Si no actuamos con responsabilidad, la transmisión del sarampión nos puede colocar en un panorama desalentador en un plazo muy corto; que no se nos olvide la experiencia del COVID-19 que, cuando quisimos reaccionar, era demasiado tarde.

La campaña que ha lanzado el Gobierno del Estado de Chihuahua, con el respaldo del Gobierno Federal, para que la población abierta acuda a los centros de vacunación, no debe ser un llamado a misa, por el contrario: es un asunto común que, ignorarlo, podría acarrear un altísimo costo.

A lo largo de la historia de la humanidad, pocas herramientas han demostrado ser tan eficaces para proteger la salud pública como las vacunas. Entre ellas, la vacuna contra el sarampión ocupa un lugar destacado, no solo por su efectividad, sino también por el impacto transformador que ha tenido en la reducción de la mortalidad infantil y la prevención de epidemias devastadoras.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, cuando la erradicación global del sarampión parecía una meta alcanzable, el resurgimiento de esta enfermedad en varios países nos obliga a reflexionar sobre el valor histórico y actual de la inmunización.

El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa, causada por un virus de la familia Paramyxoviridae. Se transmite por vía aérea y puede vivir en el aire o en superficies hasta por dos horas. Antes de la introducción de la vacuna en la década de 1960, el sarampión era prácticamente una fase inevitable en la infancia.

Cada año, millones de niños en todo el mundo contraían la enfermedad, y cientos de miles morían a causa de complicaciones como la neumonía, la encefalitis y la desnutrición aguda. En países como Estados Unidos, antes de 1963, se reportaban entre 3 y 4 millones de casos anuales de sarampión, con aproximadamente 500 muertes al año.

A nivel mundial, las cifras eran aún más sombrías: en 1980, antes de que se ampliara el acceso global a la vacuna, el sarampión causaba cerca de 2.6 millones de muertes anuales. El impacto era particularmente severo en los países con sistemas de salud precarios, donde la atención médica básica y la nutrición eran insuficientes para resistir los efectos del virus.

La historia cambió radicalmente con la introducción y masificación de la vacuna. Gracias a campañas de vacunación masiva lideradas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), UNICEF y diversas organizaciones locales, el número de muertes por sarampión cayó en un 94% entre 2000 y 2020.

Solo en ese periodo, se estima que más de 31 millones de vidas fueron salvadas. En regiones como América, se llegó a declarar la eliminación del sarampión endémico en 2016, un logro sin precedentes en la historia sanitaria del continente.

No obstante, este progreso no está garantizado. En los últimos años, el avance del movimiento antivacunas, la desinformación en redes sociales y la fragilidad de los sistemas de salud durante emergencias como la pandemia de COVID-19 han propiciado un preocupante retroceso.

Según la OMS y UNICEF, la cobertura mundial de la primera dosis de la vacuna contra el sarampión cayó del 86% en 2019 al 81% en 2021, el nivel más bajo desde 2008. Como consecuencia, en 2022 se registraron más de 140 mil muertes por sarampión, la mayoría en niños menores de cinco años.

El resurgimiento de brotes en países donde la enfermedad ya se consideraba eliminada -como Estados Unidos, Reino Unido o Alemania- pone en evidencia que la inmunidad colectiva no es un lujo, sino una necesidad.

Para que el sarampión no se propague, se requiere que al menos el 95% de la población esté vacunada con las dos dosis recomendadas. Cualquier descenso por debajo de ese umbral crea un terreno fértil para que el virus reaparezca y se propague rápidamente, afectando especialmente a los más vulnerables.

La vacuna contra el sarampión es segura, eficaz y una de las más económicas. No solo protege contra el virus, sino que fortalece el sistema inmunológico en general, al prevenir la "amnesia inmune" causada por el sarampión, que puede hacer que el cuerpo olvide cómo defenderse de otras enfermedades. Es una herramienta poderosa, producto de décadas de investigación científica y compromiso global con la salud pública.

El futuro del sarampión no depende solo de la ciencia, sino también de nuestras decisiones colectivas. Como sociedad, tenemos la responsabilidad moral y sanitaria de proteger a quienes no pueden vacunarse -bebés, principalmente- o pacientes con enfermedades crónicas- mediante una cobertura universal de vacunación. Vacunarse no es un acto individual, sino un compromiso con el bien común.

Por eso ahora, cuando personalmente la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos, encabeza la convocatoria para vacunarse contra el sarampión, ignorar la importancia de esta vacuna sería olvidar lecciones que la historia nos ha enseñado a un altísimo costo.

El sarampión, una enfermedad prevenible, no debería ser motivo de muerte ni sufrimiento en la actualidad. Pero lo será si no actuamos con responsabilidad. La ciencia ha hecho su parte. Ahora nos toca a nosotros. Al tiempo.

Fuentes: UNICEF, OMS.