No todas las ciudades construyen su riqueza de la misma manera. Algunas dependen de la abundancia de recursos naturales; otras encuentran su fortaleza en la inversión, la infraestructura o el tamaño de su mercado. Sin embargo, la verdadera diferencia entre unas ciudades y otras no suele encontrarse en aquello que poseen, sino en lo que han aprendido a construir con el paso del tiempo. Esa riqueza se expresa en las capacidades que una sociedad desarrolla colectivamente para enfrentar nuevos desafíos, adaptarse a los cambios y generar oportunidades para las siguientes generaciones. Las ciudades también aprenden. Aprenden cuando enfrentan retos, cuando incorporan nuevas tecnologías, cuando desarrollan talento, cuando fortalecen sus instituciones y cuando encuentran formas de colaborar para resolver problemas comunes. Con el tiempo, ese aprendizaje deja de ser una experiencia aislada y se convierte en una capacidad compartida que impulsa el desarrollo económico.
Quizá por ello ha llegado el momento de ampliar la manera en que entendemos la competitividad. Durante muchos años hemos asociado el progreso con la llegada de nuevas inversiones, la construcción de infraestructura o el crecimiento del empleo. Todos estos factores siguen siendo indispensables. Pero la verdadera diferencia entre una ciudad que crece y una que logra transformarse radica en su capacidad para convertir esas oportunidades en conocimiento, confianza, innovación y cooperación. En otras palabras, en su capacidad para generar valor público.
Ciudad Juárez constituye un ejemplo extraordinario de este proceso. Durante más de cinco décadas ha construido capacidades que hoy forman parte de su patrimonio colectivo. Aprendió a integrarse a las cadenas globales de suministro. Aprendió manufactura avanzada, logística internacional, procesos de calidad, automatización y desarrollo de talento especializado. También fortaleció universidades, organismos empresariales, instituciones y redes de colaboración que hoy forman parte de su identidad económica. Nada de ello ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de miles de decisiones tomadas por trabajadores, empresas, instituciones educativas, organizaciones de la sociedad civil, organismos empresariales y gobiernos que, desde distintos ámbitos, contribuyeron a construir una ciudad cada vez más preparada para responder a nuevos desafíos.
Ese proceso tiene un enorme valor porque las capacidades no desaparecen cuando concluye una inversión o cambia un ciclo económico. Permanecen en las personas, en las organizaciones y en las instituciones. Se fortalecen con la experiencia, se transmiten entre generaciones y permiten que la ciudad continúe evolucionando. Un ingeniero que desarrolla una nueva solución para la industria incrementa la capacidad tecnológica del territorio. Una universidad que forma talento especializado fortalece la capacidad de innovación. Un organismo empresarial que promueve la colaboración y la construcción de acuerdos entre distintos sectores genera nuevas oportunidades de inversión. Una comunidad que participa activamente en la construcción de soluciones fortalece la confianza y el sentido de pertenencia.
Esa confianza genera valor público y, con el tiempo, se traduce en mayores oportunidades de desarrollo económico para toda la comunidad. Es precisamente en esa interacción donde comienza a construirse el valor público. Quizá por ello resulte urgente cambiar nuestra mirada sobre el desarrollo y comenzar a entender el valor de una economía del valor público, donde el crecimiento no solo se mide por la inversión, la infraestructura o los indicadores económicos, sino también por la capacidad de transformar el conocimiento, la colaboración, la confianza y el talento en beneficios compartidos para toda la sociedad. Ciudad Juárez ha construido durante décadas un patrimonio que va mucho más allá de sus parques industriales o de su ubicación geográfica. Ha desarrollado experiencia productiva, talento especializado, instituciones académicas, organismos empresariales sólidos, redes de colaboración y una notable capacidad para adaptarse a las transformaciones de la economía global. Todo ello constituye un conjunto de capacidades territoriales que hoy representan una de sus mayores fortalezas competitivas.
Quizá una de las preguntas más importantes para el futuro de nuestra ciudad ya no sea únicamente cuánta inversión logra atraer, sino qué nuevas capacidades está construyendo para afrontar los desafíos de las próximas décadas. Porque una economía que solo aprovecha sus ventajas termina por agotarlas; en cambio, una economía que fortalece permanentemente sus capacidades multiplica sus oportunidades. Al final, la riqueza más importante de una ciudad no siempre se encuentra en aquello que posee, sino en aquello que ha aprendido a hacer cada vez mejor. Cuando una comunidad transforma experiencia en conocimiento, conocimiento en colaboración y colaboración en oportunidades para las personas, comienza a generar valor público. Y cuando ese valor público se convierte en una capacidad permanente para mejorar la vida de sus ciudadanos, el desarrollo económico deja de ser únicamente una aspiración y se convierte en el patrimonio más valioso que una ciudad puede construir para su futuro.