La salida de organismos del Consejo Coordinador Empresarial no fue un hecho repentino. Fue el desenlace de un desencanto que comenzó con el debate del Impuesto Sobre Nóminas (ISN) en el estado, cuando la unidad empresarial empezó a fracturarse.

En realidad, primero llegó la decepción. Los ánimos y la moral de sus integrantes se fueron desgastando conforme avanzaba el debate en torno al incremento del Impuesto Sobre Nóminas (ISN).

Después vinieron los desencuentros, los reclamos y el intercambio de culpas. La salida de algunos organismos fronterizos fue simplemente la consecuencia de un proceso que ya se había gestado desde tiempo atrás.

Aunque los desencuentros no siempre rondaron alrededor del ISN, era lo de menos para que hubiera pretextos y se diera lugar a las intrigas palaciegas. El dolor psicológico estaba ahí, esperando solamente el momento para subir a la superficie.

Hay que recordar que el aumento al ISN se aprobó para terminar de financiar el añejo proyecto del Centro de Convenciones en Juárez, -ya lleva más de 25 años de estira y afloja-, y no se trata de un asunto menor: la sobretasa permanecerá vigente durante diez largos años, es decir hasta el 2036.

En el sector industrial, algunas firmas importantes, pegaron el grito en el cielo, intentaron quejarse, pero el pleno del CCE ya había sido chamaqueado con la promesa de que tendrían voz y voto en la aprobación de obras que se van a realizar en los meses que vienen para Ciudad Juárez.

De hecho, todavía no terminaban de ponerse de acuerdo cuando el Congreso del Estado ya tenía todos los detalles para aprobar el incremento. Les pasaron por encima y se dieron cuenta ya muy tarde.

Hubo cierta disidencia, pero los operadores del “visto bueno” ya habían planchado todo.

Alguna voz, de una agrupación empresarial potente pero que no formaba parte del CCE, adelantó los hechos y dijo, con voz de profeta, que ya todo estaba arreglado y ni, aunque patalearan les iban a hacer caso. Así sucedió.

No obstante, esa queja, al interior de las agrupaciones, había un miedo a posibles represalias gubernamentales y una buena parte terminó por doblarse.

Sin embargo, las cosas no quedaron ahí. Obviamente que los actores de esta historia conocen muy bien quienes fueron los encargados de apaciguar las aguas, de controlar a la disidencia o la reacción. Son expertos empíricos, con cierto desprecio a la academia, la teoría, y la opinión ajena.

El punto central, pues, es observar cómo la base empresarial percibía el aumento del impuesto mientras su voz no era escuchada. Esa idea, aparentemente simple, terminó por minar el ánimo de muchos empresarios, al grado de convertirse en uno de los factores que explican la situación que hoy vive el organismo.

Pero no es ni ha sido todo. Los ánimos también se caldean por las fuertes luchas egocéntricas, muy propias de hombres que han acumulado poder en el ámbito económico. Nada distinto del político, del que tanto reniegan.

Un organismo empresarial es una élite por naturaleza, no se le puede negar su esencia. Pero debe tener claro que, y a quien representa, para no andar con conflictos existenciales en mal momento.

"Élite" no necesariamente tiene connotación negativa. Se refiere a un grupo relativamente pequeño que concentra influencia, representación, capacidad de decisión o acceso a recursos dentro de un sector.

Por tal motivo, un consejo empresarial, una cámara de alto nivel o un organismo cúpula suelen cumplir esa definición porque representan intereses económicos relevantes y tienen interlocución directa con gobiernos y otros actores de poder.

Eso no es nuevo, ni hay problema con la definición. Surgen conflictos cuando ese grupo de representación, no representan bien los intereses que dicen defender.

Si un miembro de una agrupación empresarial quiere defender trabajadores, pues que se meta a un sindicato; si quiere modificar intenciones de voto, pues lo suyo es la política. Si buscan defender gobiernos, igual, que se metan a la política. Todo ello para que nadie se diga sorprendido cuando cambien de camiseta sin avisar.