Hace algunos días en Ciudad Juárez muchos y muchas hemos celebrado la tradicional Nochebuena y posteriormente la Navidad, a la espera y expectativa de la culminación del presente año 2024 el próximo 31 de diciembre. Por un lado, la celebración navideña generalmente nos exhorta a la puesta en práctica de valores que amenizan y profundizan la sana y pacífica convivencia al interior de las familias, mientras que, por otro lado, el cierre de año nos llama a la reflexión sobre lo vivido a lo largo de los últimos 356 días transcurridos así como a la proyección de los próximos 12 meses partiendo de buenas intenciones y deseos. Es decir, nos cargamos de expectativa.
No obstante, como se ha escrito ya en reiteradas ocasiones con gran puntualidad y acento crítico, tanto la Navidad como el fin de año se han convertido en un par de excusas, como muchas otras fechas de aparente importancia, para festejar al más puro estilo del consumismo profano. Lejos, muy lejos estamos ya de concebir la Navidad en la ciudad como fecha conmemorativa del nacimiento de aquel Hijo del Hombre que marcó un antes y un después en la Historia tan sólo con la potencia inagotable de la Palabra fraguada en el fuego del amor al prójimo y la compasión. Más allá de las disputas, debates y polémicas religiosas y arqueológicas en torno al origen de la Navidad y la fecha exacta del nacimiento de Jesús de Nazareth, lo cierto es que esta celebración ha sido imbuida en la lógica del Mercado opacando drástica y perversamente su significado original. Dicha lógica ha logrado suplantar en la conciencia individual incluso de los mismos creyentes el sentido espiritual de tal celebración por otro completamente material.
Asimismo, la fiesta del Año Nuevo en Ciudad Juárez que bien pudiese concebirse como una oportunidad ética para la recapitulación de nuestro proceder durante el año que termina, buscando establecer aquello en lo que podemos y debemos mejorar tanto en nuestra vida personal como social, generalmente se aprovecha para el derroche y los excesos que muchas veces devienen en lamentables o penosas situaciones.
Desde luego no se trata aquí de fustigar moralinamente este par de celebraciones que para muchas personas son una oportunidad de convivencia con seres queridos que quizá no volvemos a ver a lo largo del año o los años por diversos motivos. Solamente se intenta sumarse a otras reflexiones que buscan hacer un llamado a la mesura y al aprovechamiento ético y humanístico de ambas festividades tradicionales. Y esto no por intentar asumir una postura pretensiosamente redentora, pues quien escribe también ha sido llevado por la corriente, sino simplemente como una autocrítica que pudiera ser el punto de partida para una redefinición de la manera de festejar estas fechas en aras de que su significado no sea más consumido por la frivolidad de nuestra época.
Por supuesto que no se trata de festejar sin risas, sonrisas y carcajadas, comidas y bebidas, símbolos de la convivencia amena y fraternal, pero sí de reivindicar la solemnidad de ambas fiestas. Esta solemnidad radica precisamente en darnos la oportunidad de al menos mostrar la disposición de conmemorar la Navidad como el nacimiento de un hombre cuyas palabras y hechos han sustentado por siglos la esperanza de un mundo mejor, la posibilidad de que otro mundo es posible tan solo con la puesta en práctica de la comprensión, la compasión, la cooperación y todo aquello que simboliza en los hechos el amor al prójimo.
Queda claro que hablar de amor al prójimo en una época tan profundamente nihilista y narcisista como la que nos ha tocado vivir resulta, por lo menos, cursi, pero también indiscutiblemente necesario ante el incremento de las violencias en las relaciones sociales. La Navidad es entonces una oportunidad para asumir con seriedad y raciocinio las bondades de este precepto que es ante todo un legado para la humanidad que ha sido irracional y soberbiamente desaprovechado. Reivindicar la solemnidad de la Navidad asumiendo cada uno la convicción de amar a nuestro prójimo implicaría toda una revolución cultural de objetivas implicaciones políticas y sociales. Es decir, la constitución de una convivencia humana nunca antes vista pero constantemente imaginada, la utopía.
Bueno…sí realmente nos consideramos ambiciosos, podemos proponernos como meta del año que viene el comenzar a dejar de lado las utopías para construir realidades cotidianas más comprensivas y compasivas desde nuestras propias familias y amistades. Qué tal si el año que viene perdonamos y nos perdonamos marcando un antes y un después en nuestras propias vidas tal y como aquel que marcó un antes y un después en la Historia.
Y si esto le ha parecido, en efecto, pretencioso y cursi, falto de rigor e ingenuamente idealista, es solo por el hecho de que quien escribe aún tiene fe en la potencia de la Palabra que se fragua en el fuego del amor al prójimo y la compasión.