Ya se ha dicho hasta el cansancio: conducir con exceso de velocidad es un acto de arrogancia, una apuesta con la muerte que nadie debería aceptar. No hay prisas que justifiquen poner en riesgo a inocentes, ni alcohol que sea excusa para convertir el volante en un instrumento de devastación.
Cada imprudencia es un boleto directo a la tragedia, y aún así, la indiferencia persiste. Esta madrugada, en la colonia Partido Romero, esa advertencia se volvió realidad cuando una camioneta chocó contra un camión de transporte, cobrando la vida de dos mujeres y dejando a ocho personas lesionadas. Un hecho trágico que debería servir como espejo de lo que ocurre cada vez que alguien decide conducir sin responsabilidad.La reflexión va más allá de la cifra de víctimas. Nos interroga sobre nuestra conciencia como sociedad y sobre la cultura de la impunidad al volante. Pregunta quién asume el costo de la temeridad, quién mira con indiferencia mientras la velocidad y el alcohol dictan sentencias letales. La muerte de Diana Alejandra Vargas y de otra mujer joven es un recordatorio de que la vida ajena no se debe poner en riesgo por negligencia.
Los conductores, como comunidad, deben asumir la urgencia de conducir con respeto y previsión. La ciudadanía también tiene un papel: exigir responsabilidad, sancionar la imprudencia y no normalizar los excesos. Porque la calle no es un juego y la muerte, aunque silenciosa, siempre encuentra a quienes la invitan.
En Juárez, como en cualquier lugar, las lecciones de tragedia deberían despertar conciencia, no resignación. La velocidad y el alcohol no son mitos ni estadísticas: son decisiones que deciden entre la vida y la muerte.