Opinión
Domingo 26 Oct 2025, 06:10
OPINIÓN
Ulises y “El Onagro”, juego con fuego del corralato
Las más aventuradas versiones entre los panistas de Ciudad Juárez apuntan que Acción Nacional parece decidido a rendir la plaza más grande del estado a favor de Morena. Abiertamente lo dicen basados en la conducción del albiazul y los números en poder de quienes miden las preferencias electorales
La Columna de El Diario
Las más aventuradas versiones entre los panistas de Ciudad Juárez apuntan que Acción Nacional parece decidido a rendir la plaza más grande del estado a favor de Morena. Abiertamente lo dicen basados en la conducción del albiazul y los números en poder de quienes miden las preferencias electorales.
Las encuestas más recientes que circulan entre los militantes no dejan espacio para el autoengaño ni para festejar. Si hoy fueran las elecciones, el partido de la 4T levantaría más del 50 por ciento de los sufragios, mientras que el PAN apenas alcanzaría un 23-24 por ciento, una caída de 20 puntos respecto de sus mejores momentos recientes.
El PRI, con menos del seis por ciento y Movimiento Ciudadano con un cinco por ciento, apenas rascan los márgenes de la competencia. El 13 por ciento de indecisos no alcanzaría, ni de lejos, para revertir la tendencia.
El escenario es devastador para un partido que alguna vez disputó con vigor la conducción del municipio y que hoy parece desfondado por su propia dirigencia a nivel local, con todo y el extraordinario esfuerzo e inversión proveniente del gobierno estatal hacia la ciudad.
La designación por unidad en el Comité Directivo Municipal del PAN en Juárez, que trajo a Ulises Enrique Pacheco como presidente, parecía al inicio una oportunidad para recomponer el rumbo, oxigenar estructuras o al menos tender puentes entre las distintas corrientes azules.
Sin embargo, los primeros movimientos del nuevo dirigente han confirmado el peor de los presagios: el regreso en bloque del corralato a las posiciones de mando, pese a la evidente incongruencia que ello representa.
Pacheco Rodríguez, conocido por su cercanía con el exgobernador Javier Corral Jurado, ha reincorporado al equipo municipal a figuras que representan el ala más controvertida del panismo reciente.
El nombramiento del exconsejero estatal del corralato, Jorge Alberto Espinoza Cortés, como coordinador jurídico del comité, fue la chispa que encendió la indignación entre militantes y exdirigentes locales.
Espinoza no solo fue uno de los hombres de mayor confianza de Corral, sino también su jefe del despacho jurídico en Palacio de Gobierno y un actor central en los conflictos políticos y mediáticos que marcaron su administración. Todos fueron sonoro fracaso en lo jurídico y en lo político, a pesar de la gran maquinaria publicitaria aceitada por Corral Jurado.
En los corrillos del PAN, además, algunos aventuran que Espinoza sigue siendo parte del círculo informal de asesores que acompaña a Corral en su nueva vida como morenista en el Senado de la República, una versión de la que no existe evidencia, pero tampoco hay indicios de que sea totalmente falsa. Como suele decir el propio Corral: no hay pruebas pero tampoco hay dudas.
De ser así, el nuevo comité municipal estaría dejando el control jurídico del partido en manos de quien hoy colabora, directa o indirectamente, no con un morenista de los que encabeza las preferencias en la frontera, sino de un traidor con acusaciones graves de corrupción en Chihuahua, el estado que dejó en ruinas peores a las que encontró en 2016.
El cuadro se completa con rumores cada vez más insistentes sobre la eventual metida de manos en terrenos panistas de Leticia Corral Jurado, la exvicegobernadora, que mantiene su militancia en el PAN (así aparece junto con otra hermana del exgobernador en el padrón oficial).
¿Por qué el PAN -manejado tanto desde el Comité Directivo Estatal como desde el Palacio de Gobierno- permite o incluso impulsa esta recomposición interna que fortalece a sus antiguos adversarios dentro del mismo partido?
A la vista de los números, la respuesta parece obvia para esos panistas que observan la entrega de la plaza; por eso dicen que Morena no necesita esforzarse demasiado, el PAN está haciendo el trabajo a su favor.
Mientras el partido guinda mantiene una base electoral sólida, con la delegada de Bienestar, Mayra Chávez Jiménez, como ansiosa beneficiaria de esa fortaleza y el 37 por ciento de las preferencias internas, el PAN se hunde en disputas de nombres y nostalgias.
