No son solo los conservadores estadounidenses quienes intentan inmortalizar a Charlie Kirk. Su nombre fue un grito de guerra en una gran concentración de extrema derecha en Londres. Su muerte fue el tema principal en una conferencia de partidos de derecha en Madrid. Incluso el alcalde de Lima, Perú, organizó un homenaje en su memoria. Comparó al activista con los mártires de Roma que ayudaron a propagar el cristianismo.
En EE. UU., la canonización de Kirk como santo del movimiento MAGA ha sido veloz.
Hay propuestas para nombrar carreteras en su honor y acuñar monedas con su rostro. Oklahoma está considerando un proyecto de ley que exigiría a todas las universidades estatales erigir una estatua suya. El martes, en el que habría sido su cumpleaños número 32 —y que fue declarado oficialmente el “Día Nacional de Conmemoración de Charlie Kirk” gracias a una ley del Congreso—, el presidente Donald Trump celebró una ceremonia para concederle de forma póstuma la Medalla Presidencial de la Libertad.
Los mártires tienen un poder singular. Sus muertes pueden dotar a una causa de un aura cuasi sagrada. Pueden usarse para unificar a una comunidad contra un enemigo común. Y también para justificar actos de violencia.
Según los expertos, existen varios criterios que definen a un mártir eficaz; Charlie Kirk cumple con todos.
Tres ingredientes
George Floyd fue un mártir poderoso. Ashli Babbitt no tanto.
Si no has oído hablar de Ashli Babbitt, es porque los esfuerzos por ensalzarla tras su muerte no alcanzaron la magnitud que muchos en la derecha esperaban.
Babbitt murió en el asalto al Capitolio de EE. UU. el 6 de enero. Un agente de policía le disparó cuando intentaba atravesar una puerta que separaba a los manifestantes de los representantes del Congreso.
Trump y otras figuras prominentes del movimiento MAGA presentaron su muerte como la ejecución de una “inocente”. Su nombre circuló en hashtags y camisetas de Babbitt en círculos de QAnon y la extrema derecha, donde sigue siendo una mártir hasta el día de hoy.
Pero sus simpatizantes nunca lograron ampliar su figura más allá de ese nicho.
Floyd, un hombre negro, murió boca abajo en la acera cuando un agente de policía blanco le presionó el cuello con la rodilla. “No puedo respirar”, las palabras que pronunció en sus últimos momentos, se convirtieron en el grito de guerra del movimiento Black Lives Matter. Multitudes en todo el mundo marcharon en su nombre. El sitio de su muerte, frente a una tienda de conveniencia rebautizada con su nombre, sigue siendo un lugar de peregrinaje. Abundan los murales suyos.
¿Qué explica esta diferencia?
Consulté a Tom Holland, historiador especializado en el martirio cristiano, sobre qué tienen en común los mártires más convincentes. Enumeró tres condiciones:
Primero: una muerte pública, dramática e “inocente”
La condición de víctima de Floyd nunca estuvo en duda. El mundo entero vio el video de su último aliento.
La muerte de Babbitt, en cambio, dividió a la derecha. Republicanos de alto rango, como el senador Lindsey Graham, llamaron “terroristas domésticos” a los manifestantes del 6 de enero. Kevin McCarthy, entonces presidente de la Cámara de Representantes, dijo que el agente que le disparó “cumplió con su deber”.
Segundo: la muerte debe estar vinculada a una causa
Mártir significa testigo en griego; los primeros mártires eran testigos de Dios. Tanto Babbitt como Floyd murieron vinculados a causas: en su caso, “Stop the Steal” y Black Lives Matter, respectivamente.
Pero difieren en el tercer criterio de Holland:
Tercero: los mártires necesitan un movimiento poderoso
Los movimientos pueden otorgar un sentido más amplio a la muerte de una persona: pueden contar su historia de manera que anime.
En mayo de 2020, cuando murió Floyd, la izquierda estadounidense se encontraba movilizada en pleno año electoral. Cuando murió Babbitt, Trump ya había perdido las elecciones y estaba a pocas semanas de dejar la Casa Blanca. El rumbo del movimiento MAGA era aún incierto.
Una herramienta poderosa
La muerte de Charlie Kirk, señala Holland, cumple con todos los requisitos. Le dispararon mientras debatía con estudiantes universitarios. Ya estaba reclutando jóvenes para la causa MAGA. Y está siendo llorado por un movimiento que es más fuerte que nunca.
Las repercusiones de su muerte ya van más allá de estatuas y plazas. Kirk se ha convertido en una herramienta política. El gobierno ha utilizado su muerte para reprimir la libertad de expresión y a grupos progresistas. Ha amenazado con deportar a quienes trivialicen su asesinato y ha revocado visas a varios extranjeros.
Durante un episodio del programa The Charlie Kirk Show, conducido por el jefe de gabinete adjunto de la Casa Blanca, Stephen Miller, quien dijo que el gobierno estaba “en guerra” con la izquierda, prometió “identificar, desbaratar, interrumpir, desmantelar y destruir” lo que calificó como un “vasto movimiento terrorista doméstico”.
El gobierno lo hará, dijo Miller, “en nombre de Charlie”.