A inicios de la semana que concluye, tuve la oportunidad de estar de nueva cuenta en la capital de la República, la Ciudad de México, donde entre otras cosas, pude presenciar tanto la celebración del Grito de Independencia como el tradicional desfile militar que caracteriza cada 16 de septiembre en nuestro país. Me congratula el hecho de saber que asistí a un acontecimiento histórico en el cual por primera vez el insigne grito fue en voz de una mujer, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, la primera presidenta que ha tenido esta rica y compleja nación. La algarabía, el sentimiento y la identidad con nuestras raíces y nuestra historia son aspectos que se hacen presentes desde que comienzan los preparativos para tales eventos patrios y que desembocan con gran efervescencia en las calles del mítico Centro Histórico de aquella emblemática urbe.

Y a propósito de calles, ha sido precisamente esto lo que finalmente estimuló la presente reflexión, particularmente en relación o comparación con nuestra ciudad. Hace ya varios años que suelo visitar con frecuencia relativa la capital del país hasta tal punto que amistades y familiares me preguntan por qué me gusta tanto viajar a aquella metrópoli, dada también cierta fama que tiene en el aspecto de la inseguridad pública. Desde luego una respuesta a tal pregunta puede tener muchos matices de carácter cultural, económico y hasta político, pues la Ciudad de México como uno de los principales centros urbanos de América Latina y del mundo ostenta una gran oferta experiencial. Esto es, que las personas que hemos tenido la oportunidad de visitar la capital del país damos cuenta de una infinidad de posibilidades de todo tipo en cuanto a las actividades que se pueden llevar a cabo. Desde el consumo de unos exquisitos tacos callejeros o un delicioso platillo en alguna fonda o restaurante especializado en comida mexicana o extranjera hasta el disfrute de algún magno evento cultural deportivo, artístico, literario, etc.

Sin embargo, mi respuesta ante tal pregunta deja de lado todo ese cúmulo de posibles experiencias y se remite a la sola posibilidad de caminar la ciudad. Y es que el hecho de caminar la ciudad tiene un significado muy amplio que no sólo se circunscribe a la actividad física favorable a la salud, sino que además conlleva la experiencia del llamado “goce estético” que se manifiesta en la satisfacción emocional derivada de la contemplación de la belleza urbana que distingue sino todas, sí muchas de las zonas o alcaldías de la gran ciudad.

Ese disfrute urbano experimentado al caminar me hizo pensar también en lo que ese solo acto humano de transitar por las amplias y seguras veredas implica en términos de apropiarse del espacio y, por lo tanto, identificarse con la ciudad. Poder caminar la ciudad donde uno habita es un triunfo de la civilidad, una manifestación de seguridad y un derecho humano. Esto debe comenzar por las propias colonias, dando el ejemplo aquellas que ya tienen un sello histórico, es decir, esas colonias donde comenzó a construirse y significarse nuestra fronteriza Ciudad Juárez. Empezar por nuestro centro histórico sí, pero también por las colonias aledañas, embelleciéndolas y mejorando su infraestructura. Así hasta llegar a la última colonia que se ha formado en esta distintiva urbe norteña, la principal o más importante del estado de Chihuahua.

De la misma manera, caminar como expresión de apropiación ciudadana del espacio público corresponde también al reconocimiento de nuestra responsabilidad como ciudadanas y ciudadanos, haciendo cada uno y una lo propio al exterior de nuestros hogares, ahí en nuestras calles, manteniendo en buenas condiciones las banquetas de tal manera que estás siempre sean disponibles para caminarlas. Cuidar nuestras calles y baquetas también representa un acto simbólico de civilidad, de civismo.

No podemos ni creo debemos conformarnos con espacios cerrados a manera de residenciales que toman forma de las antiguas ciudades amuralladas, solo accesibles para ciertos sectores sociales y que dejaban fuera a los menos aventajados socioestructuralmente. Hoy desde luego ya hemos superado aquellos tiempos y los espacios urbanos deben ser abiertos y disponibles para su apropiación ciudadana sin distinción. Hagamos pues posible el derecho a caminar esta noble urbe fronteriza, lleva de vitalidad e inyectemos en sus calles nuestro amor y respeto por ella. Juárez es una ciudad histórica política y culturalmente, y cada una de sus veredas debe manifestarlo.