¿Qué tal, mis estimados lectores? Otro día más por aquí andamos, sacándole punta a nuestros lápices de madera hechos en México para reflexionar un poco sobre el andar de esta región que tanto nos apasiona.
Esta semana tuve que viajar a la ciudad de Chihuahua por cuestiones de trabajo vinculadas a la asociación empresarial del comercio exterior que me honro en encabezar. El viaje, sin embargo, no solo trazó una ruta en el mapa; trazó un puente en el tiempo.
Antes de dedicarme de lleno a la logística y las aduanas, operé un taller de manufacturas metálicas. Le fabricábamos líneas de producción a la industria maquiladora. Recordé esto porque me hospedé cerca de la avenida que hoy todos conocemos como el Periférico de la Juventud. De inmediato me remonté unos 35 o 38 años atrás, cuando tenía un contrato con una empresa llamada Nielsen de México y debía entregar e instalar sus pedidos en su planta de Cuauhtémoc.
En aquel entonces, para no cruzar la capital, uno tomaba un libramiento de solo dos vías en el que no había prácticamente nada. Desde lo alto, en medio de la penumbra, se contemplaba una Chihuahua distante, totalmente alumbrada allá abajo. Hoy, ese mismo tramo es el Periférico de la Juventud: un corredor vibrante, moderno, repleto de dinamismo comercial y desarrollo vertical que bien podría ser una ciudad anexa a la original. Qué duda cabe, muy bonito. Pero Chihuahua es Chihuahua.
El contraste vino días después, ya de vuelta en el terreno local. Iba camino a la aduana de San Jerónimo y, en una bifurcación antes de llegar a Anapra, tomé por error el lado izquierdo saliéndome de la lateral que bordea la frontera. Cuando menos lo pensé, me vi transitando por el Camino Real.
Al contemplar el paisaje, la analogía fue inevitable: visualmente se asemeja a aquel viejo libramiento de la capital de hace casi cuatro décadas. La diferencia es que cuesta imaginar que de este lado se levanten proyectos de la magnitud que hoy ostenta el Distrito Uno. Preferí mantener la mirada positiva y no derivar en amarguras, aunque la interrogante queda flotando en el aire: ¿por qué los distintos niveles de gobierno han mantenido históricamente en cierto descuido a Juárez, siendo este un pilar económico determinante tanto para la entidad como para la Federación? Han pasado administraciones de todos los orígenes —incluso con gobernantes nativos de esta tierra— sin que la deuda histórica se salde del todo.
Pero estas líneas no nacen de la crítica ni de la queja; nacen del asombro ante las coincidencias del tiempo. Un simple déjà vu.
Avanzando por el tramo, pasé junto a los corrales de la Unión Ganadera con sus reses y, al mirar hacia la izquierda, contemplé los terrenos destinados al desarrollo industrial. La mente reflexiva de quien conoce la logística no pudo evitar sonreír con ironía al pensar en la convivencia futura entre las plantas maquiladoras de alta tecnología y la singular presencia de la ganadería contigua.
Tras concluir los trámites en el puerto fronterizo de San Jerónimo-Santa Teresa, tomé el camino de regreso. Ya era de noche. Al avanzar pegado al bordo, la vista hacia la izquierda no mostraba el valle de Chihuahua como en mis años de juventud, pero sí la deslumbrante mancha urbana de El Paso, Texas, encendida en medio de la oscuridad. Otro destello del pasado proyectado en el presente.
A veces la memoria nos juega estas pasadas y nos sobrecoge cierta melancolía al comparar los ritmos de crecimiento entre distintas latitudes. Sin embargo, en medio de las sombras y los contrastes, esta frontera sigue de pie, trabajando, produciendo y demostrando de qué está hecha.
Nos leemos en quince días. Que tengan un excelente fin de semana.