No necesitó Cruz Pérez Cuéllar hacer guardia permanente en la antesala del despacho principal de Palacio Nacional para agenciarse la confianza de la Presidenta, Claudia Sheinbaum y obtener a cambio la nominación de Morena por la gubernatura.
Tampoco requirió mantener un estribillo diario de halagos indigestantes en sus discursos ni en sus pronunciamientos y menos en sus comunicados de prensa. Solo fue puntual y hasta sobrio al referirse a la jefa de la Cuarta Transformación.
Guardó con paciencia y con bastante prudencia sus distancias tanto hacia las estructuras de la Presidencia de la República como hacia la dirigencia nacional de Morena, anegadas ambas de peligrosos lodos movedizos.
Solo cuando fue requerido atendió el llamado a la movilización en la defensa guinda y contra los “traidores de la soberanía nacional”. No pasó las semanas y meses concentrados en ellos, aventándoles drones retóricos ni amenazándolos con cárcel e infierno al “llegar la Cuarta Transformación a la administración estatal de Chihuahua”. Suele revertirse el ánimo oficioso.
Trabó Cruz una alianza fundamental en el momento oportuno con la otrora Secretaria del Bienestar que a la postre sería convertida nada menos que en presidenta nacional de Morena, Ariadna Montiel, quien simuló algo de interés por la gubernatura de Chihuahua hasta dejar la estafeta y estructura íntegra en manos confiables, las del juarense.
Fue una jugada de doble efecto positivo, atrajo en beneficio de su cuartel a una pieza fundamental de la jerarquía nacional morena, confrontada irremediablemente con enemigos comunes. Ni dibujada en pizarrón hubiera salido mejor la estrategia.
En un momento dado solicitó licencia a la Presidencia Municipal y se metió de lleno a la parte que le daría fuerza cuantitativa en las encuestas, la precampaña en todo el territorio del estado.
Sostuvo encuentros con todos los sectores y abrió cuanto espacio fue requerido en los medios de comunicación de toda la entidad. No hubo menosprecio ni alejamiento de los periodistas locales, tampoco de los nacionales. Cuidado extremo ante todos ellos.
Con ese resumen en su folder se presentó el juarense la tarde-noche del lunes en el World Trade Center de la Ciudad de México para recibir el esperado título como Coordinador de la Defensa de la Cuarta Transformación y la Soberanía Nacional.
Le fue levantada la mano por las dos mayores autoridades formales del partido oficial, precisamente Ariadna Montiel; y la secretaria de Elecciones, Citlalli Hernández, símbolos también de lealtad hacia la presidenta Sheinbaum.
Lo dijo todo la integración del presídium en ese momento del protocolo. Primero ellas y el candidato, inmediatamente a los flancos los líderes partidarios aliados, y en las orillas quienes participaron en la competencia.
Aunque el desenlace tuvo aparente final de carrera parejera, infartante para miles que recibieron en la víspera informaciones contradictorias, el resumen de párrafos anteriores nos lleva a la conclusión que Pérez Cuéllar solo debió cuidar manejo mediático y territorio en Chihuahua, pues en el centro del país, Palacio Nacional se encargó de puntualizar que su candidato era él. Lo hizo las dos o tres veces que consideró necesario hacerlo en medios específicos.
Hoy, con la definición de las 17 candidaturas, o coordinaciones para la misma cantidad de estados del país, vemos que la Presidencia de la República buscó un desmarque claro de una corriente del obradorismo, la encabezada por el senador Adán Augusto López Hernández. Esto fue clave en el avance de Pérez Cuéllar.
Permanecen los Adanaugustos inmersos en dos guerras imposibles de ganar: primera, sostener y ampliar sus espacios de poder público, pero complotando contra la presidenta y saboteando sus acciones de gobierno hasta donde les alcanza la mano; segunda, limpiar su imagen manchada con múltiples actos de corrupción. Por donde les piquen salta pus.
