Ciudad de México.- En la política mexicana, los saltos entre partidos políticos han sido una constante que en muchos casos ha generado desconfianza y desencanto entre la ciudadanía. Es comprensible que un militante cambie de partido cuando ya no se siente representado por su organización política o cuando los ideales de su partido han dejado de alinearse con los propios. Sin embargo, también hay quienes aprovechan estas migraciones como una estrategia de supervivencia política, buscando únicamente mantenerse o ascender en posiciones de poder, lo que pone en duda su compromiso con los valores democráticos.
El fenómeno del “chapulinismo”, como se le llama popularmente en México, no es nuevo. Políticos que cambian de partido por intereses personales han sido una constante en el país, lo que debilita el sistema político y erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. Según un estudio del Instituto Nacional Electoral (INE), entre 2018 y 2024 se registraron más de 50 cambios de bancada en las Cámaras de Diputados y Senadores, evidenciando un patrón que va más allá de simples diferencias ideológicas. Muchos de estos casos involucraron a legisladores que, en busca de mayor influencia política o de beneficios personales, migraron al partido en el poder, Morena, o a otros partidos con proyección de crecimiento; dicen algunos (más bien muchos) que Morena es el nuevo PRI, y no solamente por sus prácticas, sino porque sus integrantes no son nacidos en Morena, sino de otros partidos.
El caso de políticos de partidos de oposición, que han migrado a Morena es un claro ejemplo de esta dinámica. En ciertos casos, los políticos justifican su cambio argumentando diferencias ideológicas, pero sus críticas a su partido de origen no siempre están respaldadas por un historial de inconformidad anterior. Este tipo de saltos genera suspicacia porque pareciera que, más que un cambio de convicción, lo que buscan es mantenerse en el poder y seguir vigentes en la vida política. Esto debilita a los partidos de origen, fragmenta a la oposición y deja a los votantes en una situación de desamparo, pues el político que eligieron para representar un proyecto específico, de pronto abandona esa agenda en favor de otra.
Este tipo de comportamiento no es exclusivo de un solo partido, y lo hemos visto tanto en partidos grandes como en emergentes. El fenómeno de migraciones por conveniencia política no solo afecta la credibilidad del sistema, sino que también envía un mensaje peligroso a la ciudadanía: que el poder personal está por encima de los ideales o de los compromisos con los votantes.
Por otro lado, existen casos en los que el cambio de partido obedece a razones más legítimas y comprensibles. Un militante puede encontrar que los principios que alguna vez defendió su partido ya no están presentes, o que su liderazgo ha tomado un rumbo contrario a sus convicciones. En estos casos, el cambio de partido es una decisión que responde a un deseo honesto de buscar una plataforma que refleje mejor sus ideales.
El problema de los cambios de partido motivados por el poder es que minan la confianza de la ciudadanía en el sistema político. Los votantes, que esperan que sus representantes defiendan sus intereses, se ven traicionados cuando sus representantes deciden cambiar de bandera sin una razón clara o legítima. Según una encuesta del Barómetro de las Américas 2022, el 68% de los mexicanos considera que los políticos cambian de partido por intereses personales y no por convicciones ideológicas. Esta percepción está profundamente ligada a la desilusión y la falta de participación electoral.
A pesar de ello, es fundamental no perder de vista que, en una democracia, los partidos deben ser flexibles y adaptarse a las circunstancias. Los militantes también tienen el derecho de cambiar de partido cuando sus principios e ideales ya no coinciden con la dirección que toma su organización. Sin embargo, el respeto hacia estos movimientos debe estar acompañado de transparencia y coherencia en el discurso.