Decía el gran literato argentino Jorge Luis Borges que todo lo que se puede imaginar puede ocurrir en la realidad, y todo lo que ocurre en la realidad pudo ser imaginado antes. Eso nos ocurrió en este marzo loco que llegó como un relámpago con el 2025. Los colores sepia provocados por la tormenta de arena transformaron las calles de la ciudad en un set de cualquier película de Hollywood sobre la mítica frontera.

Según el Dr. Ricardo Vigueras, en las industrias culturales se suele hablar de Juárez en grandes obras de literatura o en el cine, pero distingue entre dos formas: la literatura juarense, caracterizada porque son juarenses quienes hablan de Juárez y lo describen desde sus vivencias, y, por otro lado, la literatura juárica, escrita por quienes no viven aquí pero intentan retratar la realidad de nuestra ciudad. En ambos casos, hay un esfuerzo por dejar testimonio de lo que significa el complejo entramado de millones de alientos que se entrecruzan por estas calles.

Entre los más y los menos, recuerdo el pasaje del libro Más cornadas da el hambre, cuando los protagonistas pisan la frontera y se ven envueltos en un pleito en alguna cantina del centro, o el pasaje de la novela 2666 de Roberto Bolaño. También están las referencias de la icónica serie Breaking Bad, donde se menciona el famoso Cártel de Juárez, como ocurre en tantas otras series estadounidenses, como Narcos. Además del constante referente al crimen organizado, también hay un argumento recurrente sobre los feminicidios, como en la película de Jennifer López, Ciudad del silencio, que es precisamente un ejemplo de la pantalla en sepia con la que se identifica a la frontera. En Spotify, la serie Olvidadas: Las muertas de Juárez ofrece un trabajo documental muy interesante sobre el tema.

Algunas personas se molestan porque estas versiones de la vida juarense están llenas de estereotipos: el narcotráfico, la trata de personas, los feminicidios, la violencia. Discuten para evitar esas imágenes en la representación de Ciudad Juárez e, incluso, agregan que la frontera es más que lo malo. En un afán por defender a la ciudad, dicen frases como "Juárez es más que eso" y enlistan sus bondades: el arduo trabajo en la industria, la solidaridad de la gente y el liberalismo de una sociedad que no suele juzgar a nadie.

Pero tan válido es decir lo que se ve como decir lo que se quisiera ver. No hay pecado en describir una realidad que, aunque no nos guste, ahí está y no se puede ocultar. Y sí, como en todo, se tiende a exagerar o, en ocasiones, a distorsionar la realidad; es parte del show business. Finalmente, hay que vender, y la tragedia, querámoslo o no, es un atractivo producto para la industria del entretenimiento. A la gente le gusta ver el infierno, imaginarlo, sufrirlo y, después, abrazar su vida con más fuerza, para darle sentido a tantas vidas vacías que se consumen en las grandes ciudades, deambulando entre oficinas y tiendas. Asomarse a la epopeya de Juárez, para muchos, es un remanso que les sirve para pensar que hay un lugar peor que aquel en el que están. Esto es un simple reflejo humano.

Si no nos gusta que nos vean así, entonces, ¿cómo queremos que nos vean? Los gobernantes responderían que se vea a una frontera económicamente activa, la tierra prometida, la segunda oportunidad del "sueño americano". Los empresarios dirán que Juárez es ideal para la inversión: competitiva, dinámica, con mano de obra calificada y una situación geográfica inmejorable. ¿Y las víctimas? ¿Qué dirán las miles de víctimas de la violencia? Seguramente querrán que su historia también se cuente, que se sepa que aquí la impunidad se arrastra por las avenidas. Y así, cada quien responderá desde el crisol desde donde ve a Juárez.

Lo he dicho en ocasiones anteriores: no hay un solo Juárez, hay muchos Juárez. Está el del Centro, el más viejo, pero también el Juárez de Anapra o de Riberas del Bravo, de la Montada o de los Kilómetros. También están los lunares de abundancia en Campestre o Campos Elíseos, flanqueados por los nuevos barrios bravos de Las Torres. Así, fragmentado, esto que llamamos Juárez tiene una pluralidad de formas de expresión, muchas de ellas antagónicas, con culturas contradictorias, y por eso es una ciudad cosmopolita.

Bien se puede descubrir la realidad de Juárez con el asesinato de una joven holandesa, que fue el motivo para que Arsène Van Nierop escribiera Un grito de socorro desde Juárez. Crónica de un asesinato impune, o bien, ver algún video en TikTok del creador de contenido Unique Hunter y la cruda narrativa sobre la vida en Las Torres, con sus personajes principales Juanito, Tony Adame o Juan Bélico. Desde adentro o desde afuera, la realidad, al final de cuentas, es la misma.

En color sepia, con tonos en gris, en naranja o, de plano, en un café opaco, Juárez es ese lugar donde la vida y la muerte se sientan a comer un burrito todos los días. Pero por un día nublado o con tormenta de arena, hay dos de un sol resplandeciente: solo hay que esperar la primavera.

¿Yo cómo veo a Juárez? No hay mejor forma de describirlo que con un fragmento de un poema titulado La Rosa de los Vientos, del bardo de la Chaveña, Armando Borjón Parga, que tanto admiraba mi papá y que se aprendió de memoria para declamarlo hasta el cansancio. Todavía recuerdo su voz cuando recitaba esta octavilla:

"Juárez, mi tierra querida,

eres Rosa de los Vientos,

eres tierra prometida

y de México el principio.

Tú diste fiel acogida

y brindaste tu alimento

al Dorado, al Apóstol,

al Soldado y al Patricio."

Eso es Juárez.