Como bien nos enseñó Eduardo Galeano: “los mercados son como los barcos piratas, cuanto más libres son peores”. En esta breve, pero esclarecida sentencia tenemos la historia del mercado de tierra urbana de mi querida Ciudad Juárez.
Esta noble comunidad, siempre afectada por una competencia desventajosa frente a los negocios del “otro lado” ha encontrado que desde la segunda mitad del siglo XIX el mejor negocio ha sido la apropiación ilegitima de grandes predios de todo tipo, para acumular sin riesgo, plusvalía urbana en espera del mejor postor.
Todos sabemos que Chihuahua es el estado ganadero por excelencia, pero lo que no saben es que en mi terruño el mejor negocio no es la engorda de reses sino de terrenos y solares.
Entre nuestra modesta oligarquía la sombra de Don Luis Terrazas todavía transita por nuestro estado, pero ahora en las ciudades.
Los sucesivos gobiernos del estado y los ayuntamientos, con inusual largueza se han dedicado a regalar predios a sus parientes, a sus amigos, a grupos y sociedades afines; siempre bajo el argumento de promover causas nobles, pero invariablemente tales donaciones han terminado en extraordinarios negocios inmobiliarios.
Así hemos visto que los terrenos donados a la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar; terminaron en fraccionamientos y centros comerciales; las asignaciones gratuitas a decenas de clubes sociales, asociaciones civiles e incluso iglesias, terminaron en el bolsillo de los más audaces y voraces líderes sociales.
Sin embargo, no fue todo; las decenas de alcaldes que gobernaron nuestra ciudad a lo largo del siglo pasado, le dieron sentido a esta historia de piratas; nadie como ellos para apropiarse de decenas de miles de hectáreas en las zonas de crecimiento; cuyo rumbo ellos mismos decidían y legitimaban, con el consabido acuerdo de sus cabildos.
Hasta antes de la década pérdida, situada en los años ochenta, así era nuestra historia, el pasado nos condenaba; pero con la agresiva implantación del neoliberalismo en todos los planos de nuestra vida; se crearon condiciones para agigantar y hacer del mercado de tierra y vivienda el más jugoso y bendito de los negocios, sin que importaran las necesidades de las familias, siempre en busca de un recinto decoroso para vivir.
Al igual que en el resto del país, durante los primeros años del neoliberalismo Juárez se convirtió en una isla mediterránea; donde a nuestras élites piratas el supuesto Estado de Derecho Prianista, no sólo les permitió todo; también les financió, con cargo al erario y al sudor y dolor de cientos de miles de trabajadores, negocios inmobiliarios nunca imaginados.
El tiempo era propicio: la comercialización de predios ejidales y comunales, próximos al casco citadino, legalizada por las contrarreformas salinistas, garantizaba tierra barata sin límite.
La competencia por la tierra que encabezaron los movimientos populares en el periodo de la posguerra ya estaba liquidada.
Los cabildos, azulados y tricolores, seguían en manos de regidores y alcaldes dispuestos consolidar sus carreras políticas a cambio de una prestancia nunca vista, que, sin variar, favorecía la expansión del fundo legal sobre lejanas tierras inhóspitas.
Pero lo mejor estaba del lado de la demanda de vivienda; a diferencia del resto de México en la Frontera Norte la caída de salarios, al nivel infame de la cuarta parte del nivel alcanzado a mediados de los setenta; propició una expansión acelerada del empleo formal que, con todo y el descenso correlativo de las prestaciones sociales y entre ellas las cuotas de INFONAVIT, creo una demanda solvente de derechohabientes a los programas de vivienda; sin paralelo en el resto de México.
Fue tal la magnitud de esta nueva demanda que, durante el gobierno de Fox, el Consejo del INFONAVIT por varios años acordó transferir los créditos destinados al sureste a la plaza de Ciudad Juárez; donde había cientos de miles de trabajadores, cuyas cuotas daban la medida para merecer un crédito.
Al parecer en este aspecto había condiciones para generar un programa de vivienda decoroso; sin embargo, el barco, lleno de piratas, corsarios y bucaneros estaba en alta mar y desde luego que pasó lo peor.
Ahora para terminar, como en todo buen cuento hago una larga elipsis, y les muestro los resultados de esta gran tragedia social.
En la primera década de este siglo, en Juárez se construyeron 160 mil viviendas de interés social en una ciudad donde sólo habitaban medio millón de familias; lo cual lucía suficiente para cubrir la demanda efectiva de habitación en una ciudad, que además en ese periodo tuvo estancamiento demográfico histórico; sin embargo, el censo levantado en 2010 registró que en esta ciudad existían cien mil viviendas abandonadas.
La explicación es simple: en medio de esa aparente abundancia había una impresionante escasez de vivienda adecuada, porque las levantadas por desarrolladores eran residencias que por su ubicación, entorno urbano, tamaño y calidad de sus materiales no cumplían con las expectativas que los trabajadores tenían de una vivienda digna para sus familias.
La mayoría de los desarrollos se diseñaron pensando en los márgenes de ganancia de planeadores y no en las necesidades de los hogares juarenses: se trataba de territorios alejados sin acceso a transporte público, sobre zonas de alto riesgo, distantes de los centros escolares, sin áreas verdes y vendidas a valores impagables.