El grado de integración que nuestra economía tiene con la estadounidense es tan elevado y diverso que la aplicación de aranceles en el nivel anunciado causó, entre académicos y analistas reconocidos, un rechazo inmediato, por sus efectos tan perversos sobre la economía de EU. Debido a ello recomendaron que Trump abandonara esta promesa de campaña.

Contradiciendo sus propias declaraciones y las de su secretario de Comercio sobre el momento en que el gobierno estadounidense establecería aranceles a las exportaciones originadas en México, Canadá y China; finalmente Donald Trump firmó la orden ejecutiva que formaliza la aplicación de un arancel de 25% a las exportaciones mexicanas, sin embargo a pesar de que una medida de tal relevancia requería de precisión; prevaleció la confusión en las declaraciones; tanto de sus funcionarios como del propio presidente de los Estados Unidos.

Durante la semana previa a la firma, el discurso de Trump osciló entre afirmaciones contundentes de que los aranceles se aplicarían en lo inmediato, hasta aquellas en que se condicionarían al comportamiento del gobierno mexicano frente a los carteles de la droga y la inmigración ilegal. Su vocera, Karoline Leavitt, declaró sin rodeos, una y otra vez, que se aplicarían en lo inmediato; pero quien se hará cargo de la política comercial, el futuro secretario del ramo, Howard Lutnick remitió su aplicación hasta abril.

La declaración del Lutnick, responsable de la política comercial, expuesta ante el Congreso estadounidense, durante el debate sobre su confirmación, respaldó la idea de que la decisión no había sido tomada, que sólo era un amago dentro de un indefinido proceso de negociación; pero tampoco tal expectativa era firme, pues desde el sábado primero con su firma Trump estableció un nuevo régimen de intercambio comercial, impuesto unilateralmente por un gobierno errático, capaz de quebrantar principios, reglas y acuerdos comerciales de varias décadas.

Con ello nuestro pueblo tuvo un fin de semana lleno de sobresaltos hasta que nuestra presidenta Claudia Sheinbaum convenció Trump de la trascendencia mundial de nuestra relación comercial y de la capacidad de su gobierno para mejorar en lo inmediato la seguridad en la Frontera Norte.

A propósito, todo indica que a la posición de nuestra presidenta se sumó, en paralelo, otro llamado a la cordura, encabezado por el lobbyng empresarial de la industria automotriz, que al parecer fue finalmente escuchado; lo cual nos explica el aplazamiento que, con inteligencia, en el último momento, negoció la presidenta Claudia Sheinbaum.

Pero los motivos para imponer barreras comerciales tan elevadas tampoco son claros: en un primer momento lo fue la tolerancia mexicana ante el flujo de inmigrantes no documentados; después el tráfico de fentanilo y recientemente una desventajosa balanza comercial.

Al respecto, el ya ratificado secretario de Comercio nos aclaró que la nueva barrera comercial “no era un arancel per se sino una acción de política interna”. Dentro de las cambiantes justificaciones el presidente Trump tocó los extremos al afirmar, sin razón alguna, que el gobierno de la presidenta Sheinbaum estaba involucrado con el narcotráfico.

Ante tal confusión en el discurso, cómo interpretar el mensaje transmitido: ¿estamos ante una medida económico para sanear su balanza comercial o ante un juego de presiones para alterar nuestras políticas migratoria y de seguridad?

Se podría alegar que es un paquete de medidas que tienen el objetivo de mejorar, más allá del TMEC, la posición de los Estados Unidos frente a sus socios comerciales más cercanos. Pero un breve examen nos revela lo contrario. Desde cualquier ángulo tales barreras tendrán en lo inmediato efectos perversos en la economía norteamericana y un impacto impredecible en los países afectados por los aranceles.

Las opiniones sobre los efectos negativos en el mercado estadounidense de esta decisión son abrumadoras. Gobernadores de sus estados fronterizos, representantes, senadores, expertos detallan los efectos negativos inmediatos.

Destaca, por ejemplo, la inteligente interpretación de la gobernadora de Arizona, Katie Hobbs quien en pocas palabras señaló que “los aranceles son impuestos a las familias y a las empresas que amenazan descarrilar nuestro crecimiento”.