No solo son perseguidos implacable e internacionalmente por sus ligas con el grupo criminal La Barredora, también están incluidos en el paquete de los señalados “narcogobiernos” de Sinaloa, Baja California, Tamaulipas, y grupos delictivos específicos diseminados por gran cantidad de estados del país.
Indiscutiblemente la violencia no tuvo origen de Andrés Manuel López Obrador hacia acá pero la intensidad de las llamas que afectan a gran parte del país, con huachicol, narco, asesinatos, secuestros, extorsiones, fueron avivadas en el 2018 con el “abrazos no balazos” no administrado sino aprovechado por los Adanes, Andys, Garduños, Audomaros, Rochas, Américos y un montón de jefes políticos, policiacos y militares subordinados y/o cómplices, encantados con la postura de su jefe.
Tuvo Adán Augusto, para efectos del proyecto Chihuahua, un aliado gratuito igualmente ahora rechazado por Palacio Nacional, una carga para cualquier candidato(a) que busque un espacio de representación popular, Javier Corral Jurado, el mismo “que no ha podido volver a su estado a pesar de que lo haya recogido el camión de la basura de Morena”, ha dicho López Dóriga.
Corral ha tratado de aplicar a Cruz por décadas la de Quico a El Chavo en su versión musical de Los Dos Carnales: “no quiere lo que tengo, quiere no lo tenga, y esa es pura envidia”. Como tornillo a la tuerca queda el ajuste.
Ambos políticos tienen su mismo origen activista en las aulas de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Ahí incursionaron en el PAN y desplegaron una exitosísima carrera que los llevaría a la gubernatura en el equipo de Barrio; luego a diputaciones federales, locales, dirigencia estatal del PAN.
Pero Corral no perdona la independencia ni menos el éxito de sus amigos y/o subordinados. Es probadamente patológico en este sentido. Así que, poco a poco fue transformando la amistad, incluso el compadrazgo bautismal con Pérez Cuéllar, en confrontación, en choques cotidianos hasta llegar al odio que públicamente hoy le receta de manera sistemática. Pensó en etapas juveniles que siempre sería su chalán, su cuida casillas, su estratega territorial.
Por todo ello y ese mundo que Corral se ha echado encima por todos lados, “tenerlo como enemigo es algo de lo que me siento muy orgulloso”, repite el hoy ufano precandidato de Morena a la gubernatura.Pérez Cuéllar supo con bastante claridad que sería el coordinador desde que el Partido Verde “decidió” entronizarlo como su candidato, pero dejó de tener cualquier miligramo de duda cuando en el equipo de su principal contrincante, allá en el lobby del World Trade Center, el lunes se apareció el más literalmente iracundo de los corralistas, el exregidor del municipio de Chihuahua, Miguel Riggs Baeza.
Igual como ha traicionado a sus amigos y aliados, igual como traicionó al PAN, Corral ha traicionado ahora no únicamente a Morena sino a la misma presidenta de la República, ya en su actuación como legislador en la Cámara Alta por ese partido, ya en los inacabables venenos inyectados a sus redes sociales.
No había manera que una fórmula Corral con quien fuera de aliado pasara exitosamente las puertas de Palacio Nacional, menos en estos momentos donde las lealtades se pesan como polvo de oro en la báscula de Claudia Sheinbaum y sus asesores no obradoristas.
Así de “fácil” se la pusieron a Cruz sus opositores internos, que aventaron al final la detención del empresario gasolinero, Carlos Velázquez (Carvel), como un proyectil que le haría daño sin reparar en que sus vínculos fueron hace cinco años con el corralato y actualmente son con altísimos mandos, pero de otras áreas de la Cuarta Transformación, no las de Juárez.
Hoy, dice Pérez Cuéllar, “es momento de cerrar filas y sumar a quienes quieran participar y trabajar juntos para impulsar la transformación”. Que conste: “a quienes quieran participar”.