Si la intención de las mentes que algunos llaman maquiavélicas, otros maestras y los afectados inocentes denominarían siniestras, fue implosionar al Cártel de Sinaloa, han logrado su objetivo como una chuza ejecutada magistralmente... hasta ahora.

Aquel presentado como “arresto” de Ismael “El Mayo” Zambada, ocurrido en julio de este año, dicho figuradamente, a unas cuadras de Ciudad Juárez, llenó de incredulidad a todo México. De manera generalizada entre quienes presumen conocer el tema nadie dio crédito a un “arresto” convencional.

Pocos asimilaron de inicio que la detención hubiera sido en Estados Unidos cuando, en todo caso, “debió” concretarse en alguno de sus escondites por décadas, en las sierras de Durango, de Sinaloa, Sonora y hasta de Chihuahua.

A solo cuatro años de cumplir 80 de edad y con múltiples males físicos encima, sonaba inverosímil la comisión de algún error que lo llevara a una aprehensión no acordada previamente.

Aquel asombro de principio quedó atrás cuando diversas instituciones de seguridad de los Estados Unidos coincidieron en que “El Mayo”, en efecto, fue “detenido” en Nuevo México, pero llevado ahí tras ser traicionado cerca de Culiacán por alguien que debía suponerse de su confianza, Joaquín Guzmán López, hijo de “El Chapo” Guzmán.

Ha quedado claro como el agua pura que una o varias instituciones estadunidenses, no ha sido descartada la CIA entre ellas, prepararon los acuerdos con Los Chapos, juntos tendieron la celada, involucraron a altos funcionarios estatales de Sinaloa, ignoraron olímpicamente a toda corporación de seguridad mexicana, detuvieron al “señor Mayo”, -así lo llama AMLO-, lo treparon a un jet del que a estas alturas se desconoce cualquier dato, incluido piloto o pilotos, lo “levantaron” y, para efectos oficiales y de opinión pública, lo presentaron en una corte de El Paso como arrestado allá.

Esta semana siguió la mortandad y la desolación en Sinaloa por enfrentamientos entre grupos de una familia y de la otra. Los solos apellidos de unos y otros son múltiples, y todos con grandes grupos de operadores respaldándolos e intereses concentrados en tierra sinaloense.

La violencia cruenta empezó cuando tomó plena forma la convicción entre “La Mayiza” sobre la traición de los Guzmán y no ha disminuido un solo día. La contabilidad va en aproximadamente 200 personas asesinadas en menos de dos meses.

Presumiblemente, el grueso de los muertos forma parte del Cártel de Sinaloa, de alguno de sus bandos, pero la economía del estado anda rozando el suelo y la población civil ha sido inmersa en un ambiente de terror permanente. Los políticos en el gobierno le llaman “daños colaterales” para eludir su culpa.

A media semana fue detenido un supuesto operador de Zambada y muertos 19 de sus escoltas en un enfrentamiento con los militares en el municipio de Culiacán. Los hechos no quedaron suficientemente esclarecidos.

Donde hay manos militares para semejantes operativos de corte policiaco prevalece el secretismo y, por lo tanto, la impunidad y la falta de justicia, trátese de reales enfrentamientos con delincuentes o de “errores” con víctimas inocentes.

De forma paralela fue puesto a circular un mensaje en papel impreso advirtiendo que Los Mayos no descansarán hasta entrar a Culiacán, poner orden y “acabar con tanto abuso cometido por Los Chapos”; “Los Sapitos”, les dicen también.

Dan un número telefónico para denunciar “cualquier abuso, corrupción, negocios y domicilios del gobernador (Rocha) así como de sus hijos y gabinete que fungen como prestanombres”.

El papel está sellado con las iniciales de “El Mayito Flaco”, Ismael Zambada Sicairos, quien ha tomado las riendas de la facción del Cártel que le corresponde a su padre, “El Mayo”. Encabeza a varios hermanos más, una gran cantidad de parientes y múltiples operadores por todo el país.

