Hola, mis queridos lectores. Pues estamos de nuevo por aquí escribiendo con la cajita original de lápices hechos en México. Y digo hechos en México porque el otro día fui al centro de Juárez, al mercado —el original mercado que quedaba entre la Mariscal, la calle Mina, Santos Degollado, Noche Triste, etcétera—, donde mucha gente de aquí creció. No necesariamente porque tuviéramos que vivir ahí, sino porque, en mi caso, mi familia, como se decía, “era del mercado”.
De regreso, tomé la avenida Vicente Guerrero. Volteé a mi derecha y vi el monumento al presidente Benito Juárez; tenía mucho tiempo que no pasaba por ese rumbo ni me acordaba de que ya lo tienen enrejado al señor. No creo que se puedan robar… perdón, llevar la estatua hecha en Italia, pero ese es otro tema.
Llego a mi casa, me pongo a revisar mensajes y resulta que en un grupo de amigos alguien dice: “Necesito un notario público de Texas para que me certifique una carta poder, porque mis hijos son menores y, si los lleva un tercero, requieren ese documento”. Y bueno, la persona salió corriendo desesperada a buscar un notario que le recomendaron, no sé en dónde por qué en Juarez no hay notarios públicos de Texas y cruzar no quiere, por si puede.
Después de eso, fui a una comida con otro grupo de empresarios y empresarias. Entre la charla, una comenta: “Yo soy de las madres autoexiliadas que no quieren cruzar a El Paso porque me quitan la visa”. Suelta la carcajada y otra compañera añade: “¡Y yo también!”. Sólo me remití a responderle a la primera: “¡Amiga, no estás sola!”, y vino la risa de toda la mesa.
El asunto es que nuestros connacionales que tuvieron a sus hijos en Estados Unidos siguen temerosos de que al cruzar les quiten las visas. Y ¿cuál sería el problema? El problema no es que te la quiten y no puedas ir de compras o viajar a ese país; el problema es que ese niño —que posiblemente se quede a vivir en Estados Unidos y haga su vida allá, como pasa con la mayoría de los jóvenes que se van a estudiar al interior del país o fuera de El Paso— se quede en aquellos lugares. ¿Y cuál es el tema ahí? Que nunca vas a poder ir a visitar a las nuevas familias, nueras o nietos, en el caso de que se quieran casar y tener hijos, que ahora ya no se da mucho eso y en su caso, ir a visitar al nuevo “perrhijo” que está criando tu hijo o hija.
Realmente nunca imaginamos lo que iba a suceder: que llegaría un presidente norteamericano —aunque su origen de sangre sea de familia alemana y escocesa— y se pondría tan duro con el tema de las visas. Pero más bien lo que él trata de frenar es tanto abuso que han hecho, y no precisamente los mexicanos, sino personas de diferentes nacionalidades, sobre todo latinas, con los programas sociales de Estados Unidos, que cuestan mucho al país y a los que pagan impuestos.
Algo tan simple como: “Préstame tu domicilio para que vaya mi hijo a la escuela en El Paso” tiene serias implicaciones. El 50 % del predial es para el ISD (Distrito Escolar Independiente) y el resto es para la policía, bomberos, mantenimiento, etcétera. Entonces, a lo mejor un compañero o compañera de la escuela pensó: “Quiero una mejor vida para mi hijo” y tuvo a su niño por allá. Pero resulta que ahora hay problemas con el amigo de la infancia porque no le quiso facilitar el domicilio. ¿Por qué? Porque a él le cuesta esa escuela, y si lo cachan prestando el domicilio, tiene que pagar el año fiscal —aproximadamente 13,500 dólares— más multas por el niño. A veces tomamos las cosas a la ligera, pero no lo son.
No había pasado nada en muchos años.
Yo represento a una asociación empresarial muy importante en México y, en una ocasión, fui invitado en la Ciudad de México a un congreso mundial de cámaras de comercio, al cual asistieron presidentes nacionales de diferentes partes del mundo, cónsules y embajadores de países de los 5 continentes. Curiosamente, en una charla de sobremesa me di cuenta de que toda esa gente “del mundo” tienen ciudadanía americana, que estudiaron en Estados Unidos —en las mejores universidades— y que tienen sus intereses económicos y cuentas bancarias allá. A ellos, ¿qué les va a pasar? ¿Les van a quitar la residencia o la visa a los que tuvieron a sus hijos antes de hoy?
Y hablando de nacionalidades, me regreso a esa imagen del monumento a Benito Juárez. Desde que se erigió, el Don Benito de bronce apunta con su índice hacia el sur al igual que el águila patria que le hace guardia debajo. Desde aquel tiempo, él decía que el camino del porvenir era México, el resto del país. Hoy es hora de trabajar por nuestro país y caminar todos de la mano por él aquí mismo en México.
Tenemos tanta libertad que a veces se salen las cosas de control. Creo que a todos esos niños que nacieron en Estados Unidos debemos arraigarlos a nuestro querido México, para que con los estudios que obtuvieron en el extranjero fortalezcan nuestra sociedad. Ellos también son mexicanos. Deben y pueden dar rumbo a nuestra economía para generar riqueza —una industria que fabrique mucho más que lápices que escriben bien—. Ellos también deben y pueden venir a enriquecer a México con tantas cosas, entre ellas el liderazgo que tanta falta hace en nuestro país. ¡Viva México!