El caso del pequeño Eitan, que hoy sacude a Ciudad Juárez, vuelve a abrir una herida que la ciudad ya conoce: dos niños, en momentos distintos, pero con un punto en común que estremece, ambos fueron encontrados sin vida en baldíos.
El caso de Eitan Daniel, de apenas un año y seis meses de edad, ha generado indignación luego de que se diera a conocer que presuntamente fue asesinado a golpes y su cuerpo abandonado en un baldío del kilómetro 27 de la carretera a Casas Grandes. De acuerdo con el secretario de Seguridad Pública del Estado, Gilberto Loya, el crimen ocurrió en un contexto de agresiones reiteradas derivadas de la “poca tolerancia” de los adultos hacia el comportamiento normal de un niño.
Por estos hechos fueron detenidos el padre, la madre, la abuela, la bisabuela y un tío del menor, quienes quedaron a disposición de la Fiscalía de Distrito Zona Norte.
La noticia no solo ha causado conmoción por su crudeza, sino porque remite inevitablemente a otro episodio que marcó a la ciudad.
En 2018, el caso de James Martín, de 7 años, también estremeció a los juarenses. Tras semanas de intensa búsqueda en las que participaron autoridades y ciudadanos, el menor fue localizado sin vida en un campo algodonero del fraccionamiento Riberas del Bravo.
Aunque en un inicio se manejaron diversas hipótesis, las investigaciones apuntaron a que el niño murió por hipotermia tras permanecer a la intemperie en condiciones extremas. Sin embargo, las huellas en su cuerpo y las inconsistencias en la escena dejaron abierta la sospecha de que pudo haber sido víctima de un delito y que su cuerpo fue movido.
El hallazgo, realizado por trabajadores del campo, ocurrió a menos de 500 metros de donde previamente se habían realizado operativos de búsqueda, lo que incrementó la incertidumbre y el dolor entre la comunidad.
A ocho años de distancia, ambos casos vuelven a cruzarse en la memoria colectiva de Ciudad Juárez. No porque compartan las mismas circunstancias, sino porque exponen una realidad persistente: la vulnerabilidad de la infancia.