La oración por los migrantes fallecidos reunió nuevamente a representantes de las Diócesis de El Paso, Las Cruces y Ciudad Juárez, aunque esta vez en un escenario distinto: la 29ª Misa Binacional de la Frontera se celebró en territorio estadounidense, en lugar de realizarse a mitad del río Bravo, con congregaciones de fieles de ambos países, como ocurrió en años anteriores.

La ceremonia del sábado 31 de octubre tuvo lugar en las instalaciones de ABARA Old Fort Bliss, en el 1820 de West Paisano Drive. El encuentro mantuvo su carácter binacional mediante la participación de representantes religiosos de las tres Diócesis, quienes recordaron a las personas que perdieron la vida durante su trayecto migratorio y pidieron acompañar a sus familias.

El obispo de El Paso, Mark J. Seitz, reconoció la diferencia respecto de otras ediciones, cuando desde el lugar de la celebración podían observar a los fieles del lado mexicano con banderas y otras expresiones de participación.

“Este año no es posible, pero los tenemos en nuestro corazón”, expresó al referirse a quienes habitualmente acompañaban la misa desde Ciudad Juárez.

El obispo de Las Cruces, Peter Baldacchino, presidió la celebración, acompañado por Seitz; el obispo auxiliar de El Paso, Anthony C. Celino; y el padre José Armando Benavides Romero, administrador diocesano de Ciudad Juárez. También participaron sacerdotes, seminaristas, religiosos y representantes de organizaciones católicas, incluidos asistentes procedentes de otras ciudades de Estados Unidos.

Durante la homilía, Baldacchino pidió reconocer las historias individuales detrás de las muertes de migrantes y evitar que las víctimas queden reducidas a cifras. Recordó a quienes atraviesan montañas, desiertos y caminos peligrosos, impulsados por la pobreza, la violencia y el crimen organizado.

“El amor exige que aliviemos el sufrimiento dondequiera que podamos y protejamos a aquellos cuyas vidas corren peligro”, manifestó.

El obispo señaló que parte del sufrimiento responde a decisiones humanas, entre ellas la violencia, la explotación y la indiferencia. Frente a esas realidades, llamó a reconocer el mal y a responder con acciones de protección, solidaridad y acompañamiento.

Su reflexión también estuvo dirigida a las familias que han perdido a un ser querido. Expresó que la comunidad religiosa está llamada a compartir su dolor, incluso cuando no existen respuestas para explicar una muerte o cuando el consuelo parece lejano.

“Nuestra ayuda no puede responder a todas las preguntas. Pero sí puede hacer que una persona que sufre sepa que alguien está a su lado”, señaló.

Baldacchino relacionó esa responsabilidad con el Evangelio, en el que Jesucristo se identifica con las personas hambrientas, los extranjeros, los enfermos y quienes están encarcelados. Ofrecer alimento, visitar a una persona enferma, acoger a un migrante o acompañar a una familia afligida, explicó, son formas concretas de responder a ese llamado.

Por su parte, Seitz recordó que esta misa se realiza desde hace casi tres décadas, cerca de las conmemoraciones dedicadas a los difuntos. Su propósito incluye orar por quienes murieron al intentar cruzar la frontera y por las familias que enfrentan su ausencia.

El obispo sostuvo que esas pérdidas también deben impulsar una reflexión sobre las alternativas disponibles para quienes necesitan migrar. “Creemos que tener una frontera segura y tener una frontera que permita cruzar a quienes tienen un motivo para hacerlo no son ideas opuestas”, expresó.

Planteó la necesidad de un sistema ordenado que ofrezca vías legales y razonables para las personas que huyen para proteger sus vidas, solicitan asilo o buscan oportunidades de trabajo.

Al responder preguntas sobre la construcción de barreras fronterizas, advirtió que los obstáculos pueden llevar a personas desesperadas a intentar cruces por zonas más remotas, donde enfrentan mayores riesgos. A su juicio, las respuestas deben incluir mecanismos de ingreso que permitan atender situaciones legítimas de protección y movilidad.

Seitz también anunció que hoy domingo 1 de noviembre acudiría al centro de detención migratoria Camp East Montana para celebrar una misa con quienes desearan participar. Explicó que sus visitas buscan ofrecer consuelo y esperanza a las personas detenidas. “Más allá de si hicieron algo mal o no, son seres humanos que necesitan nuestro amor y preocupación”, manifestó.

El obispo pidió a los asistentes llevar a sus comunidades una mayor conciencia sobre la humanidad de los migrantes. Señaló que cada persona tiene una historia, motivos para desplazarse y seres queridos que dependen de ella o esperan su regreso.

“Me gustaría que la gente volviera a sus hogares con una mayor conciencia de que no hablamos sólo de números”, expresó.

Respecto de las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre, consideró que el voto es una vía para expresar las preocupaciones de la ciudadanía, aunque señaló que su esperanza está puesta en Jesucristo y en una transformación que permita orientar las decisiones públicas hacia un mayor respeto por las personas.

Desde la perspectiva mexicana, el padre José Armando Benavides Romero llamó a reconocer que los peligros del trayecto migratorio comienzan mucho antes de llegar a la línea divisoria.

El administrador diocesano de Ciudad Juárez recordó a quienes mueren durante largos recorridos por México y enfrentan amenazas, violencia sexual, tráfico de personas y otras formas de abuso.

“¿Por qué un país expulsa a sus propios ciudadanos?”, preguntó al reflexionar sobre las condiciones que obligan a personas de México y Latinoamérica a abandonar sus hogares.

Benavides señaló que, junto con el llamado a recibir con dignidad a quienes llegan a Estados Unidos, existe una responsabilidad en los países de origen: construir condiciones que permitan a sus habitantes vivir con seguridad y permanecer en sus comunidades. “Nosotros también, del lado mexicano, rezamos para no despedir a nadie”, expresó.

Pidió trabajar por una sociedad más justa y pacífica, en la que las familias no tengan que enfrentar los peligros de la migración forzada para proteger su vida o buscar sustento.

Durante las peticiones de la ceremonia también se oró por el respeto a los derechos humanos de los migrantes y por quienes sufren discriminación racial, abusos, detenciones, deportaciones y separación familiar.

Las oraciones incluyeron a migrantes y refugiados fallecidos durante el trayecto, en la frontera y en centros de detención, así como a sus familiares, para quienes se pidió consuelo.

Aunque esta edición se realizó del lado estadounidense y dejó atrás el formato de encuentro a mitad del río, o junto a la valla fronteriza, donde se reunían fieles de ambos lados, los representantes de las tres diócesis mantuvieron una petición compartida: recordar a quienes murieron y asumir la responsabilidad de acompañar y proteger a quienes continúan en el camino.

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