Donald Trump ha pasado de prometer muros a fantasear con enviar “bombas y botas” a territorio mexicano, una idea que podría parecer absurda si no fuera trágica para ambos lados de la frontera. Resulta irónico que un presidente obsesionado con “poner orden” en países lejanos como Venezuela ahora imagine tácticas que parecen salidas de un manual de intervenciones autoritarias, muy lejos de la diplomacia que Estados Unidos ha pregonado durante décadas.

Mientras habla de seguridad y control, su país observa incrédulo cómo sus fantasías militares amenazan con desestabilizar relaciones, poner en riesgo vidas y transformar la política en un juego de poder sin fronteras.

Legisladores demócratas han respondido con alarma. Por ejemplo, Sara Jacobs, representante por San Diego, advirtió que una guerra con México, autorizada o no, pondría en riesgo vidas estadounidenses y mexicanas y arruinaría la relación con uno de los socios comerciales más importantes de EU. Para ella, bombardear México no resolvería la crisis del fentanilo ni los desafíos que plantean los cárteles; en cambio, podría agravar la violencia y provocar represalias directas.

El congresista Joaquín Castro, que representa una amplia comunidad texana, ha sido aún más enfático. Enviar al ejército al país vecino sin consentimiento sería “un desastre con consecuencias graves”, capaz de desestabilizar la región, impulsar migraciones masivas y desencadenar abusos de derechos humanos. Castro y sus colegas, junto con Greg Stanton, impulsan una iniciativa que bloquearía fondos para cualquier operación militar no autorizada por el Congreso, una barrera legal que busca frenar impulsos unilaterales desde la Casa Blanca.

Y es que el trasfondo no es pura retórica, existen millones de mexicanos en Estados Unidos, así como más de un millón de estadounidenses viviendo en México. Un conflicto armado no solo fracturaría vínculos económicos y familiares, sino que podría convertir en blanco a esas comunidades ante posibles represalias de los cárteles, que no dudarían en responder a una incursión extranjera con violencia impredecible. Ya lo vivimos con el expresidente Felipe Calderón y su guerra contra el narco.

Incluso dentro de EU, muchos ven la idea como peligrosa e innecesaria, porque un ataque militar sin el consentimiento de México violaría la soberanía de una nación aliada y complicaría aún más una relación que ya enfrenta tensiones por temas migratorios, drogas y comercio.

Por ahora, México ha rechazado tajantemente cualquier intervención militar extranjera, insistiendo en que la lucha contra los cárteles debe ser cooperativa y respetar la soberanía nacional. Lo que parecía una fantasía de campaña ahora provoca legislación, advertencias de crisis regional e inquietud en los pasillos del Capitolio. La historia de un presidente que, al buscar orden fuera, puede estar sembrando caos en su propio patio.