Sin duda, el tema de la seguridad es uno de los prioritarios para cualquier gobierno. Durante su discurso ante el Congreso de Venezuela en 1819, Simón Bolívar pronunció una frase que sigue vigente hasta nuestros días: “El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política.” Evidentemente, al mencionar “seguridad social”, no se refería solo al ámbito militar, sino también a la protección de la vida, la propiedad y los derechos.

En 2018, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador recibió un México con un modelo de seguridad fallido y fue necesario hacer un alto en el camino y establecer una estrategia de seguridad distinta, aún sabiendo que los resultados tardarían en llegar. Cuando el país está totalmente extraviado, es necesario reencontrar el camino desde las causas estructurales, sembrar ahora para cosechar en el futuro. Los hechos violentos no van a desaparecer de la noche a la mañana.

El asesinato del presidente municipal de Uruapan Carlos Manzo, nos recuerda que la violencia en México tiene raíces profundas. Esto no comenzó ayer, ni podemos endilgar un asesinato a un solo gobierno. Durante décadas se dejó de atender las causas y hoy estamos viviendo la herencia de descomposición institucional que debemos seguir enfrentando con decisión, pero para ello es necesario alejarnos del oportunismo político que pretende culpar a aquellos que están resolviendo los problemas. Resulta paradójico que quienes en el pasado ignoraron las causas de la violencia, hoy busquen culpar a quienes trabajan por resolverlas.

Ahora bien, el gobierno de la Cuarta Transformación tiene hoy la responsabilidad, y la está enfrentando con estrategias claras y definidas que atienden las causas estructurales de la violencia. Además del uso de la fuerza pública, se aborda el origen social, económico y político del problema, porque la violencia, en muchos casos, suele tener su raíz en el abandono del pueblo, la corrupción y la desigualdad. Ahora bien, debemos reconocer que ningún nivel de gobierno puede enfrentar el reto de la seguridad solo. La tragedia de Uruapan demuestra la necesidad de fortalecer la coordinación entre las autoridades municipales, estatales y federales.

En la etapa neoliberal se afianzó la narrativa de que de nada servía denunciar los delitos, debido a una estructura judicial que privilegiaba a los sectores con más recursos. Eso generó una cultura de no denuncia bajo la lógica de, “al cabo no pasa nada”. Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre la Seguridad Pública 2024 (ENVIPE), solo seis de cada cien delitos llegan al conocimiento de la autoridad. Esto refuerza la idea de que la violencia se alimenta de la impunidad y, sobre todo, de la desconfianza en las instituciones.

Otro factor es la desigualdad y la exclusión educativa y laboral. A pesar de los avances, según el INEGI, 6.1 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años permanecen al margen de oportunidades laborales y educativas. Incluso para los más críticos del régimen, es evidente que estos jóvenes representan uno de los segmentos poblacionales más vulnerables a la cooptación del crimen organizado.

Adicionalmente, el año pasado se registraron 253 mil carpetas de investigación por violencia familiar. Este deterioro comunitario y de valores afecta directamente la propensión de los miembros de estas familias a desarrollar conductas delictivas. Aclaro que esto no significa que todas las personas que viven en un entorno familiar disfuncional terminen siendo delincuentes, pero es un hecho que la seguridad depende del bienestar emocional, educativo y comunitario.

Cambiar la inercia de tantos años suele ser un ejercicio duro y de resistencia. Sin embargo, los resultados del cambio de estrategia han comenzado a sentirse entre la población. Según Mitofsky, en septiembre de 2024, el 52% de los mexicanos considera que la estrategia de seguridad va por buen camino. Esto no significa que el problema esté resuelto, pero sí que estamos avanzando en el camino correcto. Toda muerte es lamentable. La oposición no debe ver un asesinato como un botín político, sino como un momento para reflexionar y comprometerse a trabajar por México.

La inseguridad en nuestro país no nace de la pobreza, sino del abandono del gobierno, de la impunidad y de la corrupción. La muerte de Carlos Manzo nos recuerda que no debemos ver la violencia desde la óptica de un partido ni de una ideología, sino como el resultado de años de descomposición que hoy el gobierno de Claudia Sheinbaum está asumiendo con decisión y sentido de Estado. La paz solo será posible cuando cada nivel de gobierno asuma su parte en la reconstrucción del Estado mexicano.