Las palabras que usamos en nuestro lenguaje verbal pueden tendernos jugarretas que con frecuencia nos llevan a confusiones. En este sentido, la semana pasada platicábamos, la importancia de conocer la tenue línea entre los conceptos inherentes a ellas para que las utilicemos de manera apropiada en la cotidianidad. Ya decíamos que no es lo mismo hablar de urbe que de ciudad, porque urbe se refiere a las calles, edificios, infraestructura, es decir, al plano tangible, mientras que cuando hacemos referencia a la ciudad estamos hablando de las personas que viven en ese escenario, por decirlo de alguna manera, que es la urbe: de aquí viene la palabra urbanizar, es decir, construir el “escenario” que será utilizado por los actores sociales, los ciudadanos, de la mejor manera que las cualidades físicas y espaciales le permitan.
Por eso a algunos se nos escucha decir que aquí en Ciudad Juárez se urbaniza mucho, pero no se hace ciudad, ya que los protagonistas de todos estos espacios, los ciudadanos, son ajenos y en la mayoría de los casos quedan excluidos a causa de esa materialidad: la construcción, pública o privada, que no está hecha el disfrute de todos. Y no se trata solo de la obra financiada por recursos públicos, sino también de la obra privada, porque muchas veces gira en nuestra cabeza la idea de que siendo costeadas por capital privado, no se tiene responsabilidad de responder respecto al beneficio social y urbano a la que por obligación debe someterse. Se olvida que finalmente el suelo, la tierra que usufructúa, es de la ciudad y, por tanto, de todos, aunque por ella se haya pagado una cantidad. Lo cierto es que la explotación de la propiedad privada tiene límites y el ayuntamiento, encargado de la administración del suelo, debe ser quien vele de que sea utilizado con esa función social, y no simplemente sea urbanizado. Debe hacer ciudad.
Pero hay otro par de conceptos interesantes que también solemos utilizar como sinónimos: se trata de condiciones de vida y calidad de vida. ¿Cuántas veces hemos escuchado que con vivir en tal o cual fraccionamiento tendremos mejor calidad de vida? Aquí la diferencia entre ambos conceptos tampoco es tan tenue. De manera general, hablar de condiciones de vida hace referencia a cuestiones cuantitativas, es decir, medible a través de indicadores útiles para establecer cómo viven las personas en un lugar y momento determinado. En cambio, hablar de calidad de vida es hablar de términos cualitativos, es darle la importancia que merece al grado de satisfacción y ¿por qué no? de la felicidad que las personas tienen en cuanto le conduzcan a su desarrollo integral. De manera llana sí se trata de lo físico, pero no solo de eso, también de lo espiritual.
Por eso, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, calidad de vida es la percepción que un individuo tiene de su lugar en la existencia y del sistema de valores en los que vive en relación con sus objetivos, sus expectativas y sus inquietudes. Esto por sí mismo ya es fuerte, porque enfrenta el cómo vivo con el cómo quisiera vivir. Y peor nos va si hacemos caso a Setién, ya que traspasa el plano de lo individual con lo comunitario al decir que se trata de “el grado que una sociedad posibilita la satisfacción de las necesidades materiales y NO MATERIALES de los miembros que la componen … es el sentimiento subjetivo de la satisfacción de los deseos. La clave de la calidad de vida se halla en la capacidad de control de las propias condiciones en las que se vive, es decir, en la posibilidad de decidir cómo, dónde y por qué se vive como se vive”.
En los informes de gobierno se nos habla de condiciones de vida y dicen maravillas: los porcentajes de calles pavimentadas, de casas que tienen servicio de agua potable, etc. y no tanto de calidad de vida. Es importante, sí, pero ¿No sería mejor que nos preguntaran qué tan satisfechos estamos de acuerdo a nuestras expectativas?: que no nos digas cuántos policías y guardias nacionales hay, mejor pregunten qué tan seguros nos sentimos; que no me digan cuántas calles pavimentadas hay, mejor pregunten en qué condiciones y dónde están; tampoco nos digan cuántas viviendas tienen agua potable, mejor permite que te digamos si llega limpia a mi casa y si dispongo de ella todos los días o solo a ratos; tampoco me hables de que hay drenaje sanitario si las aguas negras corren por las calles; menos nos digas que tenemos transporte público cuando hay vastas zonas alejadas de él.
Pregunte si queremos que el dinero público se gaste en un centro de convenciones para que se beneficien algunos cuantos, o en un museo de Juan Gabriel al que se debe pagar $370.00 por entrar. Por eso ¿qué pasa cuando la obra pública no nos beneficia ni nos da calidad de vida?