Nomás de ejemplo, las encuestas que se publicitan entre panistas apuntan a la dirigente estatal, Daniela Álvarez, como puntera en las preferencias con la mitad de la intención de voto, pero dejan fuera a quien se perfila como el candidato de la unidad panista, Sergio Nevárez, director de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento, que tendrá eventazo “político” esta semana con su informe en el gimnasio del Colegio de Bachilleres.
Es más, en la interna albiazul, hay quienes insisten a medir a Rogelio Loya o a Ramón Galindo, dos cartuchos que no pueden estar más quemados, como posibles candidatos, ante la inoperancia de las dirigencias estatal y municipal, por más reestructura que presuman.
Eso se traduce en una nula proyección electoral competitiva frente a Morena. Es decir, el PAN juarense se enreda, se ata a sí mismo, con decisiones que al menos no han sido bien explicadas por su dirigencia y mucho menos bien comprendidas entre su militancia.
Así, mientras los panistas discuten quién encabeza las ruinas, los votantes se mueven en otra dirección. Las cifras de las encuestas muestran que, a lo largo de los últimos meses, Morena ha mantenido su ventaja prácticamente intacta, mientras el PAN no sólo no crece, sino que pierde identidad y rumbo.
El problema no es sólo de números, es de conducción, de estrategia, de visión, que lleva a la instalación de dirigencias sin brújula ni rumbo, sin capacidad de dirigir siquiera un proceso de selección de aspirantes.
En la frontera, el partido que alguna vez fue sinónimo de oposición valiente y ética pública parece hoy atrapado entre los resentimientos del pasado y la falta de propósito. La dirigencia estatal prefiere mirar hacia otro lado, como si Juárez no existiera o como si el costo político de perder la ciudad ya estuviera asumido de antemano.
Las bases panistas, que ven cómo su comité municipal se llena nuevamente de rostros ligados al corralismo, lo interpretan como una señal inequívoca de rendición. “Nos están entregando”, es la frase que repiten esos panistas más críticos y ácidos en las reuniones internas y las mesas de café. Y nadie lo desmiente.
En contraparte, en visiones más equilibradas que se niegan a aceptar la tesis de la entrega anticipada de la plaza, hablan de un acuerdo altamente pragmático para dejar la dirigencia municipal no en manos del corralato ni en la de sus residuos, sino bajo la responsabilidad de panistas que sienten, antes que nada, la obligación de entregar mejores cuentas que en el pasado.
Sí, sí juega el PAN con el fuego del corralato, pero bajo una posible negociación con el grupo panista en el poder, para hacer realidad eso de su relanzamiento, con la meta cierta no de ganar, pero al menos achicar la brecha que lo separa de Morena en la frontera, como parte de su estrategia para retener la gubernatura.
Bajo esa lógica matemática, sumar a todos panistas aunque tengan la marca de los fracasos del corralato y las sospechas de su traición, es tarea necesaria para salir a competir en unidad. Pero a ver si esa alianza no sale peor que la fraguada con el PRI y el PRD, ambos en el bote de la basura política.
De cualquier forma, si en 2024 el candidato del PAN, Rogelio Loya, fue derrotado tres a uno por Cruz Pérez Cuéllar, en 2027, de no revertir la tendencia, la diferencia podría ser aún más abrumadora. Pero no hay estructura, no hay discurso, no hay territorio; lo que hay es confusión, desánimo y la sensación de que el partido azul en Juárez ha sido condenado a la irrelevancia desde adentro.
La gran ironía es que, mientras un corrupto como Corral se reinventa bajo las siglas de Morena, su antiguo equipo recupera espacios dentro del PAN juarense. Y así, un partido gobernante que se deja infiltrar por su exgobernador opositor, mientras entrega la plaza electoral más importante del estado, no sólo pierde elecciones, pierde todo el sentido.
El PAN de Juárez -el de los años heroicos, el de la oposición municipal que marcó época- ya no está. En su lugar queda un cascarón burocrático administrado por supuestos leales del pasado, incapaz de inspirar a los ciudadanos y de ofrecer una alternativa real frente al poder morenista.
Y la pregunta que debería sacudir a las dirigencias del PAN es esta: ¿qué tanto más van a permitir que su propio partido en Juárez se siga hundiendo, mientras los corralistas -o excorralistas, haciéndoles justicia a quienes aseguran ya no ser de ese equipo- vuelven a tomar el timón con permiso y firma oficial?
Porque las encuestas, los nombramientos y el silencio cómplice dicen que Acción Nacional no está compitiendo. Está entregando. Y lo hace, además, con una sonrisa y entre abrazos de sus mandos regalándose posiciones.