En junio de 2019, encontré en internet una imagen que en su momento compartí y que he conservado desde entonces, por la profundidad de la reflexión y por el impacto de la misma. Hoy sé que el escrito es del año 2010 y que fue inspiración de Ana Cristina Aristizábal Uribe, periodista colombiana; profesora de Ética de la comunicación. Compartiré entrecomillados algunos fragmentos de este texto a lo largo de mi escrito.
“El peor daño que se le hace a una persona es darle todo. Quien quiera anular a otro sólo tiene que evitarle el esfuerzo, impedirle que trabaje, que proponga... Regálele todo: la comida, la diversión y todo lo que pida. Así le evita usar todas las potencialidades que tiene...”.
Respecto a esto, hace unos días conversábamos una amiga y yo; ella rebasa los 70 años, yo casi llego a 41. Compartíamos con cierta nostalgia cómo a través de los años se van construyendo logros: carreras profesionales, familias, un patrimonio, empresas familiares, prestigio; nada de lo que mencionamos se hace de la noche a la mañana. Escuchar sus relatos sobre el viacrucis que debió seguir para obtener un crédito hipotecario hace casi cincuenta años, los esfuerzos continuos y arduos para formar un patrimonio, para disfrutar cosas o vivir sueños después de esperarlos no por años, por décadas enteras. Y adherida a esa paciente espera, muchas, muchas pequeñas y medianas acciones, sumadas una a las otras; con persistencia, con disciplina... para ir cumpliendo anhelos.
Se nos perdía la mirada, ella recordando y yo imaginando lo que me platicaba, mientras dábamos un sorbo a nuestra taza de café.
Recodamos cómo en nuestra infancia, en casa, todos hacíamos tareas que contribuían al bienestar de la familia en general, desde grandes labores físicas o mentales de los padres (que eran los principales proveedores), pasando por labores que desempeñaban los hermanos mayores (a veces cuidadores suplentes, a veces ayudantes) hasta llegar a las tareas que se encomendaban a los pequeños. Pero siempre había algo qué hacer para todos.
Qué decir de las cosas, los objetos de uso común y cotidiano en la familia. Si había televisión, solo era una y el tiempo para verla estaba limitado, además de los contenidos seleccionados; los muebles de la casa, debían cuidarse con esmero porque habían costado mucho esfuerzo, se reparaban cuando era necesario y se conservaban todo el tiempo que fuera humanamente posible; a veces, pasaron como herencia de una generación a otra. La comida es otro apartado ¡no se desperdiciaba, se comía lo que la mamá o la abuela preparaban, con una absoluta conciencia de que, para llevarlo a la mesa, alguien más se había esforzado muchísimo! No había lugar a desplantes o, como decimos acá en Ciudad Juárez, chiplerías.
Fue inevitable para mi amiga y para mí, pesar en los tiempos actuales. Pensar en la inmediatez con la que hoy en día pueden obtenerse muchas cosas, y que, en consecuencia, nos ha impuesto un estilo de vida acelerado y avorazado.
La maestra Aristizábal afirma en otro fragmento del mismo escrito “Es muy difícil que quien ha recibido todo regalado, algún día quiera convertirse en alguien útil para sí mismo. Le parece que todos a su alrededor son responsables de hacerle vivir bien...”
Esta reflexión es contundente y demoledora. Si queremos anular a alguien, pongámosle todo servido en la mesa, o como decimos coloquialmente, en charola de plata. Evitemos su esfuerzo, matemos su creatividad, hagámoslo inútil.
Hoy comparto estas líneas intentando llamar la atención de los juarenses, para reflexionar juntos y poner sobre la mesa aquellos aspectos en los que nuestra generación o la sociedad completa quizá, ha equivocado la fórmula.
Puede causarle asombro imaginar la escena del padre de un alumno de tercer o cuarto semestre de bachillerato, que acude hasta la puerta del salón de clases, con treinta minutos de retraso, para asegurarse que el maestro deje entrar a su hijo porque llegó tarde. O el caso de la señora que llamó al maestro para justificar la ausencia de su hija a la clase, porque el día anterior se desvelaron viendo un programa de televisión llamado La casa de los famosos, y por esa razón, la niña no pudo ir a la escuela.
“La cultura del esfuerzo” es una expresión que a cual más de los lectores de mediana o mayor edad, le resultará conocida. Pero, con los casos anteriores yo me pregunto y le pregunto a usted ¿En qué cultura estamos criando a nuestros hijos, en la cultura del esfuerzo o en la cultura de la anulación?
Retomo el escrito de la maestra Aristizábal.
“Aquellos sistemas que por «amor» o demagogia sistemáticamente le regalan todo a la gente, la vuelven la más pobre entre las pobres. Es una de las caras de la miseria humana: carecer de iniciativa, desaprovechar los talentos, potencialidades y capacidades con que están dotados casi todos los seres humanos. Sólo los sistemas más despóticos impiden que los seres humanos desarrollen toda su potencialidad para vivir”.
Hoy en día, nuestro país es dirigido bajo una política pública de entregar mucho al mexicano, pero a cambio de nada. La estrategia no es eficiente ni efectiva. En realidad, no hay estrategia. Es dar por dar, porque hay, porque el gobierno dice; pero no se da promoviendo el esfuerzo, el emprendimiento, la eficiencia, la corresponsabilidad.
Juárez es una comunidad que se forjó en medio de un desierto, ¡díganme si eso no implicó esfuerzo! Que no nos anulen con dádivas ese ímpetu, esa iniciativa; que no aniquilen el potencial de quienes hemos conquistado esta tierra.