En días recientes circularon en redes sociales locales varios videos de mujeres en un aparente estado de ebriedad. Como suele ocurrir, las imágenes dejaron de pertenecerles en cuanto alguien sacó el teléfono: fueron compartidas, convertidas en motivo de burla y sometidas al juicio de miles de personas que desconocían lo sucedido.

Los comentarios se dividieron. Unos fronterizos afirmaban que aquellas mujeres “no sabían tomar” o “no sabían cuándo detenerse”. Otros advertían que quizá les habían dado bebidas adulteradas o colocado alguna sustancia en sus vasos. Lo cierto es que, a partir de unos cuantos segundos de video, nadie puede saberlo. No conocemos cuánto bebieron, qué consumieron ni en qué condiciones se encontraban. Aun así, las redes sociales dictaron sentencia con la seguridad de quien cree que mirar equivale a comprender.

A mí me preocupa la facilidad con la que nos burlamos de una persona cuando ha perdido el control, especialmente si es mujer. Pareciera que la embriaguez masculina todavía puede contarse como anécdota o hazaña, mientras que la femenina se convierte con rapidez en motivo de humillación. Una mujer alcoholizada no pierde su dignidad ni autoriza a que alguien la grabe, la exhiba o se aproveche de ella. Haber bebido de más puede ser una imprudencia; nunca es una autorización para humillarla o agredirla.

Pero tampoco conviene ignorar la otra parte. Consumir alcohol reduce la capacidad de valorar riesgos, tomar decisiones y reaccionar ante una amenaza. Hay ocasiones en que la vulnerabilidad comienza por no reconocer el propio límite; en otras, puede provenir de no saber con certeza qué contiene una bebida. Ambas posibilidades exigen responsabilidad, aunque no la misma clase de responsabilidad. Cada persona debe cuidar cuánto bebe, pero los establecimientos también tienen la obligación de garantizar que aquello que venden sea seguro y de actuar cuando un cliente se encuentra en peligro.

Por eso, cuidarse no debería reducirse al consejo condescendiente de “saber tomar”. Implica comer antes, alternar el alcohol con agua, fijar un límite, evitar combinaciones riesgosas y no conducir. También supone no perder de vista el vaso, no aceptar bebidas abiertas de desconocidos, observar cómo se preparan, acudir con personas de confianza y acordar cómo regresar. Si alguien presenta desorientación, somnolencia extrema, dificultad para hablar o un cambio demasiado brusco respecto de lo que ha bebido, lo correcto no es reírse ni abandonarlo: hay que pedir ayuda y evitar que se quede solo.

También resulta lamentable que estas precauciones sean necesarias dentro de bares, antros y restaurantes que deberían ofrecer seguridad. No basta con vender botellas y contratar vigilancia en la puerta. Se requieren controles sobre las bebidas, personal capacitado, protocolos ante posibles adulteraciones y una respuesta seria frente al acoso. La confianza de los clientes no puede depender de la suerte.

No sé qué ocurrió en los videos, y precisamente por eso me niego a condenar o absolver desde una pantalla. Prefiero quedarme con una pregunta más incómoda: ¿qué hacemos cuando alguien pierde el control? Podemos grabarlo y convertir su vulnerabilidad en entretenimiento, o podemos intervenir para protegerlo.

Beber es una decisión personal; cuidar lo que consumimos también lo es. Pero la seguridad no puede recaer por completo en quien ya se encuentra vulnerable. El verdadero problema comienza cuando normalizamos que una noche de diversión pueda terminar en peligro y, en lugar de tender la mano, encendemos la cámara.