“Por años hemos visto llegar e irse, diseñadores de política pública mesiánicos, políticos mercenarios, periodistas amarillistas, agoreros de la desgracia, que no solo han lucrado, sino que han revictimizado a Ciudad Juárez”

Para quien sigue viviendo de bajo de una piedra en este mundo digital, la historia de Macario Martínez es la de un joven que hasta hace unos días trabajaba como barrendero en CDMX y que se volvió tendencia en redes sociales, tras publicar un video en el que documenta su cotidianidad.

Una cámara doméstica, sin producción ni grandes efectos, vemos a un trabajador precarizado más, circulando por las calles de la ciudad, montado en la caja de un camión de limpieza mientras de fondo se escucha una de sus interpretaciones musicales llamada: “Sueña lindo corazón”. Este “reel” que cuenta a la fecha con más de 34 millones de reproducciones, y cada una de ellas estimula comentarios de crítica musical, “opinólogos”, y creadores de contenido, insistiendo en el mismo mensaje como un “loop” discursivo, que se repite y se sincroniza en una pieza musical, en un bucle insistente: “El que quiere, puede”.

Y es que es común encontrar, dentro de los reels o videos cortos de las principales redes sociodigitales, conmovedoras historias de personas que lograron un “éxito” después de haber pasado por situaciones adversas y encontrado en ello “el camino” hacia la grandeza. Sin embargo, muchas de estas narrativas están aderezados de argumentos para entronizar tanto la meritocracia y la pobreza romantizada, como dos motores en una sociedad como la nuestra, denota la carente realidad en la que nos encontramos.

La meritocracia es una de las narrativas más explotadas a lo largo del tiempo, pues su fórmula promueve un camino infalible hacia el éxito individual. Bajo esta premisa, se nos vende la idea que, con esfuerzo y determinación, cualquier persona puede superar las vicisitudes y alcanzar la grandeza. Sin embargo, esta idea no es solo falaz, también refuerza la existencia de desigualdades estructurales que benefician a unos pocos y condena a las mayorías. Este pensamiento se vuelve aún peor si se enraíza con otro fenómeno igualmente problemático: La romantización de la pobreza.

El primero, enarbola un sistema en el que el individuo entre más se esfuerce, mayor son sus oportunidades de éxito, ignorando a su paso con las visibles desigualdades sociales, económicas y educativas de cada persona; El segundo, refuerza un paradigma tan peligroso como corrosivo dentro de las sociedades modernas, ya que populariza y exalta la precariedad como una supuesta fuente de virtud moral. Y es que dentro de este segundo fenómeno en el que “sufrir con dignidad” beneficia a las elites del poder.

Esta fórmula garantiza perpetuar el statu quo de quienes han alcanzado posiciones de poder o privilegio, ya que suelen atribuir su éxito exclusivamente a su talento y esfuerzo, dejando de lado las ventajas estructurales que le ayudaron en su camino. Lo anterior, posiciona a quienes no logran acceder a estos espacios, en un estado de culpa bajo el slogan mercadotécnico de que “si te esfuerzas lo suficiente”, lograras ser exitoso.

Por tanto, la promoción de las personas que “salen adelante” pese a sus carencias, reafirman el discurso usualmente promovido por la política y los medios de comunicación, son el andamiaje de la “opinión pública”, que trae como consecuencia, la creación de una sociedad pasiva y acrítica realza la idea de justificar la pobreza en vez de analizar sus causas estructurales, consolidando un modelo que inhibe el pensamiento crítico y apostando por sociedades dirigidas que erosionan la cohesión social y el sentido de comunidad apuntada por el filósofo Michael J. Sandel.

De tal modo que, si la pobreza es vista desde un estado de nobleza y dignidad, la indignación y la exigencia de cambios estructurales carecen de valor, ya que se vuelve una herramienta publicitaria para quienes no tienen otros medios para facilitar su camino, convirtiéndola en una ganancia secundaria para las personas en situación de vulnerabilidad.

En este orden de ideas y apuntando a nuestra frontera, por años hemos visto llegar e irse, diseñadores de política pública mesiánicos, políticos mercenarios, periodistas amarillistas, agoreros de la desgracia, que no solo han lucrado, sino que han revictimizado a Ciudad Juárez y a quienes debemos cuestionar, con el lente del pensamiento crítico. La invitación es a complejizar el análisis de las realidades sociales que se nos presentan, a cuestionar tanto al mensaje como al mensajero y los medios por los que llegaron estos discursos a nuestras manos.