En una ciudad tan vibrante y caótica como Ciudad Juárez, es fácil dejarse llevar por la rutina diaria, por la prisa y el estrés que marca nuestra vida. Sin embargo, de vez en cuando, la vida nos enfrenta a escenas que nos obligan a detenernos, a ver más allá de nuestra burbuja. Una de esas escenas recurrentes es la de personas que, en medio de la desesperanza, se ven obligadas a pedir ayuda sosteniendo un cartel en sus manos. Estas cartulinas, escritas con letras grandes y mensajes simples, son un grito silencioso que busca ser escuchado en medio del bullicio de la ciudad.
Benito por ejemplo, es un hombre que ha encontrado refugio en uno de los rincones del puente Internacional Zaragoza, un lugar donde el tránsito de vehículos es constante y el tiempo parece detenerse solo para él. Sentado en una silla de ruedas, carga un mensaje que se puede leer claro y directo, pide ayuda a quienes pasan por ahí. Su historia, aunque única, es similar a la de muchos otros que, en diferentes partes de la ciudad, buscan la misma compasión y solidaridad.
Son a veces rostros que se vuelven familiares, otros son rostros nuevos que han proliferado por la marginación social debido al desempleo o al empleo informal, servicios medicos inexistentes sin otra opción que recurrir a la mendicidad, problemas de salud mental y adicción a drogas que dificultan su capacidad para trabajar o mantener una vida estable, desplazamieno o migración por conflictos políticos, persecución y otros problemas que pueden combinarse, agravando la situación de quienes se ven obligados a pedir ayuda en los sitios de mayor afluencia como los cruceros comerciales, los puentes internacionales, los umbrales de iglesias, templos, en las afueras de tiendas de autoservicio y terminales de transporte público.
Cada vez que pasamos por estos lugares, están ahí ,día tras día, sin importar el sol, la lluvia, el frío, con el mismo cartoncillo a veces ya desgastado por el tiempo, con la tinta leve, casi ilegible, con faltas de ortografía y caligrafía, pero esperando que alguien se detenga, que alguien vea más allá de las palabras escritas y entienda el dolor y la necesidad que esas letras transmiten. Pero, ¿cuántos de nosotros realmente nos detenemos a pensar en la historia detrás de ese cartel? ¿Cuántos de nosotros nos tomamos un momento para imaginar qué lleva a tantas personas a estar en esa situación?
La vida de una persona no se puede resumir en una cartulina, cada uno de ellos tiene una historia llena de sueños rotos, de luchas constantes, y de momentos de desesperación. Es fácil para nosotros, desde la comodidad de nuestros autos, juzgar a quienes piden ayuda en las calles. Es fácil pensar que podrían estar trabajando o que simplemente están buscando la manera fácil de conseguir dinero. Pero la mayoría de las veces su realidad es mucho más compleja que eso, no conocemos detalles, pero queda claro que está marcada por las circunstancias que los llevan a a pararse el día, y parte de la noche en esos lugares en busca de unas cuantas monedas con un cartel en las manos, esperando la caridad de desconocidos. La vida no le dio las mismas oportunidades que a otros.
Debemos recordar que detrás de ese cartel hay una persona con sentimientos, con miedos, con esperanzas, aunque estas últimas sean cada vez más escasas. Debemos recordar que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos necesitado ayuda, que la diferencia entre ellos y nosotros, puede ser simplemente la falta de una red de apoyo, la falta de alguien que esté ahí en los momentos difíciles.
Es fácil pasar de largo, evitar el contacto visual, hacer un gesto de molestia y seguir, pero también es fácil extender una mano, ofrecer una modesta cantidad que pueda convertirse en un alimento para pasar el día, acompañarles de una palabra amable, o simplemente una sonrisa. No podemos solucionar todos los problemas del mundo, pero podemos hacer que el día de alguien sea un poco menos duro. Podemos hacer que la soledad y el hambre no les azote, demostrandoles que su vida importa, que su vida merece ser vivida con dignidad, que no son solo números, no son solo estadísticas, y que aún hay esperanza, aunque sea en forma de un pequeño gesto de bondad.
Al cruzar el Puente Zaragoza, la próxima vez que veamos a Benito, o a quien tiene los labios blancos de sed y hambre, una pierna ulcerada y lastimada, una extremidad amputada, una sonda urinaria, un niño en los brazos o bajo un rebozo, tomemos un momento para reflexionar, pensar en lo afortunado que somos y en cómo, con un pequeño gesto, podemos hacer una gran diferencia.
Al final del día, la compasión y la empatía son lo que nos hacen verdaderamente humanos.
En una ciudad como la nuestra, donde la vida puede ser tan dura, no debemos perder la oportunidad de ser un rayo de luz en la oscuridad de alguien más.No dejemos que el ritmo de la vida nos haga olvidar lo que realmente importa. Extendamos la mano, mostremos compasión, y hagamos de Ciudad Juárez un lugar donde nadie tenga que gritar su necesidad en una cartulina para ser escuchado.