El fin de semana pasado, las redes sociales y los juarenses enloquecieron con una noticia que muchos recibieron con júbilo: según varios medios, la Profeco había emitido una lista oficial de alimentos permitidos para ingresar a las salas de cine en México. La noticia era demasiado buena para ser cierta, pero eso no impidió que la gente la creyera y, peor aún, que intentara aplicarla de inmediato. En cuestión de horas, empezaron a circular fotos de valientes ciudadanos tratando de meter pizza, sushi, pollo frito, tamales y hasta menudo en recipientes térmicos, como si fueran a un picnic en lugar de una función de cine.
El problema, claro, es que la noticia era completamente falsa. Profeco tuvo que salir a desmentir la información y aclarar que jamás emitieron una lista oficial de alimentos permitidos. Lo único que establece la Ley Federal de Protección al Consumidor es que ningún proveedor puede obligar a los clientes a comprar alimentos en sus instalaciones. Sin embargo, al comprar un boleto, los consumidores aceptan un contrato con el cine, que puede incluir la prohibición de ingresar con comida externa. Es decir, no te pueden forzar a comprar su ridículamente cara caja de palomitas, pero tampoco están obligados a dejarte entrar con tu lonche de la casa.
Pero más allá de la comedia involuntaria de la situación, este episodio revela una realidad que todos conocemos y padecemos: los precios exorbitantes de los alimentos en los cines. Un combo de palomitas y refresco puede costar lo mismo que un boleto de autobús a un destino cercano, y si te antojas un hot dog, prepárate para cargarle más deuda a la tarjeta. Por lo anterior, no es de extrañar que la gente haya abrazado con tanto entusiasmo la falsa noticia, porque en el fondo hay una inconformidad real: el cine se ha convertido en una experiencia de lujo, donde la comida es un abuso más que un placer.
Ahora bien, lo que resulta más preocupante de esta historia es lo fácil que es para una noticia falsa volverse viral y modificar la conducta de la gente. La desinformación no solo afecta cuestiones triviales como si podemos llevar pollo frito al cine, sino que también puede generar caos en temas mucho más serios, desde la salud pública hasta la política. La gente compartió la supuesta lista de alimentos sin verificar la fuente, y muchos medios, supuestamente serios y confiables, la reprodujeron sin cuestionarla. En un mundo, y sobre todo en una ciudad como Juárez, donde cualquiera con acceso a internet puede volverse un emisor de información, la responsabilidad de verificar lo que consumimos y compartimos recae en todos.
Así que la próxima vez que leas una noticia que parece demasiado buena para ser verdad, respira, revisa la fuente y evita el ridículo de terminar discutiendo con el gerente del cine porque no te dejan pasar con atún enlatado. La batalla contra los precios abusivos en las dulcerías de los cines sigue en pie, pero no será con “fake news” como la vamos a ganar.