Todos hemos escuchado y pronunciado alguna vez la expresión popular que cita “no hay que ser más papistas que el papa”. Es una expresión del castellano que empleamos para referir a quien muestra un desmedido interés o exagerada preocupación por un tema; interés o preocupación incluso mayores que quien resulta directamente afectado o involucrado en el asunto.

Algo así le sucedió a la hoy senadora Andrea Chávez Treviño, que tomó protesta como diputada en el año 2021 y poco después de eso, se asumió como representante política del régimen lopezobradorista en Chihuahua, que debía salir a defender al “jefe” cada vez que fuera necesario o que los pétalos de una rosa (entiéndase, cualquier reclamación, exigencia o crítica al gobierno federal) rozaran la inmaculada imagen de su líder político. Más lopezobradorista que el propio López Obrador. ¿Y por qué digo que se asumió? Porque ella tenía una representación (plurinominal, por cierto) como diputada federal, no como funcionaria de la administración pública.

No registro la ocasión primera, ni el tema, en que la joven juarense, entonces con nula experiencia política y evidente falta de diplomacia, arremetió en contra de la gobernadora de la entidad (y no escribo esto para defender a la gobernadora, sino para evidenciar la falta de oficio político); a partir de esa primera vez ya no hubo tregua, una ocasión sí y otra también, la “función” de la diputada, fue ser la piedra en el zapato para la administración estatal. Se entiende esto como parte de las actuaciones al ser miembro de una oposición política, pero también se sabe que es una forma de acaparar reflectores; haciendo aspavientos, circos y acusaciones para que volteen a verte.

Como si la falta de oficio político no fuera suficiente inconveniencia, un día, al ex presidente se le ocurrió regalarle un frasquito con una dosis de soberbia y vanidad, al decir que ella representaba el relevo generacional en la política; ya sabemos todos la consecuencia de eso: la pusieron en los cuernos de la luna, ella se lo creyó, y en automático, se trepó al carro de los actores políticos con aspiraciones a la gubernatura de un estado tan complejo como lo es el nuestro, Chihuahua.

Y aquí me gustaría hacer una precisión que considero importante, y espero transmitirla claramente. Desde mi punto de vista, hay posiciones políticas que sí deberían reservarse para personas maduras, y no hablo de madurez como un sinónimo de acumulamiento de años biológicos, si no como un estado en que la persona es capaz de responsabilizarse de sus actos, tener ecuanimidad, mesura en sus acciones, coherencia entre su forma de pensar y actuar, equilibrio emocional, compromiso e incluso, empatía. Dejando en claro que esta madurez no necesariamente está ligada a la edad; hay jóvenes que son maduros y hay viejos que son inmaduros.

Pero bueno, esta precisión solo es una espina clavada en mí, desde que se modificó la edad mínima para ocupar puestos de elección popular (a 18 años) y para ser funcionario federal (a 25 años), reducción de edad que considero inconveniente, por motivos que incluso exponía el filósofo Aristóteles, 350 años a. C… pero bueno, eso es tema para otro artículo de opinión.

Volvamos a la chica que mal representa al “relevo generacional”, y que hoy se forma entre los aspirantes agobernar Chihuahua.

La semana pasada, Andrea Chávez Treviño, hizo evidente su miopía al no apoyar la aprobación de un dictamen en la reunión de la comisión de Recursos Hídricos e Infraestructura Hidráulica, dictamen en que el que el senador Mario Vázquez solicitaba a la federación recursos extraordinarios para atender la emergencia por la sequía en el estado de Chihuahua. Y no solamente no votó a favor de la propuesta del senador Mario Vázquez, sino que, con ayuda del coordinador de la bancada, el senador Adán Augusto López, boicoteó la realización de la reunión de dicha comisión, pues casualmente, después de abordar ambos (Andrea y Adán Augusto) al también senador de Morena, Armando Ayala Robles, presidente de la comisión legislativa, la reunión se canceló sin justificación.

Este tipo de actuaciones son frecuentes en la joven senadora, originaria de nuestra frontera; discursos incendiarios, provocaciones, actitudes desafiantes, como si hacer aspavientos y dramatizar los discursos los hiciera buenos legisladores y como si fuera lo que los ciudadanos deseamos de nuestros representantes. En ese afán de ir siempre en contra de cualquier cosa que sea propuesta por actores políticos distintos a los de su partido, olvidó la senadora que la prioridad es el estado al que hoy representa, y que su actitud mezquina y egoísta, no es lo que se espera en las nuevas generaciones que harán política en nuestro país.

Pero quizá, ese sea el meollo del asunto, que hacer política no cualquiera puede. La política es un arte, y no cualquiera puede ser artista…aunque lleguen a los espacios de poder.