Ciudad de México— Capos han sido abatidos o capturados, y cárteles se han fragmentado o derrumbado, solo para ver cómo otros más violentos los reemplazan y el comercio ilícito se expande. Entonces, en casi 60 años de guerra contra las drogas, ¿qué ha funcionado realmente?

El domingo, el Ejército Mexicano mató a Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder de uno de los cárteles de droga más grandes del mundo. Se llama Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), y su alcance se siente en casi cada rincón del planeta. Es más un conglomerado que una entidad única, compuesto por decenas de grupos distribuidos a lo largo de México que hacen de todo: desde cultivar los aguacates que se usan en el guacamole que consumen los estadounidenses hasta traficar migrantes hacia Estados Unidos y, por supuesto, traficar drogas.

Mientras las autoridades mexicanas y estadounidenses esperan ver qué depara el futuro para el cártel —si se designa rápidamente un sucesor o si se desintegra en una pugna interna por el liderazgo— una cosa parece probable: la muerte de “El Mencho” por sí sola no es el fin del grupo.

El propio nombre del grupo, Cártel Jalisco Nueva Generación, subraya su ambición y qué tan profundamente arraigado está en México. Erradicarlo requiere un enfoque más paciente y de largo plazo que matar o capturar a un solo hombre, dicen los analistas.

“Crearon una nueva generación de hacer las cosas de manera diferente”, dijo Carlos Pérez Ricart, experto del Centro de Investigación y Docencia Económicas, un centro de investigación mexicano. “Emplearon un modo de violencia muy calculado e instrumental. Fue narcoterrorismo”.

Pérez, al igual que otros analistas, señaló que cada nueva generación de integrantes de cárteles tiende a ser más violenta que la anterior, como forma de afirmar su autoridad. Con cada nueva generación, lo que antes era impensable se convierte en la nueva norma.

México está librando ahora lo que podría resultar ser una de las guerras más sangrientas y trascendentes contra los cárteles en su historia, dicen los analistas. Desde 2024, el Gobierno mexicano ha estado enredado en el norte, combatiendo al Cártel de Sinaloa. Ahora, el Gobierno ha abierto un segundo frente, contra el Cártel Jalisco Nueva Generación, con base en el occidente de México pero con ramificaciones en todo el país.

Los dos cárteles mexicanos, archienemigos entre sí, son posiblemente las organizaciones de narcotráfico más poderosas del mundo.

Quizás la batalla más comparable contra el narcotráfico fue durante la presidencia de Felipe Calderón, que concluyó en 2012. Pero en aquel entonces, el Gobierno se enfrentaba principalmente a un solo cártel, “Los Zetas”, y ese combate estaba concentrado en el norte de México.

La historia de los cárteles ofrece recordatorios importantes sobre lo resilientes que pueden ser, incluso cuando el Gobierno logra avances significativos en su contra. El Cártel de Sinaloa, después de todo, no desapareció tras la captura y extradición a Estados Unidos de su jefe, Joaquín Guzmán Loera, el notorio narcotraficante conocido como “El Chapo”. Y el propio Cártel Jalisco Nueva Generación nació de las ruinas de otro grupo criminal, el Cártel del Milenio, que se desintegró en pugnas internas tras la captura y muerte de su liderazgo. Para 2009, Oseguera Cervantes, el líder del CJNG abatido el domingo, había emergido en la cima, en parte por su disposición a adoptar niveles espectaculares de violencia para derrotar a sus enemigos.

En lugar de simplemente ir tras los capos como Oseguera Cervantes, las autoridades necesitan adoptar un enfoque integral para desmantelar estos grupos de manera más completa, dicen los analistas. El Gobierno mexicano debe combinar fuerza sobre el terreno con trabajo de investigación inteligente para derrotar al Cártel Jalisco Nueva Generación, dicen ex diplomáticos. Es un modelo similar al que Colombia adoptó a partir de la década de 1990.

Los mandos intermedios deben ser blanco prioritario, ya que proporcionan los eslabones críticos entre la cúpula del liderazgo y los operativos del cártel en el terreno, señalan analistas y diplomáticos. Y en el caso del Cártel Jalisco Nueva Generación, su vasto imperio empresarial y su red financiera oculta también deben ser desmantelados, apuntan.

Esa capacidad de investigación, sin embargo, todavía está siendo desarrollada por el Gobierno mexicano. Ahí es donde Estados Unidos puede ser más útil, dicen los expertos. El domingo, el Ejército Mexicano reconoció que funcionarios estadounidenses compartieron inteligencia vital que permitió a sus tropas capturar y matar a Oseguera Cervantes.

“Nosotros tenemos la mejor inteligencia técnica, y los socios locales en México y Colombia tienen la mejor inteligencia humana, sobre el terreno”, dijo Todd Robinson, ex secretario de Estado adjunto para narcóticos internacionales y aplicación de la ley. “Y si tienes eso y un gobierno dispuesto a combatir la corrupción, puedes obtener resultados positivos”, señaló.

El éxito inicial de Colombia en la lucha contra los cárteles en los años noventa ofrece una buena lección para México, dicen ex diplomáticos estadounidenses familiarizados con ambos países. En aquel entonces, el Gobierno colombiano desplegó sus fuerzas de seguridad para capturar y eliminar a miembros de alto rango de los cárteles, al tiempo que aumentaba sus capacidades de investigación para desenredar la infraestructura financiera oculta de los grupos. También fortaleció el sistema judicial para acabar con la impunidad.

Después de que Colombia logró en gran medida desmantelar a los principales capos en esa década, Estados Unidos ayudó al Gobierno a expandir su autoridad por todo el país. Por cada dólar que gastaba Estados Unidos, Colombia gastaba tres, dijo Robinson. Fue parte de un esfuerzo para erradicar los cultivos de coca y llevar escuelas, carreteras y otros incentivos económicos a comunidades remotas donde el Gobierno había desplazado a los grupos de narcotráfico. Pero el Gobierno no fue capaz de extender su autoridad a todas las regiones del país. En el vacío, grupos paramilitares y guerrilleros tomaron el control de la producción y el tráfico de cocaína. La producción de cocaína se disparó en todo el país hace aproximadamente una década, señalan los analistas.

El Gobierno mexicano necesita comenzar de inmediato a trabajar a lo largo de municipios y estados para desplazar al Cártel Jalisco Nueva Generación y empezar a ejercer autoridad, dijo Robinson. Pero históricamente, los gobiernos federales de México han sido reacios a trabajar con rivales políticos, lo que genera una respuesta de seguridad fragmentada que ofrece refugios seguros donde los cárteles pueden operar.

“México no es tradicionalmente bueno en eso”, dijo Robinson. “El partido gobernante tiende a apoyar al gobernador o alcalde que forma parte de su partido, y deja a los alcaldes de la oposición solos para que se defiendan por sí mismos frente a los cárteles”.

En contraste, el Cártel Jalisco Nueva Generación trabaja estrechamente con decenas de grupos criminales más pequeños para ejercer su poder en todo el país y desafiar la autoridad del Gobierno. El domingo, el cártel pudo mostrar su fortaleza y alcance territorial cuando incendió bancos y locales comerciales y bloqueó carreteras y autopistas en alrededor de 20 estados de México. En muchos estados, el Gobierno mexicano no logró responder.