Cuando era niño, la Navidad tenía un aire mágico que iba más allá de los regalos bajo el árbol. Recuerdo las reuniones familiares, las canciones desafinadas pero llenas de alegría, y la calidez de los abrazos. No había grandes banquetes ni obsequios lujosos; sin embargo, la sencillez de esos momentos se sentía tan inmensa como el universo. Hoy, al reflexionar sobre el significado de estas fechas, me resulta imposible no pensar en cómo hemos perdido el rumbo.
La Navidad tiene orígenes complejos. Antes del cristianismo, en culturas paganas de Europa se celebraba el solsticio de invierno como una época de renacimiento, un tributo a la luz que regresaba tras los días más oscuros del año. Con la llegada del cristianismo, esta festividad adoptó un carácter diferente, centrado en el nacimiento de Jesús, quien simboliza humildad, perdón, amor y esperanza. Aunque aparentemente opuestas, ambas tradiciones comparten un eje común: la búsqueda de paz y renovación, de encontrar en la adversidad un motivo para seguir adelante.
Sin embargo, parece que estos valores han quedado atrapados en el olvido. En Ciudad Juárez, donde la Navidad debería ser un respiro entre tantos desafíos, los últimos días han pintado un panorama sombrío. Las posadas, que alguna vez simbolizaron la búsqueda de refugio y la unión de amistad y familia, hoy se han convertido en excusas para el exceso de alcohol. Las calles, en lugar de llenarse de villancicos, se llenan de tragedias. Conductores ebrios cobrándose vidas inocentes, parejas que terminan en violencia mortal, personas que en su desolación eligen el suicidio, y ejecuciones que apagan luces en un ciclo interminable de venganza.
Hace unos días, mientras manejaba por una de las avenidas principales de la ciudad, vi una escena que me sacudió. Un hombre, evidentemente bajo los efectos del alcohol, tambaleaba mientras trataba de cruzar la calle. A unos metros, un altar improvisado recordaba a alguien que no lo logró. Esa imagen encapsuló lo que somos y en lo que nos estamos convirtiendo: una sociedad atrapada entre la prisa y el abandono de lo esencial.
¿Cómo llegamos aquí? Quizá la respuesta sea sencilla y dolorosa: nos olvidamos de lo que realmente importa. Cambiamos el calor de un abrazo por el brillo de un objeto. Sustituimos el perdón por el rencor y el amor por la soberbia. El materialismo nos ha robado la esencia de lo que significa ser humanos.
Hoy, a unos pasos de la Nochebuena, quiero hacer un llamado. No a una comunidad idealizada ni a un Juárez perfecto, sino a cada uno de nosotros como individuos. Reflexionemos sobre lo que verdaderamente buscamos en estas fechas. La paz y la felicidad no están en el tener, sino en el ser. En el perdón que ofrecemos, en el amor que damos, en la humildad con la que enfrentamos la vida.
Esta Navidad, no dejemos que las luces artificiales nos deslumbren tanto como para olvidar la luz que llevamos dentro. En un mundo tan quebrado, ser faros de paz y esperanza puede ser el mejor regalo que le demos a nuestra ciudad y a quienes amamos. Que esta Nochebuena sea un renacer, como lo fue para las culturas antiguas, como lo es para quienes creen en el mensaje de Jesucristo. Que, al final, todos podamos encontrarnos en la simpleza y la belleza de ser mejores personas.