La cárcel. El calabozo. La mazmorra. El castigo. Desde tiempos ancestrales, el acto punitivo ha estado presente como uno de los estandartes de la humanidad. En los hechos y en el lenguaje se ha transitado en búsqueda de la “racionalización” de la pena. Hace décadas, en los viejos manuales de las disciplinas penales, el profesor Eugenio Cuello Calón, definía a la pena como “el sufrimiento impuesto por el Estado en ejecución de una sentencia al culpable de una infracción penal”.

En buena medida y pese a la infinidad de subterfugios lingüísticos y teoréticos que se han incorporado para presentarla con tesitura blanda, la pena, sigue implicando lo que ese tratadista español señalaba como piedra angular de su definición. La pena, en su sentido paradigmático, es sufrimiento, es aflicción. Y una de las grandes preguntas que afloran con su existencia es la de qué legitimidad tiene el Estado y la sociedad para imponerla. ¿En dónde se fundamenta esa legitimidad?

No es esta la sede idónea para resolver problema tan complejo. La pena sigue ahí y los sistemas jurídicos la han regulado transitando de parámetros robustos de violencia hasta enfoques que buscan paliar el sufrimiento y articular medidas de reinserción en la sociedad. Las cárceles son ahora llamadas así: centros de reinserción social. Antes de ello, fueron también denominadas “centros de readaptación social”. Y décadas anteriores a la irrupción de esta nomenclatura encontraremos otros nombres, que buscaban, encubrir la realidad. Las cárceles, después de todo, siguen siendo cárceles. Y el drama penal, pareciera que sigue incólume en las mazmorras.

No hay soluciones fáciles a la triste realidad de los penales. En México, instrumentos como la Ley Nacional de Ejecución Penal señalan como ejes torales de su motivación, mejorar las condiciones de vida, garantizar el respeto a los derechos humanos y la dignificación de las personas privadas de la libertad en los centros penitenciarios. Como antecedente medular de esta normatividad se encuentra la reforma del 18 de junio de 2008 al artículo 18 de la Constitución, misma que introdujo el modelo penitenciario de reinserción social. El problema es que, como siempre, la introducción de nuevas normas o reformas no cambia, por arte de magia, la realidad.

Esa Ley Nacional de Ejecución Penal, como muchas de sus similares en el mundo, ha introducido mecanismos que buscan, por un lado, robustecer la esfera de la dignidad y los derechos fundamentales de los detenidos y sentenciados; al tiempo que se pretende una despresurización de los penales. La libertad condicionada, la libertad anticipada, la sustitución y suspensión temporal de las penas, los permisos humanitarios y la preliberación por criterios de política penitenciaria, conforman los cuadros de los beneficios de la preliberación en nuestro país.

Sin embargo, es pertinente destacar, en la mirada iuscomparativa, beneficios que llaman la atención en el terreno global. Recientemente, los medios de comunicación trajeron a colación una figura que, aunque tiene vigencia desde hace más de una década en Brasil, sigue llamando la atención. En el año 2012, ese país, caracterizado por tener altísimos niveles de sobrepoblación en sus centros de reclusión, implementó el programa “Redención por la lectura”, ofreciendo a los reos la oportunidad de obtener una reducción de su condena. Así, el sentenciado obtiene una reducción de cuatro días de prisión por mes si demuestra que ha leído un libro en ese periodo. Para demostrarlo, el recluso tiene que escribir una reseña dentro del plazo de diez días. Tiene la oportunidad de presentar hasta 12 reseñas por año, equivalente a 48 días de reducción de la pena.

Si Brasil tiene focos rojos en sus centros de reclusión, nuestro país no se queda atrás. En Ciudad Juárez, son continuos los traslados de reos a otros lugares en busca de la despresurización de sus cárceles. Lo mismo pasa en otras ciudades y entidades de la República. La nota de la “Redención por la lectura” en sedes brasileñas hace pensar en la experimentación de beneficios similares en los penales mexicanos. A sabiendas que la convivencia de auténticas bombas de tiempo con el oasis de la lectura pareciera digna de un cuento fantástico.