Las primeras rondas de trabajo rumbo a la revisión del T-MEC comienzan a dejar señales de lo que podemos esperar durante los próximos meses. Cambian las circunstancias, pero desde Estados Unidos permanecen prácticamente los mismos temas sobre la mesa: seguridad, migración, condiciones laborales, comercio y competitividad. Para México, y particularmente para la industria manufacturera, todavía existen muchas interrogantes…. Y para la frontera norte, quizá más.

Nuestra región ha sido una de las más sensibles a los cambios que está experimentando la manufactura mundial, estamos pasando de una lógica de globalización, donde producir más barato justificaba recorrer miles de kilómetros, a una regionalización donde vuelven a pesar la cercanía, la seguridad de las cadenas de suministro, el contenido regional y la capacidad de responder rápidamente al mercado. Ese cambio puede representar una enorme oportunidad para México, pero la oportunidad, por sí sola, no construye industria.

Paradójicamente, una de las mejores cosas que pudo ocurrirle a nuestro país fue el regreso del discurso arancelario en Estados Unidos. No porque los aranceles sean deseables ni porque la incertidumbre comercial sea positiva, sino porque obligaron a las empresas a revisar algo que durante décadas parecía incuestionable: dónde producir, dónde comprar y qué tan conveniente sigue siendo depender de cadenas de suministro instaladas al otro lado del mundo. El verdadero desafío para México será lograr que las inversiones que tanto se anuncian generen cada vez mayor valor agregado dentro del país y no se limiten a instalar operaciones que continúen dependiendo principalmente de insumos, tecnología y procesos desarrollados en el exterior; ahí está la discusión que deberíamos estar teniendo.

No basta con atraer inversión, necesitamos construir alrededor de ella una industria nacional capaz de participar en esas cadenas de valor, y desde el norte deberíamos comenzar a impulsar con mucha mayor fuerza una verdadera política industrial: desarrollo de proveedores, financiamiento competitivo, simplificación regulatoria, tecnología, capacitación, infraestructura e incentivos que permitan a las PYMES mexicanas convertirse en proveedoras de la manufactura que ya tenemos instalada. Una cosa es tener fábricas en México y otra muy distinta es tener industria mexicana participando en lo que esas fábricas producen.

Hay también una realidad que pocas veces se menciona cuando se habla del futuro del T-MEC: existen muchas empresas estadounidenses que dependen del acuerdo para producir, exportar y vender en los mercados de México y Canadá. Las cadenas productivas de América del Norte llevan décadas integrándose, deshacerlas no sería sencillo ni gratuito para ninguno de los tres países; eso no significa que podamos confiarnos.

La incertidumbre, las revisiones y las nuevas condiciones comerciales seguirán provocando una redistribución gradual de las inversiones manufactureras, algunos corporativos moverán procesos, otros automatizarán, algunas operaciones regresarán a Estados Unidos y otras buscarán permanecer dentro de Norteamérica para conservar competitividad. Y ahí puede estar nuestra mayor ventaja: este proceso no ocurrirá de un día para otro, nos está dando tiempo para prepararnos. Lo interesante es que el desarrollo de proveedores que México no ha logrado impulsar con suficiente fuerza desde la política pública puede terminar siendo provocado por las propias corporaciones, ya ocurrió antes.

Antes de que buena parte de la manufactura mundial emigrara hacia Asia, las grandes empresas desarrollaban proveedores cercanos porque los necesitaban para competir. Hoy, con cadenas de suministro más vulnerables, mayores exigencias regionales y una creciente presión por reducir riesgos y tiempos, esa necesidad vuelve a aparecer.

El problema es que seguimos llegando a esta transformación con herramientas insuficientes, el Gobierno Federal continúa hablando del Plan México y de fortalecer lo "Hecho en México". El distintivo puede tener valor como identidad y promoción, pero un distintivo no sustituye una política industrial. Un logotipo no financia una máquina, no capacita a una empresa para certificarse, no facilita una exportación, no reduce el costo del crédito ni simplifica trámites y mucho menos convierte a una PYME en proveedora de una corporación global. El desarrollo industrial requiere instrumentos, seguimiento y resultados medibles; por eso no me sorprendería que durante los próximos años una parte importante del desarrollo de proveedores termine llegando por necesidad de las propias manufactureras estadounidenses, necesitan cadenas más cercanas, confiables y competitivas para seguir compitiendo en el mundo… si después alguien quiere colgarse la medalla, esa será otra historia.

Mientras tanto, en el corto plazo seguiremos viendo ajustes: contracción del empleo manufacturero en algunos sectores, caída de pedidos en ciertas ramas, reacomodo de corporativos y mayores inversiones en automatización. Esto obliga a provocar una política industrial desde la frontera.