Al caer la tarde del domingo 2 de junio, la tendencia no cambió. Y la oposición no supo cómo reaccionar ante el entuerto. A casi dos semanas de la elección, permanecen en la penumbra. Se pensaría que los políticos profesionales, de altos vuelos, deben anticiparse a lo que vendrá después de unas elecciones, sobre todo, cuando las posibilidades de la derrota son enormes. La actual clase política mexicana, la de la oposición, con mayor especificidad, mostró que su nivel es el de una clase política “amateur”.

Cierto que su debacle empezó desde hace varios años, pero se materializó, con contornos definidos, cuando ciertos poderes fácticos decidieron lanzar a una candidata a la presidencia de la República a la que se le sobrevaluó, adscribiéndole atributos que, simplemente, no tenía. Se trató de presentar una imagen de una candidata “luchona” que “todas las podía”, así le echaran al mismísimo Andrés Manuel López Obrador. Muchos de los opositores vieron en ella a un posible reflejo de un efecto “Fox” y nunca comprendieron que ya los tiempos son otros y que muchas de esas narrativas por las que se apostaron en el pasado, hoy, ya son incapaces de dar frutos.

Así, la candidata de la oposición irrumpió como la personificación de la ausencia de un proyecto de nación. Sin ideología, sin un sentido mínimo de la noción de Estado, le correspondió entrar a una especie de juego esquizoide, en el que era llevada de aquí para allá por los peores liderazgos que hayan tenido, quizá, los principales partidos de oposición, en sus respectivas historias.  En ese barco sin timón, ¿qué se esperaba de los Alitos, de los Markos Cortés, de los Chuchos? Aunque en varias ocasiones la candidata decía que a ella no la “mandaba nadie”, es innegable que su conducta frente a la plaza pública mostró que estaba cruzada por directrices que le llegaban de las ocurrencias de los “líderes” de esos partidos y de sus “asesores” de campaña, mismos que, por cierto, hicieron todo, menos asesorarla con la acuciosidad que un candidato o candidata a la presidencia de un país lo requiere.

Y una candidata tan débil como Xóchitl Gálvez, requiere marca personal, es decir, candidato ayuno de atributos requiere presencia permanente de asesores y demás. Pero no aviadores o asesores de caricatura, sino profesionales de verdad que le vayan indicando el camino por medio del cual se puede ir fortaleciendo un proyecto y una imagen. Aquí, el problema inicial es que pareciera que ni siquiera proyecto viable había.

Pero la elección no terminó con los yerros de la oposición, puesto que, en una trayectoria que parece no tener fin, la candidata y “sus aliados” siguen ahora empecinados en enarbolar una supuesta lucha “por la democracia” que ya muy pocos les siguen. Exentos de autocrítica, reclaman irregularidades e impugnan la elección. Eso sí, con un matiz de sentido mínimo de la realidad, en el recurso presentado por la candidata ante el órgano electoral, se aclara que no se pide la nulidad de la elección, pero se exige “que no omitan la realidad fáctica” que rodeó a todo el proceso electoral.

Como se aprecia, el argumento, cuando menos, incluye una paradoja. Quizá los únicos que nunca comprendieron esa “realidad fáctica” fueron la candidata y quienes la llevaron al despeñadero. Y por lo que se ve, siguen sin entenderla. Su perorata sobre una supuesta “elección de Estado” sólo sirve para encubrir sus propias incompetencias, su rancio clasismo y la carencia de un proyecto político viable.

Si eso es a nivel federal, a nivel local no se cantan mal las rancheras. En Ciudad Juárez, candidatos que pese a tener años en la política práctica mostraron que nada han aprendido. Otros, más jóvenes, aferrándose al oportunismo, la ocurrencia y al chispazo típico del “caimebien”. Nuestra ciudad y nuestro Estado requieren una renovación de su clase política. ¿Dónde están los políticos “profesionales” del futuro en Ciudad Juárez? Los que vienen, ¿seguirán todos en el nivel de aficionados, como gran parte de sus antecesores?