¡Hola, cómo están, mis queridos lectores! Aquí de nuevo, como cada quince días, asomándome a la ventana de la memoria para traerles un pasaje de nuestra entrañable y siempre sorpresiva Ciudad Juárez.

Pues resulta que hace unos días nos invitaron y como testigos amantes de esta ciudad acudimos a la inauguración de la flamante plataforma Centinela, mejor conocida por todos como la Torre Centinela. Y miren cómo es la vida: bastó con voltear al fondo para que se me viniera de golpe una imagen de déjà vu. Justo ahí, donde hoy se eleva esta imponente construcción, antes se erigía el famoso Club Casino Juárez.

De inmediato se vino a mi mente la nostalgia de aquellos años: los bailes amenizados con orquesta en vivo, las notas del órgano del ingeniero Héctor Escobedo, y después las épocas doradas con la Discotec Móbil y la famosa Saharas Disco. ¡Fíjense nomás! Si hasta a mí me tocó tocar ahí con mi órgano melódico.

Al lado, pegadito al club, estaba un estacionamiento propiedad de la muy conocida familia Maese. ¿Se acuerdan? Ahí veíamos a la maestra Martha Maese, cobrando en la caseta y dando clases en la gloriosa prepa del "Chami", como todos le decíamos de cariño, creo que impartiendo la clase de química —o de "quimi", como le decíamos nosotros de chamacos—.

Su hermano, el "Popo" Maese, manejaba un negocio de auxilio vial cuyas unidades guardaban en el subterráneo. Yo recuerdo de niño, sobre todo en invierno, cuando salíamos rumbo a la escuela a las 6:00 de la mañana y el carro amanecía sin batería. Mi mamá le llamaba de inmediato a servicio vial y enseguida llegaba una camioneta color naranja a dar el auxilio. ¡Y qué decir de mi mamá haciéndola de emoción porque se habían tardado! —Es que tengo mucho trabajo, Lupita —contestaba paciente el señor Maese.

Juárez era chico, todos se conocían. Era algo muy recurrente ese tipo de asistencia: te desponchaban, te pasaban corriente o te remolcaban el auto a algún taller mecánico. Curiosamente, ese servicio hoy lo otorga de manera gratuita el municipio, después de muchos años de haberse perdido hasta como una entrañable tradición juarense.

Pero volviendo al presente y a la dichosa torre, hay cosas que llegan para quedarse o transformarse, como cuando dicen que uno va a reencarnar en uno mismo. Así pasó con ese predio: demolieron el viejo estacionamiento y volvió a resurgir... ¡en forma de estacionamiento y torre! Sin que se tome a crítica, uno piensa que la torre bien pudo estar en la esquina y el parqueadero —como dicen los paisas que viven en Estados Unidos— donde hoy está la mole de concreto. En fin, las cosas ya están hechas y ahora lo importante es hacer que funcionen.

El evento tuvo su toque de lucimiento: llegó la gobernadora, el secretario de Seguridad Pública del Estado, se inauguró oficialmente y se dispusieron a dar el recorrido. Hubo ausencias muy importantes, pero de política no quiero hablar, esto no se trata de eso. En ese momento le dije a mi acompañante: —Pues vámonos, porque por pantalla no funciona mucho esto de los recorridos—.

Y qué creen... en pleno camino de regreso, volteamos y ¡pum! Las carpas volando por los aires, las pantallas bailando al son del viento y, bueno, las motocicletas de vialidad y los oficiales no volaron puramente por el peso de la ley y las máquinas.

Así las cosas, en nuestra frontera. Luego les sigo platicando más de ese Juárez donde todos nos conocíamos.

Hasta la próxima.