Hubo años en los que Ciudad Juárez dejó de dormir. Las calles se vaciaban antes de la medianoche, los negocios bajaban cortinas para no volver a abrir y las sirenas terminaron formando parte del paisaje sonoro de la frontera. Entre 2007 y 2011 la ciudad quedó atrapada en una guerra brutal entre el Cártel de Sinaloa y el Cártel de Juárez.

Más de 3 mil personas fueron asesinadas, cientos de familias huyeron hacia otras ciudades o hacia Estados Unidos y miles de comercios desaparecieron bajo el miedo, la extorsión y la violencia. Aquella guerra tuvo nombres, estructuras y líderes. Uno de ellos fue Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Desde prisión, Guzmán intenta ahora construir una narrativa donde aparece como víctima del sistema judicial estadounidense. En una carta asegura que nunca dañó a nadie, que el gobierno mexicano fue responsable de la violencia y que su condena se basó en testimonios insuficientes. Sus declaraciones forman parte de una estrategia legal y mediática que busca modificar la percepción pública sobre su figura.

La violencia de aquellos años dejó una herida profunda en Ciudad Juárez. Fueron negocios incendiados, estudiantes asesinados, policías ejecutados y colonias enteras sometidas por el terror. La disputa entre grupos criminales convirtió a la frontera en uno de los lugares más violentos del mundo y provocó daños sociales que todavía permanecen en miles de familias.

El crimen organizado también aprendió a disputar otro terreno: el de la imagen pública. Con abogados, entrevistas, series y discursos cuidadosamente construidos, algunos narcotraficantes han intentado presentarse como personajes perseguidos o como figuras atrapadas por gobiernos corruptos. La figura de “El Chapo” ha sido envuelta durante años en relatos que suavizan el impacto real de la violencia asociada a sus organizaciones criminales.

La memoria de Ciudad Juárez sigue marcada por aquellos años. Detrás de cualquier discurso legal permanecen las consecuencias de una guerra que transformó la vida cotidiana de toda una generación. México enfrentó no solo una estrategia de seguridad fallida, sino también el crecimiento de organizaciones criminales que expandieron su poder mediante la violencia, el miedo y el control territorial.