La sentencia del miércoles en Nueva York contra Genaro García Luna trajo a la memoria los fantasmas de exterminio, dolor y desolación que provocó dicho exjefe policiaco en esta frontera y otros lugares del estado al colocar a las instituciones federales de seguridad al servicio del Cártel de Sinaloa e intentar arrebatar esta plaza al Cártel de los Carrillo Fuentes.

Libró el Cártel de Juárez exitosamente la batalla primero con “El JL”, Juan Pablo Ledezma Rodríguez, al frente del ejército de sicarios; y después con “El Chuyín”, Jesús Salas Aguayo, respaldado por el exjudicial estatal José Antonio Acosta, “El Diez”, o “El Diego”, “El Blablazo” y “El Negro”, Emilio Ramírez Castillo. Decenas de “comandantes” más abajo.

El Cártel de Sinaloa creó el grupo Gente Nueva en específico para su objetivo en esta frontera. Puso a la cabeza de su infantería en las calles a “El M10”, Mario Núñez Meza, un duranguense expolicía municipal de aquí mismo; a Noel “El Flaco” Salgueiro, que dominó hasta Chihuahua capital y sigue manejando su familia de ahí hacia gran parte de Parral y la sierra; y a José Antonio Torres Marrufo, “El Jaguar”, quien saltó del barco del Cártel de Juárez para entregarse en cuerpo y alma a los “Chapos”.

Recibían los tres indicaciones directas de Joaquín Guzmán Loera y de Ismael “El Mayo” Zambada. Torres Marrufo fue detenido en Juárez en 2012 y extraditado a los Estados Unidos en 2019.

Allá reveló “El Jaguar” que tuvo acuerdo con los “Menchos” Oseguera, del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) para combatir al Cártel de Juárez-La Línea-Aztecas a cambio de operar aquí rutas para traficar droga sintética hacia El Paso.

Era considerado Torres Marrufo uno de los “Chapos” más sanguinarios, acusado de haber participado en el asesinato de más de 350 personas, entre ellas los agentes antisecuestros, Alan Ríos Márquez y Julián de Santiago Armendáriz, y a 18 supuestos adictos del centro de rehabilitación El Aliviane, una de las múltiples masacres de aquella época que marcaron al antiguo Paso del Norte como la ciudad más violenta del mundo.

En el 2009 ambos grupos se enfrentaron en el interior del Cereso estatal 3, en aquel tiempo municipal, con 20 muertos registrados. A La Línea fue adjudicada en 2010 la masacre de 16 en Villas de Salvárcar; otros 15 fueron acribillados y muertos ese mismo año en Horizontes del Sur.

Todos los operadores del Cártel de Sinaloa recibieron el respaldo del Gobierno federal mexicano a través de sus instituciones de seguridad manejadas por quien ahora ha sido condenado a casi 40 años de prisión en los Estados Unidos y catalogado con el mismo grado de maldad que “El Chapo”, García Luna. Algunas porciones de policías municipales y ministeriales trabajaron para La Línea.

El exsecretario de Seguridad Pública federal entregó las corporaciones de seguridad al Cártel de Sinaloa a cambio de cientos de millones de dólares que pararon en sus manos y en manos de sus cómplices tanto de la entonces Policía Federal, la hoy Fiscalía General de la República (FGR) y el mismo Ejército, que puso armas y uniformes al servicio de “El Chapo” y “El Mayo” a cambio de sobornos por cientos de millones de dólares. No fue acusado por los miles de asesinatos cometidos por todo el país, más de 120 mil, solo de conspirar para traficar cocaína y hacer declaraciones falsas.

Las actividades de García Luna “incluían facilitar el paso seguro de los cargamentos de droga al cártel, proporcionar información confidencial acerca de las fuerzas de seguridad y sus investigaciones del cártel, y ayudar a otros cárteles de droga rivales, facilitando así la importación de varias toneladas de cocaína y otras drogas a los Estados Unidos... La Policía Federal actuaba como guardaespaldas y escolta del cártel”, señala el Departamento de Justicia de los Estados Unidos en un comunicado de prensa tras ser dictaminada la sentencia en Nueva York.

