Nos encanta echarle la culpa al gobierno, que si no hay infraestructura, que si no hay incentivos, que si no hay seguridad, que si no hay visión, todo eso puede ser cierto. Pero hay una pregunta que muy pocos empresarios se atreven a hacerse frente al espejo: ¿y nosotros qué hemos hecho?
Porque el desarrollo económico de una región no sale únicamente de Palacio de Gobierno, sale de un empresariado fuerte, organizado, incómodo cuando tiene que ser incómodo y capaz de construir una agenda que trascienda los periodos electorales. Y hoy, seamos sinceros, eso no está pasando.
En la frontera estamos viviendo una crisis empresarial, no una crisis económica; una crisis de liderazgo, una crisis de visión, y sobre todo, una crisis de ego. Nos hemos convertido en expertos para organizar desayunos, conferencias, paneles, firmas de convenios, reconocimientos y sesiones de networking.
¿Y después qué? Porque una fotografía no genera empleos, un convenio sin seguimiento no cambia una ciudad, un aplauso no atrae inversiones, y un evento más no resuelve los problemas estructurales de la frontera, lo más preocupante es que ya normalizamos esa mediocridad. Nos conformamos con llenar agendas cuando deberíamos estar llenando proyectos, nos emocionamos con el cargo, pero nos olvidamos del propósito. Y eso explica por qué las cámaras empresariales dejaron de ser atractivas hace muchos años.
Hoy convencer a una empresa de afiliarse es cada vez más difícil, muchos empresarios ya no encuentran valor. Ven organismos donde participan los mismos de siempre. Cambian las personas, pero no cambia la forma de hacer las cosas.
Las cámaras nacieron para defender al empresario, para generar inteligencia económica, para capacitar, para impulsar iniciativas, para influir en las políticas públicas, para convertirse en un verdadero contrapeso del poder.
¿En qué momento cambiamos todo eso por administrar eventos? Porque esa es otra realidad que pocos quieren reconocer, las cámaras dejaron de producir ideas. Hace años que dejaron de generar estudios propios, dependemos del Inegi, del IMSS o de cualquier fuente oficial para saber qué está pasando con nuestra economía, no invertimos en investigación, no generamos observatorios, no construimos indicadores propios… y luego nos preguntamos por qué nadie nos consulta cuando se toman decisiones importantes.
La influencia se gana, no se presume. Mientras tanto, la política ocupó el espacio que el empresariado dejó vacío.
¿Y dónde quedó el empresariado? En muchos casos, sentado en la primera fila... aplaudiendo. Eso debería preocuparnos muchísimo, porque cuando el empresario deja de liderar, alguien más lidera por él.
El caso del Consejo Coordinador Empresarial es simplemente el reflejo de un problema mucho más profundo. Y mientras tanto, la ciudad sigue esperando una agenda seria de infraestructura, movilidad, agua, energía, innovación y diversificación económica. Pareciera que la prioridad ya no es construir ciudad, es ganar la siguiente elección interna.
Qué tragedia tan pequeña para una región con desafíos tan grandes. Las grandes regiones industriales del mundo no crecieron porque sus empresarios aprendieron a llevarse bien, crecieron porque entendieron que había algo mucho más importante que sus diferencias. Aquí seguimos creyendo que defender un organismo es defender al empresariado.
El problema es que dejamos de pensar como empresarios y empezamos a pensar como políticos, cuidando posiciones, construyendo grupos, midiendo fuerzas, haciendo campañas, buscando reflectores.
Y cuando eso ocurre, el empresario deja de representar al sector productivo y empieza a representar únicamente sus propios intereses, no es casualidad que cada vez haya menos empresarios dispuestos a participar, no es casualidad que las cámaras pierdan influencia, no es casualidad que los jóvenes no quieran involucrarse, no es casualidad que los gobiernos ya no sientan la necesidad de consultar al sector organizado.
Una ciudad no se empobrece únicamente cuando cierran empresas, también se empobrece cuando sus empresarios dejan de pensar en el bien común. No nos está derrotando el gobierno, nos está derrotando nuestra incapacidad para construir un proyecto colectivo y mientras sigamos creyendo que dirigir una cámara empresarial es un reconocimiento personal y no una responsabilidad histórica, seguiremos administrando la decadencia... mientras fingimos que estamos impulsando el desarrollo.