Estamos en los tiempos de la política de la ruptura, donde se privilegia lo estridente por encima de lo necesario. No importa cuántos hospitales, escuelas o carreteras se necesiten; para los gobiernos actuales, lo más importante es mantener la atención del público en los trucos del discurso.
El gran maestro de la distracción de nuestra era es el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien logró manipular la información durante seis años; algunos decían que eran "fakenews", posverdad o el ya clásico "yo tengo otros datos" y estas expresiones se asociaba a mentiras. Pero no, AMLO hablaba de la realidad, pero la que le servía para desviar la atención de lo importante. La otra realidad, la de la falta de medicamentos en los hospitales y la de la violencia no le interesaba, porque no le era útil.
Así, el entonces presidente era un malabarista de las noticias que encontraba en el absurdo un anzuelo perfecto para que toda la opinión pública se fuera con la finta y, al final, lo seguían como en el cuento del “Flautista de Hamelín”. Todos se ponían a discutir lo que decía López Obrador en la mañanera. Sí, el tabasqueño era genial, simplemente un extraordinario manipulador de la comunicación. Goebbels era un niño de pecho frente a AMLO.
En esa discusión guiada y selectiva, duramos seis largos años. Le pongo ejemplos de la manipulación mediática, López Obrador, en 2018, canceló el aeropuerto de Texcoco, donde se perdieron más de 331 mil millones de pesos. En 2019, casi rompió relaciones diplomáticas con España porque le exigió que se disculpara por la conquista. Ese mismo año, se comparó con Jesucristo, con Benito Juárez y con Francisco I. Madero. Luego, en 2020, dijo que el COVID-19 se curaba con buena alimentación y que las vacunas no eran necesarias. Ese mismo año, en medio del fracaso de la política de salud frente a la pandemia, decidió rifar el avión presidencial, lo que generó una discusión bizarra. En 2021, lanzó una consulta popular para preguntarle al "pueblo" si debía o no enjuiciar a expresidentes. En 2022, se aferró a hacer un plebiscito para ver si continuaba en la presidencia. En 2023, contrató a un exfuncionario venezolano del régimen de Hugo Chávez para que diseñara los libros de texto. Finalmente, en 2024, en su famoso Plan B, delineó toda la política de la siguiente administración, dejando un checklist que se cumplió a medias y muchas de las reformas se quedaron en el camino, salvo una: la del voto popular para todos los jueces, magistrados y ministros, una herencia que dejó, una manzana envenenada.
Ese es López Obrador de cuerpo entero. Por eso se recordará, y por los 200 mil homicidios dolosos que hubo durante su sexenio, la mayor cifra de la historia. Y sí, ya sé que los AMLOvers dirán que el Tren Maya, que Dos Bocas o que el AIFA, pero esas obras de relumbrón, que ni siquiera funcionan como debieran, no justifican la forma indolente de separar a México en dos grupos y ponerlos a pelear: los chairos contra los fifis. Esa ruptura es la peor herencia que dejó López Obrador.
Pues hoy, la herencia parece trascender (o será el karma). El presidente Donald Trump, en Estados Unidos, ha comenzado con la misma lógica disruptiva, pero esta vez no son solo declaraciones. Entre sus primeras acciones de gobierno, dejó en claro que no es un cambio de jugador en el tablero global. Trump ha dado un golpe en la mesa y ha cambiado el juego completo, con sus propias reglas, y a quien no le guste se puede retirar de la mesa.
No solo propuso la adhesión de Canadá o cambiarle el nombre al Golfo de México por Golfo de América, sino que también indultó a los condenados por el asalto al Capitolio de 2021. Además, se retiró del Acuerdo de París, de la Organización Mundial de la Salud e impuso aranceles iguales a todos los países con los que comercia Estados Unidos.
Hoy, el nuevo juego de la política global está marcado por electores que se hartaron de esperar los derechos que nunca llegaron, así que mejor aceptaron la oferta de quienes les ofrecen romper todo para comenzar desde cero. Por eso votaron en México y en Estados Unidos en 2024: no votaron por un cambio, votaron por tumbar el edificio completo del gobierno y construir uno nuevo, un gobierno donde no importan los Derechos Humanos, ni la globalización de la economía, ni las instituciones, ni la paz mundial. Lo que importa es sacudir el sistema hasta que solo quede lo más oscuro del pasado. Ese es el nuevo juego, el juego del humo.