A tres días de que 378 mujeres prisioneras del Centro de Reinserción Social femenil de Juárez fueron llevadas por casi el doble de soldados, guardianacionales y poliestatales a sus nuevas celdas, en las antiguas quedan sólo huellas de lo que tenían, de lo que querían y hasta de quienes amaban.
Había espacio para 289 en las instalaciones ahora deshabitadas. En algunas había las camas permitidas, de dos a cuatro, pero en otras algunos colchones sencillos ocupaban el suelo, como síntoma visible de la sobrepoblación que ya padecían.
Contrario a las celdas de los hombres, aquí no se observaron figuras pseudorreligiosas como “La Santa Muerte”, y, por el contrario, cada cuatro o cinco celdas se distinguían biblias o sólo la porción del Nuevo Testamento, y la misma estampa de un retrato de la Sagrada Familia.
El 29 de enero que las trasladaron estaban por comer chilaquiles con mole negro, con frijoles y arroz, cuando por la mañana les anunciaron del movimiento y tuvieron que dejar sus platos a medio –o sin– probar. El cambio tuvo que ser “hermético”, a decir de la directora del penal, para seguridad de todas las personas involucradas.
En el penal quedaron al frente del acceso principal algunos números laminados para saber sus turnos para abordar y para reconocer sus pertenencias, que llevaron en bolsas plásticas transparentes.
En las oficinas de recepción no quedaba nada más que muebles anclados, y aquellas cosas como sillas y botes de basura que restaban eran recopiladas en la parte trasera de una pickup negra para luego llevárselas a las nuevas instalaciones.
En las celdas, ordenadas, con cobijas dobladas o tendidas sobre los delgados colchones, había alguna que otra pertenencia que se quedó olvidada. Se halló, por ejemplo, el libro La Muerte del Amor (tras el final viene un nuevo inicio), de Gaby Pérez Islas, un Nuevo Testamento con Proverbios y Salmos, y un decenario, junto con dos lápices.
En un patio quedaron escobas, recogedores, cubetas y trapeadores que parecían nuevos, pero a decir del personal del Sistema Penitenciario es por el cuidado que las mismas mujeres privadas de la libertad (MPL) le dan al material.
Había también algunas colillas de cigarros, cajetillas enteras de Séneca, carteras de cerillos, bolígrafos, unos pocos medicamentos, rastrillos, bloqueadores solares y algunas pinzas para las cejas.
Afuera del módulo 1 (de sólo dos que había en este penal) había bolsas de basura, resultado de una primera limpieza el día del traslado. Había cartas rotas en papeles blancos y amarillos que sólo asomaban unos “BB TKM” o “de todo coraz… que me respetes… te amo”.
Los tendederos quedaron con ropa olvidada que dejaron a secar; los lavaderos y las regaderas, con goteos interminables, huella del uso y desgaste de las llaves de agua.
Jhoana, China Cháirez, Rauda y otros nombres y apellidos había en pertenencias que no conocerán el nuevo penal, y hasta un condón masculino inflable se vio debajo de una de las planchas de cemento que se usaban de bases de camas.
“Ching… que nos d… te voy a d… muy contento… cuando le di… todo lo pasa…si”, “recordar día a… tigo de esos… bien pronto… el tiempo es… ilusionar… siempre a tu…”, decían otras cartas hechas pedazos en una celda del módulo 2.
Quedaron también pegadas convocatorias de concursos de talentos y deportes, y en las celdas, los roles de limpieza que hacían las propias internas.
En los pasillos y áreas comunes, contenedores de seis y 10 litros de agua rellenados con piedras se quedaron sin dueñas. Eran utilizados para hacer ejercicio, compartió una empleada del penal.
El personal reunió botes de basura, cubetas, pares de zapatos en buen estado, y notó que habían olvidado dos sillas de ruedas en la enfermería, además de que les quedaba pendiente llevarse los aparatos de aire acondicionado al nuevo reclusorio.
Vaciaron también la iglesia, y aunque se quedó la campana, en los planes está llevársela. Se quedó sin un solo plato la cocina, sin un pastelillo la tienda, y sin una sola herramienta los talleres.
En el área de estimulación temprana y estancia infantil, quedaban un cambiador anclado a la pared, un pequeño moisés, cobijas, toallas húmedas, y la huella de los hijos menores de tres años de 11 MPL, que en las paredes marcaron con crayolas su estancia tras las rejas.
El 27 de enero la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos Galván, inauguró el nuevo penal femenil, para 442 MPL, en un inmueble que fue por años del Centro de Reinserción Social para Adolescentes Infractores, pero que fue dividido por el desaprovechamiento que tenían las instalaciones.
El traslado de las mujeres fue al día siguiente, con los protocolos establecidos para no afectar el funcionamiento de los juzgados que requirieran la presencia de MPL con procesos en curso.
En el cambio de las instalaciones de la calle Barranco Azul a las de la calle Puerto Anzio en la colonia Carlos Chavira Becerra participaron 655 agentes de la Policía del Estado, Ejército y Guardia Nacional en 96 patrullas oficiales, que custodiaron ocho camiones y dos vagonetas. En estas últimas se transportaron a las 11 MPL con hijos menores de tres años y a ocho embarazadas.
Las visitas fueron retomadas el mismo sábado.
Las instalaciones antiguas serán rehabilitadas, en un proyecto aún sin estimaciones presupuestales, para desahogar la sobrepoblación del Cereso varonil número 3, como unidad de bajo riesgo.