Quizá estaría fuera de lugar reprocharle al cineasta Luis Estrada que su serie no le llegó a la novela “Las muertas” de Jorge Ibargüengoitia, del mismo nombre, en la que se basó. Se ha convertido en un lugar común decir que las películas y ahora las series se aprecian pequeñas cuando se les compara con las obras de las que toman su asidero. Pero lo cierto es que llevar al cine o a las plataformas libros de manos maestras es todo un desafío para los directores. Así ha sido siempre y no nos espantemos cuando se afirma que muy escasos cineastas han logrado la hazaña de cuando menos empatar en calidad el texto que deciden llevar a la pantalla.

La tarea que el exitoso director de “El infierno” y “La dictadura perfecta” se echó a cuestas no es menor. Publicado en 1977, el libro de “Las muertas” se monta en una de las problemáticas que más ha lacerado a este país. Ambientada en los inicios de los sesenta del siglo XX, tal vez a medio camino entre la novela policiaca y la crónica, arroja al lector un relato sobre lo que hoy llamamos “trata de blancas”, “feminicidios” y demás categorías de tal índole, concentrado en un caso que la opinión pública de ese entonces conoció como la historia de “Las Poquianchis”. Podría decirse que, en su libro, Ibargüengoitia se anticipa al cementerio en el que México se iba a convertir, no muchos lustros después, en el ámbito de la violencia extrema en contra de las mujeres. Cementerios por los que ciertas regiones del país fueron conocidas por el mundo como los grandes epicentros de esa violencia. Ciudad Juárez, nuestra ciudad, entre ellos.

No hay que olvidar que Ibargüengoitia fue un escritor que hacía del humor y la ironía algunos de sus ejes programáticos, pero era un humor muy peculiar el suyo. Tal vez no sea el humor fácil y un tanto grotesco como el que se muestra en la serie, sino un humor más soterrado, o si se quiere, más gris. De igual forma, la ironía de Ibargüengoitia era una ironía más tenue, que es la que quizá, atrae más a sus lectores. No se trata, pues, de la ironía que se intenta mostrar ahora en la pantalla. Una ironía tan explicitada que, como tal, se desmorona.

Armado de esa ironía y con el talento literario que lo caracterizaba, Jorge Ibargüengoitia, un buen día, decidió empezar a escribir hace más de cincuenta años, un texto sobre un acontecimiento que llamó la atención de todo México. Se trataba de hechos propios de la nota roja de ese tiempo. La famosa “Alarma” y medios similares le sacaban el mayor provecho al caso de “Las Poquianchis”. Ellas eran las hermanas Delfina, María de Jesús, María del Carmen y María Luisa González Valenzuela. Administradoras de burdeles, reclutaban a mujeres con engaños y las obligaban a ejercer la prostitución bajo las peores condiciones. Un día una de las mujeres logra escapar y así, el caso que cimbró a México se descubre. A partir de ahí empiezan a surgir los detalles de la victimización de la que eran objeto. Al mismo tiempo y en paralelo a los datos fácticos, se comienza a erigir la leyenda de “Las Poquianchis”.

Uno de los aspectos más tristes de la investigación es el descubrimiento de una fosa clandestina, en uno de los burdeles principales, “La Barca de Oro”. Ochenta cadáveres de mujeres fueron encontrados. La dimensión de la tragedia orquestada por “Las Poquianchis” se daba a conocer al mundo.

Seis años después de la publicación de su novela “Las muertas”, Jorge Ibargüengoitia muere en un avionazo, cerca de Madrid. Se ha considerado que el proceso de creación de esta novela fue el más extenso y tortuoso de su trayectoria como escritor, así lo señala el profesor Alejandro Lámbarry en su texto “Manuscritos, inéditos, cuadernos y correspondencia: la creación de ‘Las Muertas’ de Jorge Ibargüengoitia”: “A diferencia de sus otras novelas, cuya redacción tomó de uno a tres años como máximo, Las muertas cuenta al menos con cuatro borradores en un periodo de escritura de trece años”.

¿Qué diría el maestro Ibargüengoitia de la serie? ¿La pasaría también por el tamiz de su fina ironía?