El Día del Padre no se llenó de restaurantes abarrotados, sino de redes sociales repletas de fotografías sonrientes y mensajes de amor para padres que dejaron huellas enormes en los corazones. Pero hay una realidad que no aparece en trending topics: las batallas legales que enfrentan muchos padres durante años para simplemente poder abrazar a sus hijos. La celebración se ha convertido en un ejercicio de hipocresía donde se ignora que existe un sector de padres a quienes el sistema jurídico ha dejado en el olvido, marginados por procedimientos burocráticos que no fueron diseñados para protegerlos.

El problema no radica en padres negligentes o abusivos, casos que son reales y merecen protección. El problema es que la narrativa ha homogenizado a la paternidad en dos categorías: el padre celebrado y el padre villano. Sin matices. Miles de padres que se esfuerzan por estar presentes en la vida de sus hijos se encuentran atrapados en un sistema que no les brinda oportunidad de audiencia. Los juzgados de familia están saturados, los procedimientos se alargan indefinidamente, y quienes no pueden costear abogados simplemente desaparecen.

En nuestra frontera, la situación es aún más cruda. No solo existen dificultades procesales; también está la violencia que persiste en la ciudad. Hombres que trabajan jornadas dobles pierden horas de trabajo para asistir a audiencias que se reprograman constantemente. Estos hombres no aparecen en estadísticas de género. Su invisibilidad es síntoma del mismo problema que pretendemos combatir: la falta de justicia accesible.

En la explanada de los Juzgados Civiles y Familiares de Juárez, a principios del presente año, decenas de padres se manifestaron en protesta directa contra lo que califican como obstáculos judiciales que les impiden convivir con sus hijos. No es protesta aislada. Forma parte de un movimiento nacional donde padres impedidos de convivir con sus hijos exigen ser escuchados, que se revisen sus casos individuales. Colectivos documentan que cuando un hijo crece sin la presencia de su padre, el riesgo de suicidio aumenta un 63 por ciento; el de adicciones, un 68 por ciento; y el de encarcelamiento, un 85 por ciento. No son números inventados; son consecuencias reales que el sistema jurídico ignora mientras celebramos la paternidad una vez al año.

Reconocer un problema estructural en cómo la justicia trata a padres no significa minimizar luchas por igualdad de género. Cada lucha es distinta y merece respeto. El error está en creer que ampliar derechos para unos significa restar de otros. Un falso dilema que beneficia a quienes operan dentro del sistema legal.

Lo inquietante es cómo la defensa de derechos se convirtió en negocio moral. Se ha documentado cómo organizaciones supuestamente defensoras operan bajo estructuras que responden a agendas políticas. La desinformación sobre custodia generó que padres sean sometidos a acusaciones infundadas, perdiendo años sin poder rebatir argumentaciones sin sustento legal.

Resulta evidente que la brecha entre la ley escrita y la ley practicada es abismal. Los códigos civiles contemplan custodia compartida, pero en juzgados es fantasma. Según la Suprema Corte de Justicia de la Nación, más del 80 por ciento de custodias se otorgan a madres. El sistema dejó de evaluar caso por caso para adoptar regla automática. Cuando la ley funciona bajo presupuestos genéricos, deja de ser justicia y se convierte en opresión.

¿Y qué decir de la celebración? Es nostalgia performativa. Se celebra la figura paterna mientras los sistemas hacen imposible que miles de padres la ejerzan. Las tiendas venden regalos, restaurantes ofertan comidas especiales, pero nadie documenta a los padres en explanadas de juzgados, visibles pero ignorados.

Desde la perspectiva de un abogado que examina cómo funciona la justicia en este país, existe la responsabilidad ética de visibilizar estas realidades. Padres marginados por un sistema que pretende servirles merecen algo más que buenos deseos. Merecen acceso real a justicia, procedimientos transparentes, un sistema donde derechos no sean negociables. La pregunta que debería incomodarnos es simple: ¿qué clase de sociedad celebra la paternidad mientras sabotea sistemáticamente a quienes intentan serlo?