas tapias para ver si estaban solas, pero cuando se bajó, el coche se fue sin ella.

Caminó descalza, y hasta fue interceptada por policías municipales que le preguntaron por un punto de venta de droga, pero ella no sabía nada. No denunció, dijo, por temor a los policías y a Paola y Rubí. La dejaron ir. Eran cerca de las 12:00 de la medianoche, para convertirse el día en 18 de mayo.

En el trayecto le regalaron unas sandalias y un suéter, y llegó a Casa Monarca a pie. Ya estaban ahí las dos acusadas. Se metió a bañar, e intentó dormir. Ambas mujeres le dijeron que no se preocupara por lo que pasó, que ellas se encargarían. Cerca de las 8:00 de la mañana del 18 vio a ambas mujeres salir con una sierra eléctrica propiedad del centro, y no supo más.

Una hora antes, Rubí llamó a M., tía de Janeth. Les iba a devolver su dinero porque Janeth supuestamente se había escapado. La mujer cuestionó severamente cómo pudo escapar siendo una mujer delgada y de estatura pequeña. Es que, se excusó Rubí, se puso violenta y le abrieron la puerta para que se fuera.

“Pero usted espérela, va a llegar a casa”, escuchó decir la tía, y respondió “pídanle a Dios que así sea”.

Al día siguiente, las primas de Janeth, también testigos protegidas, fueron a denunciar su desaparición, y las investigaciones de la Fiscalía derivaron en el hallazgo de un cuerpo en una vivienda de la colonia Cuauhtémoc, en la calle Constitución 583.

Pero no podían asegurarles que era ella. El cadáver estaba desmembrado, y requerían todas las señas particulares posibles para identificarla. Una de sus primas rió nerviosa frente al juez en audiencia por lo increíble que le resultaba aún el caso. “Esperamos a que se descongelara… (ríe) su cuerpo. (Suspira) Dijeron que iba a ser difícil reconocerla porque… (ríe) estaba en pedazos. Yo no entendía por qué había que dar tanta seña. Su cuerpo estaba en pedazos”.

Era una familia que creció unida y que compartía momentos hasta semanas antes de la muerte de Janeth. Ella, dijeron, “era una mujer maravillosa”.

Sus testimonios fueron tomados, pero habrá más en el juicio 139/2024, el próximo jueves.

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