La cadena perpetua dictada este lunes en Estados Unidos contra Ismael “El Mayo” Zambada no solo cierra uno de los procesos judiciales más relevantes contra el narcotráfico. En Ciudad Juárez también revive el recuerdo de una de las etapas más oscuras de su historia, cuando la disputa entre el Cártel de Sinaloa y el Cártel de Juárez convirtió a la frontera en un campo de batalla.
El punto más crítico llegó en 2010. Ese año, la ciudad rebasó los 3 mil homicidios y se consolidó como una de las más violentas del mundo. Las calles dejaron de ser espacios cotidianos para convertirse en escenarios de ejecuciones, persecuciones y enfrentamientos armados. El objetivo era controlar la plaza, una de las rutas más importantes para el trasiego de drogas hacia Estados Unidos.
La violencia no se limitó a los grupos criminales. Decenas de negocios fueron incendiados por negarse a pagar cuotas, comerciantes y empresarios fueron víctimas de extorsiones, los secuestros se multiplicaron y miles de familias modificaron su vida diaria por miedo. Salir de noche, abrir un negocio o simplemente recorrer la ciudad implicaba un riesgo permanente.
Aquella guerra dejó colonias enteras marcadas por el abandono, niños huérfanos, familias desplazadas y una economía golpeada por el cierre de establecimientos y la fuga de inversiones. El sonido de las sirenas y las ráfagas de armas largas se volvió parte del paisaje cotidiano de una ciudad que parecía no encontrar salida.
Hoy, mientras Zambada recibe cadena perpetua en una corte de Brooklyn tras aceptar su responsabilidad en delitos de narcotráfico, Juárez mira hacia atrás. La sentencia llega años después de que la frontera pagara uno de los costos más altos de aquella guerra. Para miles de juarenses, el expediente judicial podrá cerrarse en Estados Unidos, pero las cicatrices que dejó aquella disputa por la plaza siguen presentes en la memoria colectiva.