En días pasados, me llamó la atención la publicación en redes sociales de una querida amiga que se había retratado con “Pagano”, le comenté que nunca me hubiera imaginado que le gustara la lucha libre y me contestó: ¡claro amiga, yo de niña era flama roja! También tengo otra muy cercana amiga que es y será por siempre la novia del Santo el enmascarado y muy amiga del Blue. Me dio gusto saber que no soy la única que me incluyo en un espacio que históricamente ha sido dominante para los caballeros.

Crecimos con nuestros hermanos viendo las terroríficas películas del Santo contra todos los seres del mal, incluyendo a las sensuales mujeres vampiro, En el canal cinco local, “Niko Liko”  en persona daba un espacio  diario para mostrarnos su rivalidad en la lucha contra  “el Tunero”,  los domingos era costumbre observar la lucha libre transmitida por la tarde desde la arena México y la arena coliseo, pero de ley era  para muchos  acudir los domingos al gimnasio municipal  a observar ese gran deporte de contacto, que además tiene mucho de espectáculo teatral, una forma de entretenimiento que combina ejercicio, narrativa y un gran drama que contagia,  tanto que luego muchos de los niños llegaban a casa a descolgar las toallas del tendedero para simular las capas, y subirse a los muebles para hacer las llaves, planchas y esos movimientos aéreos clásicos de sus héroes favoritos de la lucha.

Entre las calles María Martínez y Mariscal, se encuentra el gimnasio, el gran Coloso, la catedral del deporte juarense, que fue conocido como Auditorio Municipal, después se remodeló en su totalidad y se bautizó con el nombre de Josué “Neri” Santos, en honor a la leyenda juarense del baloncesto mundial.

Ahí se narraban y realizaban las mejores contiendas, las mejores historias, donde el eco de los gritos de los espectadores aun resuena, y hacen vibrar las paredes de un lugar que hasta ahora sigue siendo un entretenimiento que va más allá de la competencia física.

El ambiente afuera del gimnasio, durante los eventos luchísticos, una auténtica fiesta popular, convirtiéndose en un punto estratégico lleno de bullicio que genera el fervor y la pasión que se tiene por este deporte-espectáculo. Al irse acercando al lugar, lo primero que se percibe es la energía vibrante de familias enteras, grupos de amigos, fanáticos de todas las edades que se congregan para disfrutar de una noche llena de emoción.  Los alrededores del gimnasio convertidos en un mercado improvisado donde el olor a antojitos mexicanos, se mezcla con el ruido, la música y el ambiente.

Uno de los aspectos más coloridos y característicos es la venta de máscaras y cinturones. Algunos puestos alineados en la calle venden una gran variedad de máscaras, representando a los luchadores mas famosos de México y del mundo, y sobre todo de las estrellas locales, además también se pueden encontrar las capas, los botines, camisetas, posters, figuras de acción:  los famosos luchadores de plástico, el ring con sus  postes hechos artesanalmente con  madera rustica, donde se atan las ligas o resortes que hacen las veces de cuerdas de donde se lanzan al viento, a las espaldas un contendiente contra otro en ese juego emocionante de los niños de todos los tiempos.

Ver a los niños y a los adultos emocionados al elegir la máscara de su luchador favorito es una escena común y encantadora.

Ciudad Juárez, una ciudad conocida por su variante cultura fronteriza, ha sido cuna de numerosos luchadores que han dejado huella en el ámbito local, así como en el escenario nacional e internacional. Encabezan la lista “Gory Guerrero “y su dinastía, una de las familias más influyentes y respetadas en la historia de la lucha en la frontera, continuando con sus hijos Chavo, Mando, Héctor y Eddie que continuaron el apellido en la gloria del cuadrilátero, sinónimo de excelencia, su legado continúa vivo en el ring y en la cultura popular.

La lucha libre en esta región ha sido siempre un fenómeno cultural profundamente arraigado, mas allá de las acrobacias de Flama roja, Baby Sharon y las máscaras coloridas de Cinta de Oro y Rocky Star, representan la fortaleza y el espíritu indomable de una comunidad que ha enfrentado grandes desafíos.

La historia de la lucha libre en Juárez es rica y compleja, con sus raíces en las arenas y barrios populares donde se forjaron nuestros primeros ídolos. Estos luchadores se han enfrentado no solamente a sus rivales en el ring, sino también a las duras realidades de una ciudad que ha sufrido la violencia, la pobreza, la estigmatización. Sin embargo, a través de su dedicación y amor por el deporte, han logrado convertirse en figuras emblemáticas que inspiran a niños, jóvenes y adultos por igual.

En el cuadrilátero, al igual que en la vida, se requiere de coraje, perseverancia y un tanto de estrategia, cada golpe recibido y cada caída de dos a tres, es como una metáfora de las batallas personales que enfrentamos los ciudadanos día a día, por eso el ir a gritar a las peleas, después de una semana agobiante o rutinaria, hace producir adrenalina, nos relaja, nos permiten descansar, olvidarnos de lo cotidiano por lo menos por un rato. Luego aprovechar un poco también para caminar los alrededores del centro histórico, tomarse una buena fotografía en los coloridos murales y en las letras gigantes que adornan el recinto.

La popularidad de la lucha libre también ha tenido un impacto económico significativo. Los eventos de lucha atraen a cientos de fanáticos, no solo de Ciudad Juárez, sino también del Paso Texas, Las Cruces y otras áreas cercanas, generando ingresos y promoviendo el turismo

En conclusión, los luchadores en Juárez, rudos o técnicos, son mucho más que figuras del entretenimiento; son símbolos de la resistencia y la esperanza de una ciudad que sigue luchando por su lugar en el mundo. Su perseverancia dentro y fuera del ring es un testimonio del espíritu juarense, que sigue luchando, soñando y sobre todo sigue inspirando.