Dicen que un pueblo que olvida su pasado está condenado a repetirlo. Yo creo que, en el caso de Ciudad Juárez, el problema es todavía más grave; ni siquiera necesitamos repetir nada, porque en muchos casos hemos borrado las huellas de lo que fuimos. A veces pienso que caminamos por la ciudad sin darnos cuenta que en cada esquina hay una historia que se desmorona, un recuerdo cubierto de polvo, un fantasma de lo que alguna vez significó algo.

Pasé por la Av. 16 de Septiembre hace unos días y me quedé viendo lo que queda del Cine Victoria. Hoy se ve como una ruina maquillada, pintado por fuera para guardar las apariencias, pero destrozado por dentro. La ironía es inevitable, en ese mismo lugar estuvo, casi un siglo antes, la casa de Inocente Ochoa, donde Benito Juárez se hospedó durante la resistencia contra la invasión francesa. ¿Y qué tenemos hoy? Un edificio vacío, desmoronado, que solo nos recuerda lo que no supimos conservar.

Casi enfrente, el Mercado Juárez es otro testigo moribundo de nuestra falta de memoria. Inaugurado a mediados de los años cuarenta, fue un espacio vibrante, lleno de turistas y comerciantes. Era un símbolo de la vida urbana, un lugar de encuentro. Hoy, en cambio, es un cascarón pintarrajeado con grafiti, con techos que se caen, puertas arrancadas y locales abandonados. ¿No le parece cruel que lo que alguna vez fue orgullo de la ciudad ahora luzca como un cadáver urbano, olvidado en pleno centro?

Y ni hablar de la Plaza de Toros Monumental. ¿Se acuerda? Fue inaugurada el primero de septiembre de 1957 y se convirtió en un espacio icónico para muchos juarenses. En 2006 la demolieron, no para hacer un hospital, ni un centro cultural, ni una universidad, sino para levantar un Walmart. ¿Qué dice de nosotros como sociedad el hecho de que una multinacional tenga más valor que un espacio de identidad colectiva? ¿En qué momento decidimos que nuestro pasado podía venderse tan barato?

El Monumento Conmemorativo de El Chamizal es otro ejemplo de cómo el descuido mata lentamente la memoria. Ese monumento no solo celebra un acuerdo territorial que duró más de un siglo; también es un símbolo de lo que significa vivir en una ciudad fronteriza, con historias compartidas con El Paso, Texas. Pero vaya usted hoy y lo que encontrará es un sitio en abandono, marcado por la suciedad, entre orines y heces fecales.

Cuando camino por estas calles y veo estos lugares, me entra la duda: ¿somos una ciudad sin memoria o una ciudad que elige olvidar? Tal vez nos hemos acostumbrado tanto a la modernidad apresurada, a la lógica del negocio rápido, que ya no nos importa lo que se pierde en el camino. Nos tragamos el discurso del progreso y aceptamos sin cuestionar que, para avanzar, había que destruir lo que nos daba identidad.

Me pregunto qué pensará un niño que crece en Juárez hoy. ¿Qué relatos le contamos de su ciudad? ¿Le hablamos de que aquí se refugió Benito Juárez, de que hubo un mercado que fue punto de encuentro, de que en el Chamizal se resolvió una disputa histórica? ¿O solo le mostramos los logos luminosos de las franquicias, las plazas comerciales idénticas entre sí, como si no existiera nada detrás de ellas?

Yo no digo que todo tiempo pasado fue mejor, pero sí creo que todo tiempo pasado merece memoria. Los edificios no son solo ladrillos, son símbolos. El problema es que en Juárez preferimos derribarlos, dejarlos morir, o taparlos con pintura barata. Y así vamos borrando poco a poco los capítulos que nos daban sentido como comunidad.

Quizá algún día nos demos cuenta de que cuidar el pasado también es una forma de construir futuro. Mientras tanto, seguimos caminando entre ruinas que nadie quiere ver, rodeados de fantasmas que nos recuerdan que, en esta ciudad, el olvido no es accidente sino costumbre.