“Se empieza callando una voz, luego justificando una reforma, luego aceptando la censura “por el bien del pueblo”. Y cuando volteas, el autoritarismo ya tiene nombre, rostro y poder. Y tú, nada”.

México se ha ido apagando. Ya no es solo la inseguridad o la economía estancada; es la libertad misma la que se estrecha. Lo que antes nos parecía impensable —el control absoluto, la imposición disfrazada de democracia, el desprecio por la ley— ahora se normaliza. Y lo peor es que muchos aplauden sin ver.

La serie de llamadas reformas del actual régimen mexicano, poco a poco avanzan limitando márgenes de acción a ciudadanos simples, comunicadores, y periodistas. Todo ante la mirada tímida de los llamados partidos opositores.

La eliminación del Instituto Nacional de Transparencia, la subordinación del Poder Judicial, la colonización del INE y, más recientemente, la llamada "Ley Censura" en materia de telecomunicaciones, no son hechos aislados: son síntomas de un autoritarismo que avanza sin freno, disfrazado de voluntad popular.

El régimen lo sabe. Ellos tienen la certeza de hacia dónde llevan a México, y no es a otra parte que una copia de lo que sucede en Nicaragua, Cuba o Venezuela. Que logren engañar a una mayoría, es otra cosa.

A lo largo de la historia, los regímenes autoritarios han contado con una figura clave para su consolidación: los llamados tontos útiles.

La frase suele atribuirse a Lenin —aunque no haya evidencia de que realmente la pronunciara—, y se refiere a quienes, desde fuera del poder, defienden con fervor causas que no entienden del todo y que terminan devorándolos.

En México, sobran ejemplos. Militantes que repiten consignas como verdades absolutas, activistas que antes exigían transparencia y hoy justifican el desmantelamiento institucional, o ciudadanos comunes que creen que criticar al gobierno es traicionar a la patria. No entienden que no entienden. Y lo más grave: no quieren entender.

Como si no bastara con poner a los militares a construir aeropuertos, operar aduanas o repartir medicinas, ahora también se abren las puertas para que participen como candidatos.

Con reformas hechas a la medida, se normaliza la idea de que un uniforme puede reemplazar a un civil en las urnas. Lo que alguna vez fue una línea clara entre poder civil y poder castrense, hoy se borra peligrosamente, acercándonos a una democracia tutelada por las botas.

A la par, se impulsan mecanismos de vigilancia dignos de regímenes autoritarios: el uso de datos biométricos, supuestamente para mejorar la seguridad, abre la puerta a un Estado que sabe quién eres, dónde estás, qué consumes y con quién hablas.

En manos del poder, esta información deja de ser técnica: se convierte en herramienta de control. Es la libertad la que se sacrifica en nombre del orden.

Perder la libertad no ocurre de golpe. Es lenta, imperceptible, como agua que hierve y tú sin notarlo. Se empieza callando una voz, luego justificando una reforma, luego aceptando la censura “por el bien del pueblo”. Y cuando volteas, el autoritarismo ya tiene nombre, rostro y poder. Y tú, nada.

Hay quienes repiten sin pensar. Defienden un gobierno que ha convertido la lealtad en consigna y el disenso en traición. No entienden que no entienden. Y no quieren entender.

Escribir, hablar, documentar, resistir. Aún hay voces, aunque pocas, que se niegan a callar. Y mientras existan, el país no estará del todo perdido.