A sus 33 años, Brittany DeSantiago ha aprendido a medir el tiempo no en calendarios sino en cirugías, salas de hospital y breves períodos de normalidad que siempre parecen interrumpirse demasiado pronto.

Dentro de dos semanas volverá al quirófano para recibir un trasplante de riñón ––el tercero de órganos vitales en su vida– y, esta vez, la persona que podría cambiar su destino no es un desconocido ni una larga lista de espera: es su hermana.

Después de un año de diálisis por insuficiencia renal, DeSantiago finalmente tiene fecha para la operación que espera le devuelva estabilidad. La donante será Tiffany Miranda, su hermana, quien se ofreció tras meses de estudios médicos y pruebas de compatibilidad. La noticia llegó con alivio, pero también transformará a dos vidas al mismo tiempo.

“Me sentí honestamente muy aliviada”, recordó Miranda sobre el día en que supo que era compatible. “Siempre quise mantenerme positiva, pero esa duda siempre está ahí, esa voz que dice ‘tal vez no funcione’. Cuando me confirmaron que era un buen resultado, sentí que al menos un paso estaba resuelto”.

Para DeSantiago, la emoción fue más compleja. La gratitud vino acompañada de miedo. “Tuve reservas, claro”, dijo. “Sé lo que es que tu salud esté comprometida y que te desafíe todos los días. Lo último que quisiera es que alguien que amo pase por eso. Pero ella fue firme. Y que sea mi hermana… es algo increíble. Ha hecho muchos sacrificios”.

La decisión de Miranda, explicó, fue más directa. Ya estaba registrada como donante de órganos desde hacía años, motivada por la idea de ofrecer vida incluso después de la muerte. Cuando los médicos le explicaron que un riñón de donante vivo suele durar más tiempo y ofrecer mejores resultados, la elección terminó de definirse. “Si es mejor para quien lo recibe, ¿por qué no? Pensaba donar de cualquier forma, viva o muerta. ¿Por qué no hacerlo por ella? Ha pasado por tanto y merece otra oportunidad”.

La historia médica de DeSantiago comenzó incluso antes de que pudiera pronunciar su primer palabra. Nació con gastrosquisis, un defecto congénito poco común en el que los intestinos se desarrollan fuera del abdomen y que requiere cirugía inmediata para salvar la vida del recién nacido. A los ocho años sufrió una falla hepática e intestinal que derivó en un trasplante multiorgánico: hígado, páncreas, intestino delgado y médula ósea. Esos órganos la sostuvieron durante años.

A los 17 desarrolló insuficiencia renal crónica y recibió su primer trasplante de riñón, que le permitió –por primera vez– imaginar una vida sin pausas médicas constantes. Ese órgano funcionó durante 12 años. Terminada su vida útil, volvió la incertidumbre.

“Logré terminar la preparatoria. Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Por fin pude vivir, honestamente, de manera normal”, contó. “Pero mi vida siempre ha tenido momentos en los que tengo que poner todo en pausa, atender mi salud y luego intentar regresar al mundo”.

Su historial clínico es tan particular que la cirugía deberá realizarse en un centro especializado en Miami, Florida, ciudad a la que se mudó temporalmente hace siete meses. La familia ha iniciado una campaña de recaudación de fondos para cubrir gastos médicos y de estancia a través de la organización sin fines de lucro Help Hope Live, que canaliza donaciones destinadas exclusivamente al cuidado del paciente.

Aun así, cuando habla del futuro, DeSantiago no menciona hospitales ni medicamentos. Habla de estudios. Quiere cursar una maestría en Consejería de Salud Mental Clínica y trabajar algún día con pacientes trasplantados, personas que —como ella— viven entre la esperanza y la fragilidad. “Me encantaría estar al lado de la cama de los pacientes, en el área de trasplantes. Ese es mi mundo. No hay muchos terapeutas que entiendan el trasplante y la discapacidad desde dentro. Yo vengo de ahí. Ese es mi propósito”.

En los días previos a la cirugía, las hermanas alternan conversaciones prácticas —fechas, vuelos, citas médicas— con silencios cargados de significado. En esos silencios cabe el temor natural, pero también una certeza: el vínculo entre ambas ya era profundo antes de que la medicina lo hiciera literal.

En El Paso, una ciudad acostumbrada a historias de frontera y tránsito, la de Brittany y Tiffany es una historia de permanencia. De quedarse. De compartir. De entender que, a veces, la vida no llega como un milagro inesperado sino como una decisión consciente tomada por alguien que dice, sin dramatismo y sin condiciones: toma lo que necesitas, yo puedo darte esto.