Nadie parece dimensionar el tamaño de la deuda que México está acumulando, y endeudarse no necesariamente es malo. Un país puede hacerlo para construir infraestructura, elevar su productividad y generar crecimiento; el problema comienza cuando la deuda crece y la economía no, ahí está nuestra verdadera preocupación.

México mantiene una deuda pública cercana al 50% del PIB, mientras las expectativas de crecimiento para 2026 apenas rondan el 1%. No estamos ante una crisis de deuda, pero sí frente a una combinación que debería encender las alarmas: más obligaciones y muy poco crecimiento para sostenerlas. Moody’s acaba de bajar la calificación soberana de México a Baa3, seguimos teniendo grado de inversión, pero estamos en el último escalón antes del grado especulativo. Perderlo tendría consecuencias importantes: salida o reducción de inversiones institucionales, mayor percepción de riesgo y financiamiento más caro para el país, y una deuda más cara significa menos recursos disponibles para infraestructura, seguridad, salud y desarrollo económico.

En la frontera ya conocemos otra cara de esta debilidad, un dólar barato puede ser extraordinario para quien viaja al extranjero o compra productos importados, pero no necesariamente para una región exportadora. Pregúntenle a la maquiladora que cobra en dólares y paga buena parte de sus costos en pesos, pregúntenle al proveedor fronterizo que compite todos los días por mantener un contrato, nos está haciendo daño confundir consumo con prosperidad.

Vemos restaurantes llenos, aeropuertos con pasajeros y centros comerciales con actividad y suponemos que la economía está bien, pero una economía no se mide solamente por cuánto consume. Se mide por cuánto produce, invierte y construye para el futuro, y ¿Dónde está reflejada toda esta deuda? ¿En mejores carreteras? ¿Cruces fronterizos más eficientes? ¿Infraestructura energética? ¿Agua? ¿Logística? ¿Condiciones que hagan más competitiva a nuestra industria?

Porque endeudarse para crear capacidad productiva puede ser inversión, endeudarse sin generar crecimiento termina convirtiéndose simplemente en una carga. Si esta tendencia continúa, después de las elecciones intermedias de 2027 podríamos encontrarnos discutiendo cosas mucho más incómodas: menor crecimiento, mayores costos financieros y eventualmente una reforma fiscal más agresiva para aumentar la recaudación.

Los estados recibirán presión, los municipios también. Y entonces volveremos a escuchar la frase de siempre: “no hay dinero”.

Mientras tanto, ya comienza el derroche propio de las precampañas políticas. México todavía conserva fortalezas importantes y afirmar que estamos condenados a una crisis sería irresponsable, pero igualmente irresponsable sería ignorar las señales. Las crisis económicas no comienzan el día que todo se derrumba, comienzan mucho antes: cuando la deuda crece, la economía deja de crecer y todos preferimos pensar que no pasa nada.

México todavía está a tiempo de corregir, la pregunta es si lo hará antes de que el mercado termine obligándolo.