En este espacio he hablado en ocasiones de una de las novelas que en lo personal más me ha gustado. Se trata de 1984 de George Orwell. Esta novela es el mejor ejemplo de la novela distópica. En esta historia, se narra la existencia de un partido político gobernante que ejerce toda clase de control político y social, así como el establecimiento de un Estado policial en uno de los tres superestados en que está dividido el planeta. A través de los más diversos medios, el gobierno vigila de manera constante a sus ciudadanos, y oprime a través de todos los métodos a aquellos ciudadanos que se salgan de los cauces establecidos por el régimen.

En la novela, Winston Smith, un trabajador del Ministerio de la Verdad, comienza a cuestionarse el totalitarismo ejercido por parte del partido oficialista Ingsoc, que representa el socialismo inglés.

El gobierno ejercía el control y vigilancia de sus ciudadanos a través de una especie de televisión, pero a la inversa. Es decir, el aparato televisivo servía para que el “Gran Hermano” pudiera vigilar lo que cada uno de los ciudadanos hacía al interior de su casa. De la misma manera, el Estado entrenaba a los niños para que informaran al gobierno cualquier atisbo de disidencia en que pudieran estar incurriendo sus padres.

El gobierno controlaba la prensa y la historia. Esto lo hacía a través del Ministerio de la Verdad, que administraba una hemeroteca en donde iba imprimiendo y modificando los hechos históricos, cambiando así el curso de la historia ya vivida a las coyunturas o necesidades del momento político actual, borrando la memoria colectiva.

El Ministerio de la Verdad, además de mentiroso y manipulador, modificaba la historia (alterando las notas periodísticas antiguas), y promovía el uso de la neolengua, un lenguaje que tenía como objetivo el control del pensamiento y la erradicación de palabras peligrosas para el régimen. También acuñaba frases distintas como “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud”, o “La ignorancia es la fuerza”; esto con el fin de generar confusión en la población.

Esta novela fue escrita en 1948, sin embargo, Orwell la tituló como 1984 haciendo alusión a que el mundo sería así a partir de ese año. En esencia, Orwell alertó al mundo sobre los peligros de los regímenes totalitarios, que buscan oprimir y aplastar la libertad individual, y el pensamiento crítico. De aquí que la conclusión lógica sería poner límites al poder, pues regímenes como ese terminan por anular pensamientos, emociones, y libertades.

Sin embargo, parecería que en este México tabasqueñizado, quienes hoy gobiernan no tomaron dicha obra como una advertencia, sino como un manual.

El movimiento político que por años criticó los hechos ocurridos en 1968, así como la militarización que tuvo lugar en el gobierno de Calderón, y que buscaba reivindicar a las víctimas de distintas dictaduras (como la de Franco en España, o la de Pinochet en Chile) se ha convertido en el principal movimiento militarizador de la historia. Hoy, las fuerzas armadas controlan aduanas, aeropuertos, puertos, trenes, e incluso la policía federal (que antes era civil).

No conformes con haber militarizado todo el país, ahora buscan vigilar a los ciudadanos con mayor detalle. Morena y sus cómplices han promovido en el Congreso, la creación de diversas normas que tienen por objeto dar más poder al poder.

Con estas leyes, el gobierno pretende acceder a toda la información sobre cualquier ciudadano respecto a sus datos biométricos, registros bancarios, vehículos, propiedades, e incluso, entrar a la información que cada quien guarde en sus respectivos celulares. El argumento para esa concentración masiva de información es “extraer información para generar productos de inteligencia”.

A partir de ahora, la Secretaría de Seguridad Pública podrá acceder a esta información, dicen, “con control judicial”. Curiosamente, los jueces que autorizarán esas intervenciones son los mismos que puso el régimen el pasado 1 de junio. Se crea también una Plataforma Central de Inteligencia, a través de la cual concentrarán todos estos datos.

Decía Benjamín Franklin que aquellos que estén dispuestos a ceder algo de libertad a cambio de seguridad, no merecen ni una, ni otra. El gobierno mantiene su postura de que todo esto lo hace para poder combatir a las organizaciones criminales. Sin embargo, después de más de seis años de tener al país militarizado, no se advierten resultados tangibles en la seguridad. De nada sirve tener al país militarizado si los únicos que resienten esas consecuencias son los ciudadanos.

Como dice el dicho, si “por las vísperas se sacan los días”, podemos concluir que estas herramientas solo servirán para ejercer un control político por parte del régimen, pero no para combatir al crimen. Menos si el funesto apotegma de “abrazos, no balazos” sigue describiendo la política de seguridad del gobierno.

En esta misma línea de pensamiento, el poder ejercerá control político pues en el paquete de reformas, se faculta a las autoridades hacendarias para vigilar a “Personas Políticamente Expuestas” respecto a sus movimientos bancarios, sin necesidad de obtener una orden judicial para tal efecto.

Los representantes del oficialismo han promovido también la “CURP Biométrica” que es una nueva identificación a través de los cuales, el gobierno tendrá acceso a toda clase de información del ciudadano: desde sus transacciones bancarias e inmobiliarias, hasta lo que cualquier ciudadano compra en plataformas como Amazon o Mercadolibre. Esto, que parecería ser el sueño de cualquier dictador norcoreano, es una realidad ahora gracias a la tabasqueñización del poder.

A través de la vinculación de esta herramienta con los teléfonos celulares que todos utilizamos, el gobierno podrá saber en todo momento en qué lugar se encuentra cada ciudadano. Eso debería ser razón suficiente para que todos estuviéramos protestando.

La ciudadanía tiene que entender que se debe de encontrar el justo equilibrio entre las libertades del ciudadano, y las medidas de seguridad que el gobierno adopte. No se puede pretender que, en aras de procurar “mayor seguridad”, el gobierno nos vaya arrebatando poco a poco las libertades que deben reinar en una (ex)democracia liberal como la nuestra.

Un gran sector de la población es apática a todas estas medidas. Muchos dicen “el que nada debe, nada teme” entre otras frases huecas que se repiten a menudo. Sin embargo, con el control que el gobierno ejerce de forma casi absoluta, cualquier ciudadano (aunque sea la persona más recta y respetuosa de la ley) corre el riesgo de convertirse en víctima de un régimen tiránico que se está consolidando en México.

Nadie quiere creerlo, pero regímenes como la Cuba de Castro, o la Venezuela de Chávez, empezaron justamente así, con una población abúlica que se negaba a creer lo que la oposición le advertía todo el tiempo. En la medida que la población no se involucre y reaccione ante estas arbitrariedades, el poder del gobierno irá creciendo, siempre en detrimento de las libertades del gobernado. A mayor poder del gobierno, menor poder del ciudadano.