Si “Los Chapitos” consideraron que al dejar fuera de circulación al por décadas evasivo conductor intelectual y operador directo del Cártel de Sinaloa en automático se harían del control de la organización criminal parece que cometieron una equivocación. Ha sido muy potente la defensa y en muchos casos hasta mayor la ofensiva de los contrarios.

Padre e hijos Guzmán han liderado con mano férrea la parte de Culiacán que les corresponde, la sierra de Chihuahua, la propia capital Chihuahua, algo de Durango y algo de Sonora. También han trabado relación con el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Pero el grueso de Sinaloa es manejado por “La Mayiza”, con operación intensa también en Baja California, Zacatecas, gran parte de Sonora y otros estados del sur y sureste del país.

Para el gobierno norteamericano puede estar significando, o deben significar, esa guerra una esperanza que propicie en México el descenso en la producción, y tráfico del fentanilo que mantiene adictos a millones y panteones llenos de muertos por sobredosis. Ha provocado la droga una pandemia al norte de toda la frontera mexicana.

Ni Donald Trump ni Joe Biden habían podido evitar que los cárteles mexicanos, particularísimamente el de Sinaloa, dejaran de producir el tristemente célebre opioide que entre los adictos aztecas es poco consumido, pero los norteamericanos lo hacen por toneladas. Acá la delincuencia tiene que ver más con las extorsiones de gran cuantía y el tráfico de cocaína y de cristal.

Tampoco avanzaron los gobernantes estadunidenses un centímetro mediante amenazas, presiones y hasta insultos lanzados al expresidente, Andrés Manuel López Obrador y a los órganos de seguridad.

Trump insiste en invadir México para eliminar a los cárteles que han tomado al país como suyo; eso es verdad.

Es cierto que el crimen se ha apropiado de grandes porciones de territorio nacional, pero sus integrantes no se notan acobardados por las advertencias del republicano. Siguen enviando a los Estados Unidos toda la droga que pueden producir y ocasionando muertes como nunca en México.

Alguien maquinó entonces esa acción que ha parecido simple y diminuta, pero con implicaciones que han opacado al mismo Trump: la traición por la que matarían “Los Chapos” varios pájaros de un solo tiro:

Reducir al mínimo la permanencia en la cárcel de Ovidio Guzmán y Joaquín Guzmán López (hermanastros), quedarse en suelo estadunidense protegidos legalmente, cobrar venganza contra “El Mayo” por acumuladas traiciones de su hijo “El Vicentillo” y arrebatar el control del Cártel de Sinaloa para sus hermanos en México, Iván Archivaldo y Alfredo Guzmán Salazar, los actuales principales operadores, con muchos otros Guzmán y Salazar más a su lado.

A su vez, las autoridades norteamericanas deben esperar en el corto plazo lo dicho párrafos antes, la reducción sustancial del flujo de fentanilo hacia su país, algo que de manera incipiente había aceptado hace año y medio Iván Archivaldo pero rechazado por su tío, Aureliano “El Guano” Guzmán Loera, por casi toda su parentela y por los propios Mayos.

Habrá disminución en la producción de fentanilo, pero porque los laboratorios en Sinaloa han sido paralizados por la guerra y porque esa guerra perjudicará la elaboración de la droga en el resto del país aun y cuando sus fabricantes no tengan nexos directos con el cártel sinaloense. Deberán los chinos abrir más mercado para sus precursores.

Ovidio y Joaquín no pueden esperar en su futuro otra cosa que sumarse al estatus del que disfruta su ahora enemigo mortal, “El Vicentillo”, en suelo estadunidense, libres, pero monitoreados de por vida, observar desde allá la desaparición del cártel que lideraron por décadas sus padres, los compadres “Chapo” y “Mayo”, y alcanzar alguna prebenda para menguar la cadena perpetua a la que permanece sentenciado su papá.

Desde la barrera seguirán observando la pelea entre sus familiares y los Zambada y cómo el cártel al que siguen perteneciendo irá tornándose en facciones que, o se sumarán a alguno de los cárteles vigentes, o crean sus propias agrupaciones. El gobierno mexicano no da todavía para impedir la operación de los grupos criminales. Están incrustados en todas las instituciones.