En su libro fenomenal editado oportunamente en 2022, “La Droga. La Verdadera Historia del Narcotráfico en México”, el escritor Benjamin T. Smith, menciona que las acusaciones constantes de un acuerdo tácito entre el Cártel de Sinaloa y las autoridades “finalmente culminaron con el arresto del máximo funcionario de seguridad de Calderón, Genaro García Luna, por agentes estadunidenses en 2019 (Pg. 410)”.

Señala páginas antes que, a finales del 2007, “comenzaron a llegar sicarios del Cártel de Sinaloa a Ciudad Juárez. Su misión era apoderarse de la red de protección de drogas –o la plaza-. Eran por lo menos 500 y ocupaban ilegalmente docenas de casas a medio terminar en los barrios marginales en expansión al sur y al oeste. Se autonombraron la Gente Nueva y empezaron por asesinar a los operadores del Cártel de Juárez. A éstos se les bautizó como La Línea y muchos –como lo fueron bajo el mandato de Amado Carrillo Fuentes- seguían siendo policías locales”.

Aquella decisión de un solo hombre, García Luna, motivada estrictamente por irracional ambición económica, terminó en fracaso para el Cártel de Sinaloa al menos en esta frontera, pero fue apocalíptico, devastador, para la ciudad y su población.

Los números registran alrededor de 10 mil homicidios entre el 2007-2011, una gran cantidad de ellos civiles inocentes que fueron asesinados por secuestros, extorsiones, asaltos y otros delitos cometidos por los grupos criminales cuando carecían de flujo para sostener el costo de la guerra. La economía de la ciudad se fue a pique. No escaparon de las extorsiones ni los vendedores de burritos.

Muchos de los actores de aquella conflagración siguen vigentes. Aun dos años después de iniciar el régimen de Andrés Manuel López Obrador, fue ubicado ganando millones en licitaciones gubernamentales el jefe de la Quinta Zona Militar durante la Operación Conjunta Chihuahua, Felipe de Jesús Espitia Hernández, denominado “el general de la tortura”.

Varios mandos militares bajo su responsabilidad en aquella época hoy enfrentan procesos penales por tortura, desapariciones y asesinatos.

Ironías del destino, justo al ir finalizando la “guerra de Calderón” contra el narco propiciada por el también exjefe de la AFI (Agencia Federal de Investigaciones), García Luna, fue detenido en Culiacán, “El Flaco” Salgueiro, por militares de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

“El detenido es considerado como presunto responsable de secuestros, extorsiones, torturas y asesinatos de un gran número de personas en el estado de Chihuahua, entre los que figuran varios funcionarios y miembros prominentes del sector empresarial”, dio a conocer la Sedena en un “boletín de prensa” fechado el 5 de octubre del 2011.

No fue procesado por ninguno de esos delitos en México. Fue extraditado a Estados Unidos. Estuvo preso varios años en El Paso, presumiblemente fue transferido a una cárcel de Nuevo México y estaría a meses, o semanas, de obtener su libertad.

Aunque los comandantes de la V Zona Militar en Chihuahua habrían protegido al Cártel de Sinaloa, no podía dejar la Sedena en libertad a los mandos delictivos que ocasionaron la catástrofe en el estado ante el fin del régimen panista y la inminencia del regreso del PRI al poder.

“El Blablazo”, José Antonio Acosta, jefe de La Línea, fue detenido en 2011 y extraditado casi de inmediato a los Estados Unidos por múltiples cargos, particularmente por el asesinato de tres estadunidenses, dos de ellos empleados del Consulado norteamericano en Juárez. Permanece sentenciado a 10 cadenas perpetuas. Tenía el también excomandante jefe judicial 38 años al momento de la detención.

“El Chuyín” Salas fue detenido en 2015, pero liberado en 2019 porque presumiblemente un juez federal lo puso “indebidamente en libertad”, aseguró el exdelegado de la Fiscalía General de la República (FGR) y fiscal General del Estado durante los cinco años del corralato 2016-2021, César Peniche Espejel.

Hoy el panorama ha cambiado drásticamente, sobre todo con un Cártel de Sinaloa dividido a muerte entre los dos compadres y socios que usaron de peón a García Luna y al Gobierno federal para tratar de ampliar su territorio a una de las plazas más atractivas para su mundo criminal, Juárez.

Lleva la ciudad dos décadas buscando recuperarse por aquella locura de una sola persona y sus cómplices.