Esta explicación es contundente: el muro arancelario de Trump encarecerá en un porcentaje próximo al 25% artículos de consumo básico, enseres domésticos, equipo y componentes de cómputo y especialmente, autopartes y automotores fabricados en México.

El primer efecto lo veríamos en los supermercados, donde el consumidor norteamericano tiene una elevada propensión a consumir productos del campo mexicano que no tienen un sustituto instantáneo; por lo que las familias no tendrían otra alternativa que pagar una cuarta parte adicional para adquirir estos productos.

Ello representaría, no sólo un impuesto al consumo; también sería un impuesto inflacionario; porque el cálculo de lo recaudado no sería significativo para compensar el enorme déficit comercial de los Estados Unidos y sí tendría un efecto directo y relevante sobre la inflación.

Al respecto Gregory Daco, economista en jefe de la firma de impuestos y consultoría EY, estima que podrían provocar un aumento de 0.4 por ciento adicional en la tasa de inflación esperada. Otra opinión la expresa el Laboratorio de Presupuestos de la Universidad de Yale; cuyo cálculo le permite anticipar que cada hogar estadounidense promedio habría de pagar entre mil y mil 200 dólares anuales para sostener su consumo habitual; todo ello sin considerar el efecto de una probable escasez de bienes cuyo consumo no tiene sustitutos.

Sin embargo, el impacto más grave lo padecería la inmensa estructura de producción industrial binacional que empresas, trabajadores y gobiernos han construido desde hace sesenta años para enfrentar la globalización de los procesos productivos y que durante el año 2024, tan sólo en México, empleó en promedio, a dos millones 906 mil personas, generando una derrama anual de salarios y prestaciones próxima a los 50 mil millones de dólares y exportaciones equivalentes en 2023 a 478 mil 573 millones de dólares.

Hablamos de cinco mil 168 empresas que atienden el mercado nacional, el de EU y el de otros países; pero cuyas operaciones tienen un alto nivel de integración, tanto en los procesos de proveeduría y almacenaje, como en los de producción y venta.

La industria automotriz representa el mejor ejemplo del eslabonamiento que se tiene con los procesos productivos y empresas estadounidenses y canadienses; al respecto, la Asociación Mexicana de la Industria Automotriz (AMIA) considera que este segmento es el mejor integrado en la región del TMEC y representa el 20% de los intercambios,

Una idea de está complejidad la tenemos cuando se identifica que en la industria automotriz hay autopartes que en el proceso de producción cruzan hasta ocho veces la frontera.

Más allá de lo anterior, podemos imaginar la escala de operaciones de estas empresas al tener a la vista que tan sólo en esta industria del automóvil los tres países firmantes del TMEC generan cerca de trece millones de empleos en el territorio de los tres países. Además, esta industria aportó el 36% de las exportaciones mexicanas en 2023, equivalentes a 188 mil millones de dólares; y envió a Estados Unidos y Canadá el 88% de los vehículos exportados.

También es importante tener en cuenta que la estructura industrial que se construido no es frágil, tiene seis décadas de existencia y ha sorteado obstáculos, amenazas y a pesar de ello ha seguido adelante, adaptándose a nuevos contextos con flexibilidad y no tenemos duda que esta larga historia de expansión en el largo plazo habrá de continuar.

Nuestra relación es indisoluble, ni siquiera este nuevo muro virtual con aranceles al tope podrá contener los intercambios y nuestra presidenta lo sabe; por ello ha propuesto como alternativa el Plan México que constituye una estrategia para que los tres países firmantes del TMEC emprendamos una nueva etapa en la que el objetivo central es recuperar la parte del mercado mundial que China nos arrebato en tan sólo 25 años. Estados Unidos, Canadá y México, en lo que resta del siglo debemos remar juntos para garantizar a nuestros ciudadanos mayor libertad, prosperidad, igualdad y democracia.

Para concluir, sólo quiero recordar una anécdota libresca que revela el carácter de la relación de México con Estados Unidos: en 1985 Alan Riding escribió un libro al que tituló Vecinos Distantes en un momento crucial de la gran crisis que México vivió en esos años; pero cuarenta años después gracias a una exitosa apertura comercial; la nueva e intensa relación que nos define merece una obra mayor que describa una nueva integración de carácter productivo, tan intensa y amplia a la que deberíamos titular: México y Estados Unidos, La experiencia de dos economías siamesas.