Montesquieu escribió uno de esos pensamientos cuya vigencia parece aumentar conforme pasan los siglos. En su pensamiento 741 sostuvo: “Si yo supiera algo que me fuese útil a mí, y que fuese perjudicial para mi familia, lo desecharía de mi mente. Si yo supiera algo útil para mi familia, pero que no lo fuese para mi patria, buscaría olvidarlo. Si yo supiera algo útil para mi patria, y que fuese perjudicial para Europa, o bien que fuese útil para Europa y perjudicial para el Género Humano, lo consideraría un crimen”.
Más que una frase sobre patriotismo, encuentro en esas palabras una teoría sobre la jerarquía de nuestras lealtades, los juarenses pertenecemos simultáneamente a distintos círculos, somos individuos, formamos parte de una familia, pertenecemos a una comunidad política y compartimos una condición común con el resto de la humanidad, es ahí donde cada pertenencia genera compromisos, pero ninguna puede considerarse absoluta cuando entra en contradicción con un deber superior.
Ahora bien, quien participa en ella construye amistades, pertenece a grupos, defiende proyectos y eventualmente milita bajo determinadas siglas, todo ello genera lealtades legítimas, sin embargo, reconocer su importancia no significa aceptar que deban mantenerse indefinidamente, incluso cuando hacerlo implique abandonar aquello que originalmente les dio sentido, porque los partidos políticos son instrumentos de la democracia, no su finalidad.
Desde esa perspectiva, cambiar de bandera política no constituye necesariamente una traición, un juarense puede modificar legítimamente sus convicciones, puede descubrir que aquello que defendió durante años ya no corresponde con lo que piensa o advertir que la organización a la cual perteneció cambió de rumbo y abandonó principios que originalmente justificaron su militancia, incluso puede reconocer que algunas ideas de quienes antes fueron sus adversarios resultan más razonables de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ahí encuentro nuevamente la utilidad de Montesquieu, su pensamiento permite formular una pregunta ¿qué interés estoy sacrificando y cuál estoy protegiendo? Si una decisión beneficia exclusivamente a quien la toma, la explicación resulta insuficiente; si beneficia a un grupo, pero perjudica a la comunidad, la objeción es todavía mayor, en cambio, si exige sacrificar una comodidad personal o una pertenencia política para proteger aquello que razonablemente se considera un interés superior, el juicio necesariamente debe ser distinto.
La diferencia entre convicción y conveniencia se encuentra en las razones que lo explican y en los actos que posteriormente permiten comprobarlas, cambiar para conservar una posición personal no es lo mismo que abandonar una organización porque ésta dejó de representar determinados principios, pero tampoco sería justo presumir que detrás de cualquier cambio existe necesariamente un interés personal.
Por ello me parece excesivo utilizar automáticamente la palabra “traición” frente a cualquier modificación de pertenencia política, para hablar de traición primero tendríamos que determinar cuál era la lealtad superior que debía preservarse. ¿Al grupo que abrió las puertas? ¿A quienes fueron compañeros durante años? ¿A unas siglas? ¿A las propias convicciones? ¿A los ciudadanos? ¿A la comunidad?
Montesquieu probablemente respondería estableciendo nuevamente una jerarquía, la lealtad inferior conserva su valor mientras no exija sacrificar la superior, aplicada a la vida pública, la regla podría expresarse sencillamente, el interés personal debe ceder frente al compromiso colectivo y el interés del grupo debe ceder frente al interés de la comunidad.
Por eso, ante cualquier cambio de bandera partidista, quizá la pregunta correcta no sea “¿de dónde se fue?” ni “¿a dónde llegó?”. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué permaneció intacto durante el trayecto? Si permanecieron los principios y cambiaron las siglas, podemos estar frente a una decisión legítima, si permaneció únicamente el interés personal y cambiaron principios, discursos y banderas, la valoración será distinta.
Montesquieu entendió que las lealtades poseen valor precisamente porque existen bienes superiores capaces de limitarlas, entre el interés individual y la familia, prefería a la familia; entre ésta y la patria, prefería a la patria; y aun la patria encontraba un límite frente a la humanidad, es así como nos recuerda que ninguna pertenencia puede reclamar obediencia absoluta.
Bajo estas ideas, podemos concluir dos situaciones, primero, en política se puede cambiar de bandera sin necesariamente traicionar los principios y claro, segundo, si alguna lealtad debe permanecer cuando todas las demás cambien, que sea ésta: primero Ciudad Juárez; después, las siglas partidistas.