A la memoria del joven Rafael Antonio Rodríguez.

 

El pasado viernes 30 de agosto Juárez volvió a resentir las consecuencias adversas que trae consigo un fenómeno natural como la tormenta. Como es de conocimiento público, muchas de las calles y avenidas principales de este municipio fronterizo se vuelven prácticamente intransitables debido a la cantidad de agua que se concentra ya sea sobre el asfalto o la terracería. Las inundaciones han sido parte de la vida urbana de la sociedad juarense desde generaciones. Con el crecimiento de la urbe y la creación de nuevas y necesarias vialidades a través del tiempo se han hecho esfuerzos importantes por parte de las instancias correspondientes para tratar de afrontar este problema, pero evidentemente no ha sido suficiente.

La crisis climática que hoy nos acontece se ha manifestado en la intensificación de los fenómenos naturales que se presentan con mayor agresividad y que, por lo tanto, devienen más catastróficos, aumentando gravemente los diversos riesgos que corren poblaciones enteras. En todas las regiones del mundo la situación del clima ha comprobado los perjuicios directos y colaterales de la dinámica extractiva y productiva del sistema económico predominante. Los acuerdos que se han logrado alcanzar por parte de los distintos gobiernos a nivel mundial han carecido de la determinación política y económica necesaria para poder contrarrestar con mayor eficacia este problema de tintes casi apocalípticos. En lo que corresponde a México, el Gobierno federal ha intentado marcar la diferencia con sus pares latinoamericanos y de otras regiones del mundo, mediante el diseño y la implementación del programa “Sembrando vida”, el cual se caracteriza por una intensa labor de reforestación que hasta el momento ha conseguido la plantación de más de 1 millón de hectáreas de árboles maderables y frutales. Un esfuerzo sin duda significativo que bien puede tomarse como ejemplo o bien, estímulo para la formulación de una política ecológica más comprometida en cada uno de los municipios y entidades del país.

Ante la magnitud del problema del llamado cambio climático, es muy necesario e incluso fundamental hoy en día el trazado de una política medioambiental no sólo desde el nivel federal, sino también estatal y municipal. Sin embargo, igual de necesario y urgente es la creación de programas cuyos proyectos estén orientados a la atención preventiva frente a las contingencias climáticas, que no sólo se limiten a llamados de alerta ante posibles tormentas y otros fenómenos naturales para que las personas se resguarden en casa o en algún lugar que les pueda brindar seguridad mientras “pasa la tormenta”. Como lo sabemos, la naturaleza tiene un carácter imprevisible y puede sorprendernos con alguna de sus manifestaciones climáticas cuando menos los esperemos. En Juárez el clima se ha distinguido por su volubilidad, llegando a presentar en menos de 24 horas distintos fenómenos propios de cada una de las estaciones del año.

Resulta entonces difícil confiarnos plenamente en los pronósticos del clima que se ofrecen en los distintos noticieros de radio y televisión así como en la Internet, sin dejar de reconocer que estos son una de las mejores herramientas para afrontar preventivamente las contingencias climáticas. Pero precisamente ante el carácter imprevisible y voluble del clima que hoy experimentamos no solo en Juárez, sino en todas las regiones del planeta, se vuelve imperativo la definición de una política de contingencia climática a través de la cual puedan activarse las instancias correspondientes (protección civil, policía, seguridad vial, bomberos, etc.) que proporcionen la ayuda necesaria a quienes en plena tormenta o fenómeno natural se encuentren transitando peatonal o vehicularmente por las calles y avenidas de la ciudad. No puede ni debe ocurrir una tragedia como la acontecida aquel viernes 30 de agosto donde dramáticamente el joven Rafael Antonio Rodríguez, quien apenas cumpliría 16 años de edad, perdió la vida al ser arrastrado por la corriente en una de las muchas zonas que regularmente se ven más afectadas por las lluvias y tormentas, la calle Tapioca y el cruce con el Paseo de la Victoria que desemboca en un dique al cual, por cierto, llegó el cuerpo del joven fallecido.

Las autoridades que seguramente tienen el conocimiento de las zonas donde la situación derivada de la contingencia climática se torna más crítica, se encuentran en la obligación de mantenerse in situ, es decir, en los lugares más críticos o cerca de estos para poder ayudar a las personas que necesiten cruzar alguna calle o resguardarlas hasta que la situación mejore. Asimismo, alejar a las personas que se encuentren cerca de estas zonas de riesgo, todo con el propósito de evitar tragedias como la ocurrida. Esto no puede solo atenderse con alertas o acciones de prevención esperando que la gente tome sus propias medidas de protección. Los gobiernos y sus instancias tienen el compromiso y la responsabilidad de procurar en todo momento el bienestar y la seguridad de la ciudadanía, en pleno espíritu de la ética política.

Por otro lado, la sociedad civil juarense que a lo largo de las últimas décadas y a consecuencia de los severos problemas sociales que hemos afrontado en la localidad se ha visto en la necesidad de organizarse para asumir los retos que se nos han presentado, tiene también aquí una enorme oportunidad para generar desde su seno asociativo programas de intervención en contingencias climáticas a través de la posible conformación de brigadas que brinden apoyo en este tipo de situaciones naturalmente adversas. Atendiendo principalmente zonas de riesgo en sus propios barrios, colonias o fraccionamientos.

De la misma manera, las propias escuelas, públicas y privadas, las iglesias, así como los diversos centros de trabajo, también podrían ser un factor clave en la prevención de tragedias derivadas de este tipo de contingencias, al ofrecerse como resguardo de las personas, estudiantes y trabajadores hasta que la situación climática mejore por lo menos un poco y sea menos el riesgo asumido. En fin, son muchas las cosas que se podrían hacer desde los diferentes sectores de nuestra sociedad para evitar sucesos tan lamentables y trágicos como la pérdida de vidas humanas a consecuencia de los fenómenos naturales. Esperemos que la corta vida del joven Rafael Antonio Rodríguez no sea en vano, al igual que la de muchas otras personas que han fallecido por las mismas circunstancias aquí y en otras partes del país, y que su memoria sea el espíritu de una necesaria y urgente política de contingencia climática que contribuya a protegernos de las inclemencias de los fenómenos de la naturaleza hoy cada vez más presentes y violentos.